EDITORIAL
El abandono que mata
Con una pobreza aún más honda y amarga que la que marcó su desventurada existencia, Agustín Frías murió ayer, consumido por el más abyecto y cruel abandono.
Su final no fue una sorpresa, sino la trágica conclusión de una vida sistemáticamente ignorada.
En agosto, este diario destapó la desgarradora realidad que él y sus dos hermanos enfrentaban, mostrando en portada la imagen de su miseria.
La promesa de ayuda, entonces, surgió como un destello de esperanza. Hoy, ese destello se ha extinguido en la más absoluta oscuridad.
Su cuerpo fue hallado en el frío de un edificio en construcción, lleno de escombros y sin piso, el triste refugio al que fueron arrojados después de que el Instituto Nacional de la Vivienda (INVI) derrumbara su choza, agujereada e inundable, con la vana promesa de construirles una nueva.
Durante años, Agustín, Radhamés y Teresita Frías esperaron los bonos, los medicamentos, una mano tendida.
Don Agustín partió de este mundo con una pierna carcomida por la diabetes, envuelta en un vendaje sucio.
Padeció dolor, hambre y la amargura del olvido en un silencio que grita más fuerte que cualquier discurso.
Su muerte es un epílogo deplorable que nos llena de indignación y de una profunda pena.
Este no es un caso aislado. Es el triste y recurrente final de una legión de invisibles que mueren creyendo en quimeras: que el Estado, que la sociedad civil, los rescatarán.
Mueren con esa ilusión, y su muerte se convierte en el testimonio mudo de nuestro fracaso colectivo.
Agustín Frías, quien trabajó toda su vida como panadero, empleado de limpieza y vendedor, se fue sin que el país al que sirvió le tendiera la mano para despedirlo con un mínimo de dignidad.
Que en su muerte encuentre la paz que en vida le fue negada.
Y que su historia, cargada de desaliento, nos interrogue sobre qué clase de sociedad somos, cuando permitimos que nuestros ancianos partan de la misma manera miserable en que vivieron: absolutamente solos.

