Opinión

Medio Ambiente

Las madres, el ciberespacio y la cuarentena

MANUEL MORA SERRANOSanto Domingo

Al disfrutar en me­dio de grandes pre­cariedades de 5 do­mingos este mes dedicados a las ma­dres, reservaremos dos a estas in­comparables creaciones huma­nas, y le dedicaremos este, a unos compañeros inseparables: el cibe­respacio y la cuarentena.

El ciberespacio no es cosa nueva, es verdad; empero, es quizás, la en­tretención más utilizada de los in­ventos modernos por la facilidad de adaptación hasta de los iletrados: so­bre todo Facebook y Whats Aap. Pre­cisamente, por su modernidad, ini­ciaremos con una anécdota recibida en cuarentena:

Durante una conferencia sobre las diferencias entre generaciones, un presumido estudiante le explicó a un señor mayor sentado a su lado, la ra­zón por la cual la vieja generación no podía comprender la suya:

“Usted creció en un mundo dife­rente, realmente casi primitivo”, dijo en voz alta para que lo escucharan a su alrededor.

Agregando: “los jóvenes de hoy crecimos con televisión, internet, te­léfonos celulares, aviones jet, viajes al espacio. Nuestras sondas espaciales han visitado Marte. Tenemos naves con energía nuclear y autos eléctricos y de hidrógeno. Computadoras con procesos de velocidad de la luz... so­mos ciberespaciales.

Luego el señor mayor respondió:

“Tienes razón, hijo mío; como no tuvimos esas cosas cuando éramos jó­venes... ¡Las inventamos!

Ahora, dime arrogante ignaro, además de disfrutar de todo esto: ¿Qué estás haciendo tú para la próxi­ma generación?”

¡El aplauso fue atronador!

Es que, los que andamos por la cuarta edad, también disfrutamos de lo que eran novedades entonces: El teléfono, la radio. Luego la televisión y al final del pasado siglo, de las com­putadoras y el internet.

Para que otros ignaros como él no pasen vergüenza, recordaremos a dos personajes olvidados, y a un ter­cero, citado de pasada.

El primero es italiano: Antonio Meucci (1808-1889). Gradúose de ingeniero químico e industrial en la Academia de Bellas Artes de Floren­cia. Emigró primero a Cuba en 1835 y luego a New York hasta su muerte. Inventó en 1854 el teléfono para po­der comunicarse con su esposa des­de la planta alta donde trabajaba, a la baja porque ella padecía de reuma­tismo.

En 1860 hizo público su inven­to en un periódico de los italianos. Trató ese año de conseguir la patente, pe­ro no tenía dinero, y se conformó solici­tándola, hasta que en 1871 pudo regis­trarla.

Luego que por un accidente quedara maltrecho, su esposa empeñó sus traba­jos en una compraventa por seis dólares. Cuando fue a recuperarlos le dijeron que se lo habían vendido a un joven blanco.

Meucci, cuando tuvo acuse de recibo de su invento, visitó a Edward B. Grant (¿….? vicepresidente de una filial de la Western Te­legraph Company, y cada vez que fue a hacer demostraciones, le decían que no se podía. Cansado de los viajes, pidió sus papeles y le di­jeron que se habían perdido.

Luego, cuando Alexander Graham Bell (1847-1922) vendió el invento (sin usar el nombre de teléfono), trabajó para dicha compañía. Él los demandó, pero sus docu­mentos no aparecieron en la oficina de pa­tentes; unos empleados la vendieron. Lue­go, a base de triquiñuelas jurídicas, nunca fallaron, y en eso, murió en la miseria.

Aunque en su país lo reconocieron tar­díamente, en Estados Unidos el 11 de junio del 2002, la Cámara de Represen­tantes por Resolución No. 269 reconoció que era el inventor del teléfono, y no Gra­ham Bell.

El segundo, es de nuestro continente la­tino: Roberto Landell de Moura (1861-1928), brasileño, siendo seminarista se trasladó a Roma donde tuvo la oportuni­dad de estudiar química y física en la Uni­versidad Pontificia Gregoriana. Después de ser ordenado sacerdote en 1886, regresó a su país. En 1892 trasladado a São Paulo hi­zo investigaciones sobre las propiedades de la luz y los fenómenos ondulatorios, hasta que un año más tarde hizo demostraciones del primer teléfono sin hilos a una distancia de 8 kilómetros; por esa invención, lo tilda­ron de excéntrico. Siete años después solici­tó la patente sobre ese sistema y le fue con­cedida en 1901.

Viajó ese año a New York y allá solicitó sus patentes tanto para la radiotrelefonía ti­po fotófono, en el que la luz era portadora de señales de radio; tan avanzado, que te­nía dispositivos parabólicos y una célula de selenio en el circuito receptor. En resumen, el sacerdote obtuvo cuatro patentes en Es­tados Unidos en 1904, además del teléfono sin hilos, y las señales de radio, llegó a traba­jar en la transmisión de imágenes, o la futu­ra televisión. Informes posteriores declara­ron que estaba trabajando en ideas para un “Telephotorama” o “La Visión a Distancia”.

Cuando regresó a su país en 1905 con esas cuatro patentes americanas, se dirigió a las autoridades, incluyendo el presidente de la república, con una propuesta para esta­blecer un sistema de comunicaciones entre buques que podía conectarse en cualquier parte del planeta; agregando, que en el fu­turo se podrían realizar comunicaciones in­terplanetarias. Eso fue el colmo. Lo llama­ron loco, y su petición fue rechazada.

Se ha dicho que atacado por la prensa, por sus propios compañeros, llegó a recor­dar a Galileo, y dejando la experimentación se volvió a Porto Alegre, su ciudad natal, a ejercer el sacerdocio hasta su muerte.

En 1984, revisando sus patentes, le con­cedieron el crédito que no tuvo en vida.

Así le pagamos, a veces, a los genios. A los que avanzan más allá de su tiempo.

Finalmente, en cuanto a la televisión:

Se ha considerado el inventor oficial al escocés John Logie Baird (1886-1946) que desde 1922 inició sus investigaciones has­ta que el 26 de enero de 1926 hizo una de­mostración ante un grupo de científicos, y el 5 de julio de ese año, pudo enviar imágenes desde Glasgow a Londres a través de un ca­ble; mostrando más tarde la primera trans­misiones a color. Como a muchos genios le pagaron su osadía cuando otros perfeccio­naron su invento y no recibió ni los créditos de su creación.

A pesar del mal pago de los contempo­ráneos, el que ama un arte o un oficio, no claudica jamás. Que sea esto el ejemplo a las nuevas generaciones de cómo ocu­rrieron las cosas. Lo demás, vino por estos avanzados; por eso, modificando la pregun­ta de aquel señor: “¿Qué están haciendo us­tedes para las próximas generaciones?”

Tags relacionados