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La República martes, 25 de mayo de 2010

LAS HEROÍNAS NO CALLAN

La debacle de su familia

LA FAMILIA RODRÍGUEZ PERDIÓ SUS FINCAS DE GANADO Y PLANTACIONES DE CACAO, PLÁTANOS Y OTROS RUBROS PORQUE TRUJILLO SE ADUEÑÓ DE ELLAS Y LAS REPARTÍA ENTRE SUS SÉQUITOS

  • La debacle de su familia
    Familia unida. Desde la izquierda figuran Mauricio Báez, líder sindical de La Habana, Cuba; María Mercedes Rodríguez Vásquez y don Juancito Rodríguez García, al reencontrarse en el exilio.
  • La debacle de su familia
  • La debacle de su familia
Wendy Santana
wendy.santana@listindiario.com
Santo Domingo

La destrucción de la familia Rodríguez comienza cuando Trujillo se entera de las intenciones de Juancito de derribar su gobierno con aliados extranjeros y dominicanos que, igual que él, se habían exiliado en Puerto Rico. Tan pronto supo la noticia comenzó la debacle.

María Mercedes (doña Pucha) estaba ahí para ver y contar hoy lo que ocurrió en ese momento de ira del gobernante.

Allanan las propiedades del aguerrido exiliado en Barranca, entre Moca y La Vega; más de 15 mil cabezas de ganado corrieron despavoridas cuando la guardia tumbó las cercas a la fuerza y asesinaron a varios de los empleados.

Cuenta esta heroína que a don Virgilio, un señor de 50 años que había dedicado 30 años de su vida a trabajar en la fi nca de su familia, y estaba ahí como el empleado más leal esperando que regresara su amo y cuidando las propiedades como un guerrillero, le dieron tantos jalones que le desprendieron un brazo y así se lo llevaron para la cárcel, con el brazo colgando.

“Era una corredera, toda esa gente y esos muertos estaban ahí... había un empleado, Pedro Ledesma, que papá lo quería mucho y que había sido de la guardia de Alfredo Victoria; tenía un hijo en la Policía que era capitán y otro jovencito en la guardia.

Y a ese hombre y a otro empleado, Juan Taveras, José Horacio les mandó a decir que se escondieran, que aquí nadie estaba seguro”.

Doña Pucha relata que Ledesma no pudo aguantar mucho tiempo encerrado y fue donde el padre Sanabia a decirle lo que estaba pasando, pero este religioso lo entregó, por temor al régimen y confi ado en que lo dejarían libre, y Trujillo dio órdenes de que lo mataran como fuera, aunque se haya entregado, y advirtió que al que lo dejara vivo lo iba a matar.

Pues dicho y hecho. A Pedro Ledesma lo mataron y lo tiraron en el patio de la casa. Entonces fueron los alcaides pedáneos a supervisar y llegaron los carritos Volkswagen con los miembros del Servicio de Inteligencia Militar y se llevaron a todo el que quedaba en la casa como presuntos autores.

“Nos quedamos Guillermina, la suegra de José Horacio; Genoveva, la mujer de José Horacio, mi hermano y yo.

José dormía por las noches en la caballería y nosotras nos acostábamos y sentíamos los temblores en la cama porque era una cueva de terror y sentíamos los taqui-taqui de los guardias y no podíamos dormir porque era un terror que nos tenían”.

Esta situación no duró mucho porque a los pocos meses un hermano de su cuñada les dijo que había oído una conversación en la que Trujillo decía que si todavía esas mujeres estaban ahí y no habían querido salir que le prendan fuego a la casa con ellas adentro.

“Estábamos Genoveva y yo en Barranca y recogimos todo lo que pudimos. Un muchacho me dijo que había visto un balde con los maíces que eran de la fi nca, también cacao y café y que él sabía dónde estaban y podía llevarme. Pues así lo hicimos y tomé todo lo que era nuestro y vendimos lo que pudimos”.

Patrimonio familiar
La tensión en la fi nca de Barranca duró desde mayo hasta diciembre del 1946 y fi - nalmente tuvieron que salir cuando llegaron las autoridades dispuestas a quemar la propiedad. “Como yo era la responsable no podía decirle a Genoveva que se quedara y nos fuimos para la capital”.

“Yo estaba bajo patria potestad todavía. Me quedé en la casa que José nos dejó y estábamos ahí las cuatro mujeres, la mujer de mi hermano, su suegra, Rosa, la mujer de mi papá, y el niño que ella había tenido”.

