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La República viernes, 07 de diciembre de 2018
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ZONA (0) EN VILLAS AGRÍCOLAS

“La muerte nos tocó de frente”

  • “La muerte nos tocó de frente”

    Operativo. Un niño observa desde el segundo nivel de una vivienda las labores de rescate y remoción de escombros ayer en la zona devastada por la explosión.

  • “La muerte nos tocó de frente”
  • “La muerte nos tocó de frente”
Juan Salazar
juan.salazar@listindiario.com
Santo Domingo

Un día después todavía se sienten el olor y los ecos de la tragedia. Algunas señales siguen intactas a doce horas de la explosión que aterrorizó a residentes en el sector Villas Agrícolas de la capital, mientras otras comenzaron a ser borradas para retomar la rutina, pero las emocionales al parecer dejarán huellas que quedarán intactas para siempre.

Las frases que los moradores usan para definir la tragedia no pueden ser más elocuentes.  “Ese zumbido lo sentiré en mis oídos por mucho tiempo”, expresa el presidente de la junta de vecinos y dueño de una de las viviendas afectadas, Clarence Veras, justo frente a la colapsada estructura de la empresa Polyplas, adonde entrar provoca la sensación de tierra arrasada o zona de guerra.

Señala hacia el área donde quedaron sepultados el comedor y el almacén para asegurar que la cantidad de muertos es mucho mayor que la revelada por las autoridades, hasta ayer seis. “La muerte nos tocó de frente”, exclamó al narrar que esquivó un trozo de madera que estuvo a punto de impactarlo producto del poderoso estallido.

Las ondas expansivas de la explosión causaron severos daños a una banca de apuestas y cuatro viviendas ubicadas frente a la empresa, donde en las primeras horas de la mañana de ayer sus ocupantes revisaban para determinar la magnitud de los destrozos.

En los alrededores, la angustia de personas que procuran información sobre sus parientes desaparecidos choca de frente con un inquebrantable cerco policial y militar que ha sellado todas las vías de acceso a la zona devastada. A representantes de diversos medios de comunicación les permitieron el acceso por diez minutos por gestiones del Centro de Operaciones de Emergencias (COE).

“Queremos que nos resuelvan”, exclama Ramón Antonio Perdomo, quien estaba sobre un banco pintando su casa cuando la explosión lo derribó y ayer barría el frente de la casa que anhela le sea reparada por la empresa responsable del siniestro. Confiesa que vio como varios vehículos estacionados frente a Polyplas fueron arrastrados y muy cerca a dos personas que fallecieron al instante. “Además de esos dos, yo vi sacar cuatro cadáveres quemados, no sé cómo hablan de tan pocos muertos, ahí los muertos no se pueden contar”, declaró, tras indicar que todavía en los alrededores “no se recuperan del pun, tienen eso clavado”.   

“Eso es triste, cuando se pierden seres humanos, es muy triste”, expresa Pablo Payano, de 59 años y empleado del área de seguridad de Polyplas, quien como cada día estaba ayer en la puerta principal de la empresa, pero sin el habitual entrar y salir de empleados y clientes.

No oculta su pesar por desconocer el destino de sus compañeros de labores con quienes ha compartido por nueve años en la empresa.  “No sé nada todavía”, exclama de manera cortante y con la huella de la angustia en su rostro.

Katheryn Infante, quien sintió el miércoles como su escritorio de la oficina donde labora se estremeció, dijo que todavía se siente expectante porque el día de la tragedia parecía tan normal como el de ayer. Le angustia comprobar que aún dentro de su casa o en el ámbito laboral ninguna persona está exenta de que le pase algo.

 

Suben a 6 los muertos por la explosión

OLOR A GAS COMENZÓ TEMPRANO
Ramón Reyes, con 18 años laborando como seguridad de la escuela España, ubicada frente a la empresa especializada en la fabricación de plásticos, dijo que la explosión lo tumbó de la silla donde estaba sentado debajo de un árbol. “Fue una impresión grande y solo pensé en abrir la puerta para que los niños salieran”.

La directora del plantel escolar, Mercedes de León, declaró a LISTÍN DIARIO que se trató de una situación inesperada para la que no estaban mentalmente preparados, pese a que tienen un protocolo de evacuación ante cualquier desastre. “Estábamos falta del ensayo”, agregó De León, con cuatro años en la dirección del centro.

Los mayores daños en la escuela se verificaron en el comedor y la educadora revela que resultó ser una bendición que estuviera en proceso de reparación, ya que por esa razón los estudiantes toman el almuerzo desde hace dos semanas dentro de la escuela.

Los alumnos de la escuela acababan de pasar del patio al interior del plantel tras terminar una rutina de ejercicios cuando sonó el estruendo. “Aunque uno hace ensayos, otra cosa es la realidad, tuvimos incluso que calmar algunas maestras que estaban nerviosas”, refirió Jairo Núñez, profesor de Educación Física.

