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La República miércoles, 16 de enero de 2019

ANÁLISIS POLÍTICO

Terceros períodos consecutivos y gobiernos fallidos

  • Terceros períodos consecutivos y gobiernos fallidos
Gedeón Santos
Washington

Los terceros períodos consecutivos hay que analizarlos a la luz de la curva de ascenso y descenso de los gobiernos en las democracias contemporáneas. Todo gobierno, en su relación con la población, tiene una curva que se caracteriza por etapas ascendentes de: enamoramiento, aceptación, luna de miel y confianza; luego el descenso caracterizado por la rutina, cansancio, desesperanza y posible decepción y frustración. Los primeros períodos suelen ser proactivos, de ideas nuevas y de cambios sustanciales si los presidentes son buenos. Los segundos, suelen ser más rutinarios, de poca creatividad y casi repeticiones opacas del primero; y algunos devienen en gobiernos excepcionales cuando los gobernantes tienen impedimento de volver, pues suelen trabajar para su trascendencia histórica. Y los terceros, se caracterizan por la crisis de legitimidad, la confrontación política y social y por una precaria gobernabilidad. *Así lo ha demostrado la historia democrática de nuestro país y del resto de América Latina. Y uno se pregunta, ¿a qué se deben esas etapas tan marcadas de enamoramiento, decepción y crisis de los períodos de gobierno consecutivos?

El primer problema surge con el cúmulo de promesas que se hacen en las campañas electorales que generan grandes expectativas en la población y que luego resultan difíciles de cumplir. En la mayoría de nuestros países existe una importante brecha entre las necesidades de la gente y los ingresos fiscales. Se puede decir que si las necesidades de la gente son diez, la capacidad de respuesta de los gobiernos es apenas de seis. Y lo peor es que esa brecha se acumula cada año con cada presupuesto y cada cuatro años con cada nuevo período de gobierno. Y aún más, en países como los nuestros esa brecha se ha acumulado por más de cincuenta años, produciendo una gran deuda social, de infraestructura y de condiciones de vida; deuda que hereda cada gobernante desde que se juramenta en el cargo.

El segundo problema lo genera el “ciclo político” en los modelos que permiten la reelección presidencial, el cual se produce cuando un gobierno expande el gasto público en la etapa preelectoral para ganar simpatías y consolidar apoyos, lo que por lo general se hace sobre la base de importantes déficits fiscales que suelen financiarse con endeudamiento o sacrificando la estabilidad macroeconómica. Y aunque luego que pasan las elecciones algunos gobernantes hacen una contracción del gasto, nunca lo hacen en la misma magnitud del déficit, lo que genera un rezago que se va acumulando en cada ciclo político y con cada nuevo período de gobierno.

El nuevo ciudadano del siglo XXI

Un tercer problema surge a partir del nuevo ciudadano del capitalismo del siglo XXI, que se caracteriza por estar altamente conectado e informado, lo que lo hace querer imitar los modelos de consumo de sociedades desarrolladas. Este nuevo ciudadano es sumamente pragmático y no es conformista, y su vida es cada vez más dominada por el individualismo, el consumismo y el hedonismo, que lo lleva a la búsqueda permanente de riqueza y placer. Pero dado que normalmente sus ingresos no alcanzan para cubrir sus sueños, vive en una indeseada incongruencia de estatus y en un estado de vacío e insatisfacción permanente. Pero la característica que lo hace más complejo para los trazadores de políticas es que este ciudadano siempre quiere más y lo quiere rápido. Estas características del nuevo ciudadano del siglo XXI han hecho sumamente complejo el arte de gobernar y las estrategias de gestión social y de control ciudadano, pues con los escasos recursos que manejan los gobiernos en el subdesarrollo no pueden satisfacer las expectativas y aspiraciones de un ciudadano que quiere una vida que no se corresponde con el desarrollo nacional. Con una estructura mental como ésta, la decepción con los gobiernos está prácticamente asegurada.

Otro elemento trascendente es la rapidez de los cambios tecnológicos que influyen tanto en la transformación económica, como en la dinámica política y social, lo que genera una obligatoria necesidad de adaptación que pocos líderes pueden o están dispuestos a hacer. Además, el nuevo ciudadano del siglo XXI acostumbrado a lo rápido y a lo instantáneo de su vida cotidiana, expresado en mensajes en tiempo real por la internet y las redes sociales, twits de sólo 64 caracteres, microondas que calientan en un minuto, vídeoclips con imágenes de fracciones de segundos, productos de consumo desechables y a íconos y líderes mediáticos de corta duración; no están aceptando ya los antiguos liderazgos largos y estáticos del siglo XX, lo que hace cada vez más difícil que ese ciudadano acepte más de una reelección de cualquier líder.