Rosa, la madrastra de doña Pucha y sus hermanos, había llegado a la capital desde La Vega porque estaba en estado y tenía problemas de un útero con inercia y le dijeron que no podían atenderla en ninguna clínica ni hospital porque así lo había ordenado Trujillo.

Decidieron entonces llevarla a la Clínica Internacional, que era de los americanos y nació el bebé, el 23 octubre.

Juan Tomás Díaz –sigue contando la heroína– le había recomendado a su hermano mayor José Horacio Rodríguez, que vaya a hablar con Trujillo y le pidiera que le permitiera viajar a Puerto Rico a convencer a su padre Juancito de que retornara al país. También Lupita Albert, la esposa de un americano le recomendó lo mismo.

Trato discriminado
La esposa de mi padre sufrió mucha presión porque Ludovino Fernández pasó por el hospital a verla y en medio de la preparación de su cesárea le hizo varias preguntas, como que “dónde estaba su esposo y que por qué estaba en esa clínica”.

“También mi tío Julio me dijo que estaba desesperado y que lo único que aspiraba era a irse con papá y se iniciaron gestiones con el embajador de Colombia, Rodolfo García. Y cuando le estaba preparando sus maletas una enfermera que era calié avisó a la Policía que tío se iba y de inmediato llegó Minito Arredondo a buscarlo. Se lo llevaron, lo encarcelaron y lo torturaron...”      

EL SACRIFICIO DE JUANCITO RODRÍGUEZ  

PÉRDIDA DE HACIENDA
Juan Rodríguez García (Juancito) era el hacendado más grande del país en 1935, propietario de fincas ganaderas, de cacao y plátanos en varios predios del Cibao. Su hermano Doroteo Rodríguez también era próspero.

El dictador prácticamente lo obligó a aceptar las funciones de senador y diputado, y le dio el rango de general. Junto a su hermano Doroteo había participado en la política en el bando de Horacio Vásquez, pero temiendo sufrir represalias contra su familia, aceptó los cargos que le ofrecieron en 1930.

Su vida próspera era muy importante porque garantizaba un buen futuro a su familia, pero lo material no valía nada si no tenía la tranquilidad para disfrutarla.

El ver los abusos del gobierno de Trujillo, la corrupción y la delincuencia que imperaba en su equipo militar decide irse al exilio, desde donde participó en expediciones libertarias.

Teniendo a su segunda esposa, Rosa, embarazada y a sabiendas de que sus hijos quedarían a merced de la voluntad de Trujillo, y de que perdería sus propiedades, Juancito patrocina la expedición de Cayo Confites, en 1947 que pretendía derrocar al régimen.

Esta fue la primera y se organizó desde Camagu¨ey, una provincia cubana muy activa.

La misión fue abortada debido a la presión que el gobierno estadounidense ejerció sobre el gobierno de Cuba.

Luego surgieron las de Luperón, planeada desde Guatemala para atacar diferentes objetivos militares, aunque sólo un grupo expedicionario pudo alcanzar las costas dominicanas por la bahía de Luperón, siendo diezmado por las tropas trujillistas en junio de 1949.

Diez años después, en junio de 1959, se produjo la expedición de Constanza, Maimón y Estero Hondo, preparada por el Movimiento de Liberación Dominicana desde la provincia cubana de Pinar del Río y donde su hijo José Horacio participó activamente.

Juancito se suicidó seis meses antes del ajusticiamiento del Tirano, abatido ante tantas luchas y sin esperanzas de acabar con esa dictadura que acabo con su familia.

LA MÍSTICA DE TRUJILLO PARA ENRIQUECIMIENTO
Quitarle las propiedades a las familias dominicanas que daban muestras de oposición a su gobierno era una mística de Trujillo, pues desde que entró a la Guardia Nacional entrenándose con los norteamericanos durante los años de ocupación de 1916, aprovechó sus constantes ascensos hasta llegar a la jefatura del Ejército para enriquecerse.

Ya alcanzada la presidencia de la República monopolizó todas las actividades productivas del país, y obligando a los accionistas a transferirles sus acciones, así como a la población a consumir sólo los productos manejados por él, como ocurrió con el caso de la sal, azúcar, aceite, carnes, el tabaco, licores, calzados, pintura, cemento, vidrios y textiles.

También los servicios fueron controlados por él, como las operaciones bancarias, los seguros, las obras urbanas, las navieras, aviación, electricidad, refinería, periódicos, armerías y hasta disponía del 10% del sueldo de los empleados para subsidiar los gastos de su Partido Dominicano.
Trujillo tenía a su merced el 80% de la producción industrial y a un 60% de la población económicamente activa del país, según consta en los archivos de LISTÍN DIARIO.
 


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