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SONAJERO

Seneida y Rigoberto

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Grisbel Medina R.Santo Domingo

Hace ventidós años, entre agua, Dios y misericordia buscaron visa para un sueño. Cuando la nostalgia pegaba tan fuerte como el invierno norteño, alentaba recordar el cafecito Santo Domingo y la ropa tendida en alambres de púas. En Nueva Yol hicieron de todo, menos aceptar 40 mil dólares si llevaban a Massachussets el dichoso polvo que infla fortunas y seduce rayas militares. Vendieron frutas, cocinaron en restaurantes, fueron camareros de la vida y obreros de todo. En Nuevayol, Seneida y Rigoberto llenaron una alcancía que hoy les permite respirar sin estridencias y con la dignidad del que no le pesa la conciencia. El choque ha sido grande. Este país, el suyo, no es el que dejaron. El equipo de música, la estufa y la nevera llegaron en sus maletas. “En la Aduana nos maltrataron”, se quejó Rigoberto, quien, a pesar de los tropezones sigue pensando que esta tierra “es la más hermosa del planeta”. El hombre no se cansa de rogar: “Necesitamos poner de nuestra parte, educarnos y cambiar actitudes muy negativas. Aquí manda la ley del sálvese quien pueda, queremos que el gobierno trabaje para nosotros y no hacemos nada por el país. No cuidamos lo que es nuestro”, expuso de sopetón. Tintada de rubio y con dos medallitas en el pecho, Seneida, devota de los “sanes” ahorrativos, me dijo que la avaricia dominicana es muy fuerte. “Se ansía poder para humillar al otro” se queja antes de clamar, con los brazos de par en par “caramba, al manejar debemos permitir que el otro cruce”. Conocí a Seneida y Rigoberto en este 2009 con 50 días y veinte tumbas de mujeres. Pude charlar en su casa pese al agravado zumbido por la destitución de agentes y oficiales padrinos del narcotráfico. Con la historia del matrimonio se publican varios tomos. En ventidós años aguantando frio, la pareja ahorró “chele a chele”, pues no saben lo que es sacarse un billete. Aunque Time Square brille mucho, Nuevayol no es un maíz. Esta pareja, estigmatizada por la ofensa de “dominican york” le duele tener que re-educarse como dominicano. Sin subir la voz ni adornar el verbo, se quejan porque ser dominicano es no dar gracias, no pedir permiso e irrespetar al otro al conducir. Del poder estatal le parte el alma que “siempre roban y a nadie meten preso”. Y, de los medios de comunicación le avergüenza que “presenten la gente por mitad y nadie dice nada”.

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