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La República sábado, 17 de agosto de 2019

Enfoque

Estadistas vs. gobernantes ordinarios

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  • Estadistas vs. gobernantes ordinarios

    Herbert Hoover. (1929-1933). Franklin Delano Roosevelt. (1933-1945).

Gedeón Santos
Washington, DC

A los presidentes Danilo Medina y Leonel Fernández, gobernantes excepcionales quienes han manejado con fina pericia nuestra compleja transición al desarrollo.

Como pudimos ver en la primera entrega de este trabajo, el Estadista no es un líder normal ni un gobernante ordinario, sino un ser excepcional adornado de cualidades especiales, potencializadas por una situación de crisis profunda o por un momento de transición.

El mejor ejemplo de cómo se comporta un gobernante ordinario y un Estadista nos lo ofrece el escenario de la crisis de los años ‘30 en los Estados Unidos. Frente a un mismo hecho histórico dos gobernantes (capaces e inteligentes por demás) consiguieron resultados diferentes. El primero fue Herbert Hoover,  presidente durante el cuatrienio 1929-1933. Con mucho, fue el más dotado de los tres presidentes republicanos que le precedieron. De humilde extracción rural, amasó una fortuna y adquirió prestigio internacional como ingeniero. Durante la primera guerra mundial dirigió con extraordinario acierto la organización de ayuda a Bélgica y regresó a su país rodeado de fama y popularidad. Sin embargo, al cabo de un año de su elección, la economía comenzó a derrumbarse, y con ella su reputación, pues el crac producido en la bolsa de valores de New York convertiría en una pesadilla su gestión de gobierno.

La de 1929, fue la peor crisis que los Estados Unidos habían padecido en su historia. Durante el período presidencial de Hoover el producto nacional bruto estadounidense disminuyó en un 27 por ciento y la producción industrial en un 50 por ciento. La producción de hierro y acero cayeron en un 59 por ciento, la producción naval en un 53 y la de locomotoras en un 86 por ciento. El sistema financiero había prácticamente colapsado con la quiebra de aproximadamente 5 mil bancos. El valor de las acciones cotizadas en la Bolsa de Nueva York cayó de 87 mil millones de dólares a 19 mil millones. El paro laboral pasó de 1,5 a 13 millones de personas, lo que representaba una cuarta parte de la masa laboral y los ingresos de los agricultores disminuyeron en un 70 por ciento.

Pero mientras Hoover, empantanado y perdido, fue incapaz de tomar las medidas que sacaran a la economía de las profundidades de la depresión, el nuevo presidente Franklin Delano Roosevelt (1933-1945), resuelto y audaz, no sólo intuyó la magnitud de la crisis, sino que la enfrentó, la superó y sentó las bases para el renacer de un nuevo Estados Unidos. Proveniente de las élites norteamericanas y con impedimento físico, Roosevelt no prometió, originalmente, soluciones radicales ni expuso un conjunto coherente de medidas políticas. Pero mientras Hoover vacilaba Roosevelt prometía acción. En el que fue quizás el más famoso de sus discursos había dicho: “Lo que el país necesita -y si no lo juzgo mal su estado de ánimo exige- es una experimentación valiente y tenaz. Es de sentido común adoptar un método e intentarlo, si fracasa, reconocerlo francamente y ensayar otro. Pero, sobre todo, intentar algo” (Ver, “Los Estados Unidos de América”, Willi Paul Adams, pág. 304, Historia Universal Siglo XXI, volumen 30). Y efectivamente esto era lo que demandaba la realidad.

Roosevelt había intuido que la situación era originada por una escasez de demanda a la que se superpuso una crisis de confianza generalizada. Para enfrentar la crisis reunió en torno suyo a un grupo de intelectuales conocidos como “el trust de los cerebros” (Brains Trust) quienes le sometieron una serie de medidas radicales que sirvieron de base para la principal estrategia de su gestión: el New Deal o política de nuevo trato. Lo primero que hizo fue romper con la tradición del presupuesto equilibrado del gobierno y utilizar al Estado como mecanismo estabilizador del ciclo depresivo, por lo que puso la maquinaria estatal en acción para asistir a los desempleados, subsidiar a los agricultores, elaborar proyectos de obras públicas a gran escala, asegurar los depósitos bancarios, financiar hipotecas para los adquirientes de viviendas, desarrollar la fabricación de armas a gran escala, etc.

Se puede decir, que el New Deal tocó todas las fibras de la economía y la sociedad estadounidense, pues se promovieron reformas financieras, fiscales, industriales, arancelarias, agrícolas, y comerciales. Asimismo, hubo reformas en el sistema de seguridad social, en la justicia y en el sistema político norteamericano. Tan profundas fueron las reformas introducidas por el presidente Roosevelt, que la mayoría de ellas gravitan todavía hoy en la vida cotidiana de los estadounidenses.

Su mayor logro fue haber salvado al capitalismo de una de las peores crisis de su historia. Aunque el auténtico legado de Roosevelt y del New Deal no fue tanto de tipo económico, social o político, sino de carácter psicológico, esto es: haber revolucionado las expectativas de la población y de los sectores productivos norteamericanos. Estas acciones, no sólo lo convirtieron en uno de los grandes Estadistas estadounidense de todos los tiempos, sino en una de las más connotadas figuras de la historia política mundial.

Como puede verse, estos dos gobernantes actuaron frente a la misma crisis. Sin embargo, uno tuvo éxito y el otro no. ¿A qué se debió? A que uno tenía las condiciones de Estadista y el otro carecía de ellas. Es indudable que Hoover era un hombre inteligente y de éxito en su vida privada, pero no poseía las cualidades que son propias de los Estadistas. Tal vez, si le hubiese tocado actuar en otro escenario, bajo condiciones diferentes (por ejemplo, la década de los años ‘20 que fue de calma y prosperidad), habría obtenido mejores resultados. Pero el presidente Hoover no estaba preparado para enfrentar situaciones de crisis profundas ni manejar etapas de transición, puesto que el éxito en estos momentos de la historia está reservado a los líderes excepcionales, quienes por sus capacidades singulares la historia suele llamarlos por el exclusivo título de: ESTADISTAS.


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