Un cuarto problema que se presenta es el casi normal deterioro de las condiciones políticas subjetivas de la sociedad, que aparece normalmente en los segundos períodos. Esas condiciones se deterioran porque en primer lugar, existe una tendencia a que los gobernantes devengan en conservadores, debido a la necesidad que tienen de defender y conservar las políticas aplicadas en el primer período y al deseo de preservar el poder acumulado, lo cual choca con la constante necesidad de cambios a que empuja la tecnología y la dinámica mundial. La segunda razón es que como las demandas son muchas y los recursos son pocos, los gobiernos tienen que estar permanentemente a la defensiva, apagando fuegos, respondiendo críticas y enmendando errores, por lo que muchas veces terminan en la más absoluta sobrevivencia. Más aún, ante un cúmulo tan grande de demandas, muchas veces se ven obligados a desviar valiosos recursos hacia el clientelismo dirigido a los pobres y al rentismo dirigido a los ricos para mantener la cohesión social y la paz ciudadana, lo cual reduce la calidad del gasto público y le quita efectividad a las políticas económicas y sociales ahondando aún más el deterioro de la valoración política subjetiva.

Además, las condiciones subjetivas se deterioran debido a que las sucesivas victorias y el poder mismo tienden a dar una sensación de confianza y superioridad que muchas veces deviene en arrogancia, lo cual produce un alejamiento de la realidad, lo que por supuesto conduce a la pérdida de la capacidad de interpretar la sociedad y a la dificultad de generar empatía popular. Finalmente, el deterioro de las condiciones subjetivas tiende a generar el fenómeno del prejuicio político que hace que aunque el gobierno lo haga bien, la gente ya está condicionada a creer que lo está haciendo mal, lo que impide que el gobierno pueda convertir las buenas acciones objetivas, en una mejora de las condiciones subjetivas y por lo tanto en una buena imagen que mejore su aceptación. Y todos sabemos que lo que mueve y gatilla la acción política de una sociedad no son las condiciones objetivas, sino las subjetivas, pues el ciudadano cuando de política se trata tiende a actuar más con la emoción subjetiva que con la razón.

Crisis de la teoría de la reelección

Quizás, uno de los problemas más complejos que confrontan los intentos de terceros períodos consecutivos es que no cuentan con una teoría de la reelección que convenza. Hasta hoy no se ha podido crear un relato creíble sobre las bondades de los terceros períodos. A diferencia de otros modelos de elección presidencial, los argumentos que aparecen en la literatura política son negativos, sustentados en experiencias históricas frustrantes; y las consignas que se levantan, se limitan a intentar la glorificación del Presidente mediante la venta del culto a la personalidad; lo que hace que los mensajes sean superficiales, carentes de sustancia política y seriedad intelectual. Y lo que hemos aprendido en nuestra vida democrática es que ningún proceso electoral se gana y ningún gobierno se sostiene sin un relato creíble que convenza a la población, más cuando se trata de convencer a un ciudadano del siglo XXI con las características más arriba detalladas.

Un problema adicional se produce cuando luego del cansancio acumulado de un primer y segundo período, ante tantas dificultades para armar el proyecto reeleccionista, se ven obligados a esconder los escrúpulos y a relativizar la ética. En sistemas institucionales débiles siempre está presente la tentación de los pactos oscuros y del uso indebido de los recursos públicos, más cuando no sólo se quiere reelegir el Presidente, sino también los funcionarios, los suplidores, los ingenieros, los amigos y familiares y los grupos de intereses creados en torno al poder. En un modelo de presidencialismo absoluto y de democracia de mayoría donde el ganador se lo lleva todo, el dominio casi total de las instituciones del Estado por parte de un Presidente hace difícil el control político y el equilibrio de poderes, todo lo cual genera un ambiente electoral turbio y confuso que casi siempre termina en el cuestionamiento de las elecciones y en sucesivas crisis postelectorales.

