Opinión

ENFOQUE

Los símbolos patrios entre Duarte, constitución e historia

Alejandro Moscoso SegarraSanto Domingo

Recientemente asistí a un acto de puesta en circulación de un libro, hoy que, por fortuna, resulta frecuente que muchas personas se animan a investigar y a escribir acerca de los más variados tópicos.

En esta ocasión, me tocó asistir al recibimiento de una publicación de naturaleza histórica que involucra la Constitución Política del Estado y los emblemas nacionales: Bandera, Escudo e Himno Nacional. Se trató del libro Simbología Patriótica de la República Dominicana, de la autoría del respetado magistrado del Tribunal Constitucional, Wilson Gómez Ramírez.

Con relación a estos valores, pudimos ver en el aporte bibliográfico que da origen a este escrito, que el texto sustantivo siempre, desde 1844, ha dedicado parte de su articulado para insertar lo atinente a la Bandera Nacional y el Escudo Nacional; así el artículo 194 del primigenio libro sustantivo de la Nación habló del “pabellón mercante Nacional”, consignando que estaba compuesto de los colores azul y rosado, colocados en cuarteles esquinados, divididos en el centro por una cruz blanca; precisó, además, que también se creaba el pabellón de guerra, el cual llevaría, en adición, las armas de la República en el centro.

En el artículo 195 de la referida primera versión constitucional, se describe el Escudo Nacional, entonces, como hemos apuntado, llamado las Armas de la República. Ya en la primera revisión a la Constitución, proclamada en febrero de 1954, el artículo 136 incorpora al texto el color rojo, en tanto que el artículo 137 no habla de pabellón, sino de escudo de armas de la República.

Pude percatarme, además, que el Himno Nacional se constitucionalizó en 1966… En el referido evento académico- cultural cargado de un momento de altísimo contenido patriótico, recordé las lecciones cívicas que recibí en las aulas escolares; al mismo tiempo, llegó a mi mente la necesidad de retomar la enseñanza de estos y otros valores en los distintos ámbitos sociales, en especial en las escuelas; valoré las palabras del Tribunal Constitucional, a través de su presidente, magistrado Milton Ray Guevara, quien en su entusiástica intervención, se refirió a los esfuerzos que ha realizado esa alta Corte para difundir el contenido de lo que él con mucha propiedad denomina “biblia institucional”, que es la Constitución.

La afirmación del presidente del TC, en el sentido de que, tras suscribir un acuerdo con el Ministerio de Educación, han puesto en marcha, de manera conjunta, una acción educativa que integra al programa escolar la enseñanza de la Constitución, nos hace pensar que, ciertamente, se pude conseguir el mayor logro: una generación constitucional.

Nuestras generaciones no tuvieron esa oportunidad, en realidad esta apertura será un gran soplo oxigenado para el sentimiento patrio, permitirá que los alcances del artículo 63.13 de la Constitución vigente se cumplan plenamente, obteniendo que los niños y jóvenes asuman un alto compromiso social basado en una buena formación, consiguiendo así ciudadanas y ciudadanos propiciadores del respeto a los principios de convivencia pacífica.

El prólogo del referido libro fue plasmado por el profesor José Joaquín Pérez Saviñón, uno de los dominicanos vivos que con mayor sentido de responsabilidad ha asumido la difusión de la obra del Prócer Juan Pablo Duarte y Diez, Fundador de la República; y lo ha hecho siempre, y en los últimos treinta años su trabajo ha sido desde la entidad autónoma de carácter oficial facultada para hacer tal difusión: el Instituto Duartiano.

Pérez Saviñón, apunta en su prólogo: “El doctor Wilson Gómez ha puesto un constante empeño, no solo para advertir sobre los errores en que se incurre en ocasión del uso de estos emblemas nacionales, sino que también ofrece una labor pedagógica, aporta todas explicaciones en interés de su mejor utilización”.

