EDITORIAL
Los intocables
La democracia dominicana es un dechado de bondades, un verdadero paraíso de libertades.
Tan generosa es que ha sabido prescindir de los rígidos contrapesos institucionales para dar paso a un libertinaje floreciente, un nuevo y audaz modelo de convivencia.
Bajo este manto de progreso, el desparpajo institucional ha creado un ecosistema ideal donde las leyes pueden descansar en paz, como letras muertas.
Y donde los más diversos desenfrenos, prohijados en este clima de “libertad”, no solo se expanden, sino que se coronan como los nuevos paradigmas de la vida moderna.
No hace falta enumerarlos. Basta con observar el caso más exitoso, que es la creación de una nueva élite de ciudadanos privilegiados: los motoristas.
Adquirir una motocicleta hoy no es una compra, es una ascensión social. Es el pasaporte inmediato a un estado de libre albedrío absoluto, sin las molestas cadenas de la consecuencia.
La democracia bondadosa, en su infinita sabiduría, los ha ungido como intocables.
Así, pueden transitar inmunes: sin licencia, sin casco, sin placas, sin luces. Las aceras son sus carriles exclusivos, y las vías contrarias su atajo preferencial.
Para ellos, los semáforos son una figura decorativa, y las intersecciones su mejor puerta giratoria, donde el giro a la izquierda es siempre una coreografía permitida.
Su libertad es tan amplia que incluye el uso “alternativo” del vehículo para atracos exprés o para desafiar a peatones en duelo desigual.
El sistema los protege. Las multas son papel mojado, y para coronar este edén de privilegios, gozan del favor de políticos y autoridades que los cortejan.
Son un ejército de votos sobre ruedas, indispensables para caravanas y campañas.
En resumen, bajo este libertinaje la ley premia la transgresión y castiga el cumplimiento.

