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La República domingo, 29 de marzo de 2020

EL DEDO EN EL GATILLO

¿Arrivederci, Roma?

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  • ¿Arrivederci, Roma?
Luis Beiro

Roma también es una fiesta. Diez años atrás, un viajero con mi rostro se reencontró con viejos amigos, como el periodista Aldo García y conoció a Cristina Di Nuncio y Giancarlo Concetti. Eran gentes de bien, sabios y dispuestos. Con ellos se encendieron jornadas de horizontes humanos.

En aquella ocasión, el viajero también se reencontró con su amigo dominicano Warner Vásquez y su suegro Nino Lanza, quienes devinieron en guías citadinos.

El viajero se enamoró de la ciudad. Su hija lo llevó al Museo de Cera,  a Cinecittá y a diversas plazas renacentistas. Pero él, inconforme aún, procuró sus propias escapadas en busca de sueños perdidos en aquellos espacios que, en su otra vida, pudieron albergarlo, ya bien como tabernero o  gladiador que lanzaba su suerte al diablo en medio de un Coliseo donde las mujeres solo tenían derecho a ocupar espacios de pie, en el Blicher final, y desde allí presenciar los combates que siempre terminaban en naufragios.

 De todos esos sitios, su lugar preferido estaba a un costado de la Fontana de Trevi para desde allí, sentado contemplar el vuelo de gaviotas en los sagrados espacios del tiempo. En aquel entorno, las aves se detenían a beber del agua que chorreaba de las figuras maravillosas de aquel tesoro renacentista, para luego partir de regreso al río Tíbere en busca de otros medios de subsistencia.

Nunca apareció Anita Ekberg semidesnuda, invitándolo a bailar dentro de aquellas aguas cristalinas que parecían nacer de sus inmensos ojos soñadores. Pero él la imaginaba también como parte de su ilusión visual: solos, sentados en taburetes, en medio de la plaza, disfrutando el café de sobremesa.

Antes de volver a esconderse de aquellas noches blancas donde el ruso Fiodor Dostoievski hubiera encontrado un tema para su próxima novela, el viajero recorría exposiciones, cines, librerías y funciones de malabaristas al aire libre que anidaban en el Campo di Fiore en busca de sorpresas que solo aparecían en su mente alucinada.

Nunca fue asaltado, y entre las multitudes solo halló musulmanes laboriosos, gitanos encerrados en sus ghettos y veinteañeras plagadas de costumbres lejos del alcance de su sigloveintera experiencia.

En fin, cruzó entre gentes que estaban en lo suyo. Poco importaba el grosor de la cartera del turista o del caminante.

De aquellas nuevas experiencias, una lo impactó.

En un periódico local descubrió el anuncio de una función teatral poco común: “La Traviata”, inspirada en la obra de Giuseppe Verdi. Y no lo pensó dos veces para hacer suya aquella puesta en escena inolvidable.

Nunca imaginó  a un grupo de profesionales de las tablas asumiendo, en carne propia, un evento estructurado a partir de arias musicales. 

Su primera sorpresa ocurrió pocos minutos después de adquirir el boleto: los asistentes, incluyendo damas, no ocultaban las bien peinadas canas de sus cabellos.

La segunda sorpresa también se la preparó el destino y sucedió antes de apagar las luces para el inicio de la función: la sala no estaba repleta, al menos, cien personas de la tercera edad se congregaron para revivir épocas pasadas.

Al terminar la función y ya fuera del teatro, el viajero descubrió una multitud congregada alrededor de un edificio cercano que hacía las veces de sala de espectáculos. Cientos de jóvenes se enfilaban desordenadamente para disfrutar un musical de moda.

El visitante no sufrió por aquella realidad. Pero sí suspiró con amargura, como sintiendo que una parte de su vida quedaba encerrada en aquel pequeño local donde no cabían más de 300 personas. Una obra como la Traviata se estrenó allí, pero los escenarios mayores recogían a millares de asistentes en conciertos de Música Pop y sus derivados azurros.

No pensó que aquellos espectáculos eran por obra y gracia de la diversidad cultural. Imaginó, más bien, un implacable cambio generacional que también traía consigo la sustitución de una cultura por otra. De un tiempo por otro. De una vida por otra.

Por suerte, la pandemia todavía no era caldo de cultivo, ni en Roma, ni en ninguna otra parte del mundo.


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