El reputado historiador Juan Daniel Balcácer, fue el presentador de la obra, y él tiene el don de la tribuna, expone sus palabras con impresionante precisión, y esta vez no fue la excepción: motivó el contenido de la obra puesta a circular, destacando su importancia, acreditó los aportes y la practicidad de un trabajo que recoge la tríada de símbolos patrióticos en un solo texto, resaltado esto último como un plus a favor de este libro.

A mí me llamó poderosamente la atención comprobar, a partir de gráficas proyectadas por el autor del libro mientras hacía su protocolar intervención, el uso inadecuado e incorrecto del escudo nacional en ocasión de actos públicos, incluyendo los escudos que aparecen en las bandas que han colocado a los presidentes de la República de los últimos 88 años, salvo el profesor Bosch, que no usó este emblema al momento de juramentarse, en 1963.

También llamó nuestra atención, el hecho de saber allí que el proyecto de Ley de Símbolos Patrios permanece en las gavetas del Congreso Nacional, perimiendo una y otra vez, sumando cerca de diez años en esta situación; y lo peor, sin que se pueda percibir ninguna preocupación salida de los predios congresuales.

A nosotros nos tocó impulsar esta iniciativa legislativa, en el año 2006, luego de un acuerdo de colaboración interinstitucional entre el Comisionado de Apoyo a la Reforma y Modernización de la Justicia (CARMJ) y el Instituto Duartiano. Ambas entidades nos pusimos de acuerdo y encargamos, precisamente, al doctor Wilson Gómez, para elaborar un anteproyecto que viabilizara una discusión en torno a esta pieza. Esto se hizo y decidimos editar una tirada de mil ejemplares que se distribuyeron entre las personas y entidades más comprometidas con la temática.

Este esfuerzo comprendió los anteproyectos y proyectos que se habían suscitado al respecto en los últimos treinta años, tomando como referencia el año 2006; fue así que en el auditorio de la Procuraduría General de la República se produjo un encuentro, tipo jornada, para discutir la propuesta, y allí concurrieron entidades como la Academia Dominicana de la Historia, la Comisión Permanente de Efemérides Patrias (CPEP), historiadores y tratadistas de la materia, y las entidades proponentes: Comisionado de Apoyo a la Reforma y Modernización de la Justicia (CARMJ) y el Instituto Duartiano.

El indicado encuentro produjo sus frutos, recibió una serie de sugerencias que fueron tomadas en cuenta, muchas de estas se incorporaron al anteproyecto; se trabajó y poco tiempo después pasó a la Consultoría Jurídica del Poder Ejecutivo, órgano presidencial que también aportó, enriqueciendo la pieza al pasarla por el tamiz de la comisión de juristas que tenía a cargo la revisión de la Constitución de la República que deparó la versión sustantiva proclamada el 26 de enero de 2010.

En las circunstancias previamente referidas, el Poder Ejecutivo remitió al Congreso Nacional este proyecto, habiendo sufrido el mismo una serie de supresiones y cambios no explicados; de cualquier manera, dejado al tiempo y al olvido; y, mientras tanto, las disposiciones relativas a estos importantes emblemas nacionales asumen una precaria vigencia, prácticamente derogados por el desuso, resultan anacrónicos y aparecen dispersos, pues, algunos datan de principio del siglo XX (1905 y 1913); otros del primer tercio y mediado del referido siglo (1934 y 1943). Por estas razones urge que el Congreso se avoque a la revisión y aprobación de este importante proyecto de los símbolos patrios.

Vuelvo al acto que inspira este artículo: al realizarse esta actividad en el complejo arquitectónico del Instituto Duartiano, Museo y Casa de Duarte, debo también puntualizar la agradable sensación que me produjo estar en el patio de la casa de la familia Duarte-Diez, allí se siente la magia histórica, se recuerda a Duarte estudiando bajo la mata de níspero; en verdad, una magnífica ambientación que nos aproximó a esta singular figura y su familia, y, como dijo el autor de Simbología Patriótica de la República Dominicana, al inspirador del patriotismo dominicano: Juan Pablo Duarte y Diez.

El autor es juez de la SCJ y decano de derecho UNAPEC.

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