Coincide con otros vecinos de que la desgracia se pudo prever porque desde temprano olía a gas, pero en la empresa siguieron trabajando de manera normal.

En el politécnico Manuel Aurelio Tavárez Justo, contiguo a la escuela España, los daños fueron mayores, especialmente en las ventanas. Su directora, Elsa Arias, explicó que “todo fue tan rápido que no tuvimos tiempo de reaccionar. Yo estaba en mi oficina en una silla, a mí me levantó y me tiró hacia una pared”, añadió sobre lo que define como una explosión y un zumbido.

Dos pabellones en el centro quedaron sin persianas, una profesora resultó lesionada al igual que estudiantes ya en proceso de recuperación. “El momento es el que habla”, dijo al preguntarle si tenían ensayado algún protocolo de evacuación con los estudiantes, a quienes primero ubicaron en la parte frontal del centro y después procedieron a sacarlos a las calles.

Confiesa que con 26 años en el magisterio ha vivido una situación que no termina de asimilar, por lo que ya gestiona que el Departamento de Psicología brinde apoyo al personal y a los estudiantes.

En la España y el Politécnico Tavárez Justo, así como en la escuela Doce Juegos y los colegios privados más cercanos, las clases están suspendidas hasta el próximo lunes, aunque en el caso del liceo, retomar la docencia podría requerir más tiempo.

Xiomara Modesto tendía una ropa en la azotea cuando comenzó el escape de gas cerca de las 10:00 de la mañana y optó por salir de la casa y retirarse a una cuadra de distancia. “Fue como una película de guerra”, dice sobre el momento de la explosión. Ayer miraba a través de la verja de su casa las labores de rescate y de remoción de escombros.

En el barrio, la mayoría coincide en que el olor a gas comenzó a sentirse pasadas las 10:00 de la mañana, por lo que la tragedia pudo evitarse.

El peligro de los quimicos

 “Aquí estamos todos en zozobra”, expresa José Herrera, un vecino del sector, quien explica que hora y media antes de la explosión ya el olor a gas se percibía en gran parte del entorno a la empresa.

Considera que desde el instante en que una persona salió con quemaduras debieron tomar las precauciones para evitar la tragedia. “No evitaron cerrar la caldera ni el escape de gas y al contrario se aglomeraron frente al club Los Pioneros, y al suceder mira los resultados, varios muertos y muchos heridos”, añadió.

Milton Romero, propietario del taller Romero Industrial, abrió su negocio como de costumbre a las 8:00 de la mañana, mientras otros comerciantes recogían los cristales rotos que dejaron las ondas expansivas de la explosión frente a sus establecimientos. “Fue horrendo”, apostilló.

Los propietarios de casas afectadas alegan que en plena Navidad ya habían hecho inversiones para reparar y pintar sus viviendas, por lo que esperan ser compensados por la empresa.

La junta de vecinos del barrio anunció que realizará un levantamiento de las familias afectadas, al tiempo de lamentar que Villas Agrícolas sea un sector donde las autoridades y medios de comunicación ponen el foco solo cuando ocurre una tragedia.

Ignacio, un vendedor de Yaniqueques, no instaló su negocio el día de la tragedia porque se sentía indispuesto. Se mostró afortunado por la decisión porque sus amigos le cuentan que el gas salía hasta por una alcantarilla muy próxima al lugar que ocupa. “Con esta estufa encendida, quién sabe lo que habría pasado”, afirma mientras voltea tres empanadas casi listas para el consumo.

“Lo importante es que ningún niño resultó lesionado ni extraviado”, indicó el mayor Manuel Durán, encargado de seguridad del Centro de Atención Integral a la Primera Infancia (Caipi), ubicado al lado del politécnico Tavárez Justo y detrás de la Escuela España.   

Fátima Martínez y Brunilda Comas, dos técnicas del distrito 15-02 del Ministerio de Educación, estaban ayer en el lugar como parte de un recorrido para evaluar las condiciones en que quedaron los planteles del sector. Habían registrado ocho niños con lesiones pertenecientes a la Escuela España y el politécnico Manuel Aurelio Tavárez Justo. Ellas también animaban a María Caba, asistente educativa en el centro, quien confiesa que todavía tiene un nudo en la garganta y el cuerpo hecho gelatina. “Pensé que era un atentado”, expresa entre lágrimas sobre el suceso que le disparó la presión y aún la tiene conmocionada.

Doce horas después de la tragedia el almuerzo para 312 niños y niñas aún está servido e intacto en el comedor del Caipi.

La bocina estridente de un vendedor de guineos verdes sobre una camioneta rivaliza al filo del mediodía con la sirena de una unidad del 911 que cruza en ese momento por el frente del centro. La realidad de un sector que intenta volver a la rutina en medio de una tragedia sin precedentes.

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