Un problema final es cuando un tercer intento consecutivo de reelección tiene que verse obligado a saltar muchos muros y obstáculos que hacen más complejos los procesos políticos. Podemos imaginar un escenario donde se tenga que hacer una segunda reforma constitucional para favorecer exclusivamente al candidato a la reelección y en donde no se tenga la mayoría congresual para pasarla, luego enfrentar a fuertes competidores internos que han ganado amplios espacios tanto fuera como a lo interno de las estructuras partidarias; y luego enfrentar a la oposición en un contexto de una precaria unidad partidaria, de una merma de la simpatía y de una situación de cansancio de un amplio segmento de la población. Son tres obstáculos que para sortear a cada uno de ellos implicaría dinamitar cada muro con un costoso compuesto, de tal poder y letalidad, que no se tendría control de los daños ni de la inevitable secuela de estruendos, escombros, “muertos” y heridos que inevitablemente generará la explosión y el consecuente derribo de los muros. Por supuesto, habrá que esperar que la reacción de la sociedad por los daños provocados, sea de la misma ferocidad y proporción del desastre causado. Es difícil salir ileso, no sólo de una, sino de tres explosiones de esas magnitudes. Y si de alguna manera se lograra salir ileso, el gobierno que surja de esas explosiones casi siempre resultará ser un gobierno fallido. Así lo ha demostrado la historia.

¿Qué es un gobierno fallido?

Y, ¿qué es un gobierno fallido? Es aquel que ha fallado en proveer a la sociedad cohesión, estabilidad y progreso. Por lo general, los gobiernos fallidos son el resultado de procesos electorales tortuosos y cuestionados que de entrada generan dudas sobre su legalidad y legitimidad. Por lo que estos gobiernos tienen una corta luna de miel, pues casi siempre sufren un rápido proceso de erosión de la credibilidad y la confianza de la sociedad en sus líderes, lo que hace que se pierda la capacidad de hacer los consensos para la gobernabilidad y para la aceptación de las políticas públicas, por lo que se pierde la legitimidad y la autoridad para mantener el respeto, el orden, la cohesión y la unidad nacional, llegándose a veces hasta el irrespeto descarado de la figura presidencial.

Por lo general, los gobiernos fallidos suelen ser rutinarios, carentes de iniciativas de calidad, con tempranas etapas de cansancio, decepción y frustración de la gente, lo que hace que el ciudadano en corto tiempo sea presa fácil del prejuicio político más arriba descrito. Todo lo anterior mantiene a la sociedad en una confrontación y crisis permanente, con alto riesgo de sufrir disminución de la actividad económica, desorden administrativo, interminables luchas sociales, corrupción, migración forzada, criminalidad ascendente, fuga de capitales, etc., y en casos extremos el aborto del período presidencial. Es bueno aclarar que un gobierno fallido no es lo mismo que un Estado fallido. Para que se dé una situación de Estado fallido tienen que producirse sucesivos gobiernos fallidos que terminen generando: “la pérdida del control físico del territorio, pérdida del monopolio de la violencia, erosión de la autoridad legítima en la toma de decisiones, incapacidad para suministrar servicios básicos e incapacidad para interactuar con otros estados”. Pero claro está, que una situación de Estado fallido comienza con la instauración de un gobierno fallido.

Y uno se formula la pregunta: ¿es necesario transitar el camino de un tercer período consecutivo sabiendo hacia dónde nos conducirá? Países modelo en esta materia como Estados Unidos eliminaron ese riesgo desde su fundación y establecieron el modelo de una sola reelección presidencial consecutiva que ha resultado ser un modelo estable, que les ha permitido no sólo la continuidad de las políticas y la alternabilidad del poder, sino que les ha evitado los males que hemos padecido en América Latina producto del continuismo desmedido y los desenfrenos del poder. Un país como la República Dominicana en franco proceso de crecimiento y desarrollo, no sólo necesita consolidar sus estructuras económicas y sociales, sino que requiere solidificar su institucionalidad democrática para hacer más estable y predecible nuestro desarrollo, y vacunarnos contra los desequilibrios, la inestabilidad y las crisis que podrían provocar la violación y el irrespeto de nuestro sistema institucional establecido.

*Este análisis se basó en los presidentes latinoamericanos que han gobernado terceros períodos consecutivos en la etapa democrática de la región: Joaquín Balaguer, Alberto Fujimori, Hugo Chávez, Daniel Ortega, Evo Morales y Rafael Correa. Como podrá confirmar el lector si decide hurgar en la historia, todos estos terceros períodos, con sus diferencias y particularidades se ajustan a los esquemas y a los modelos propuestos en este trabajo.


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