EDITORIAL

Una ciudad hostil para los discapacitados

Transitar por la ciudad con una discapacidad no es una tragedia existencial, sino un desafío diario frente a una sociedad que erige barreras donde debería haber puentes.

Las personas con discapacidad se enfrentan a una realidad donde la discriminación laboral y social no es una excepción, sino una constante que limita sus oportunidades.

Aunque constituyen un segmento poblacional minoritario, con frecuencia las políticas generales de bienestar no los alcanzan de manera efectiva.

Para las personas ciegas, sordas o con movilidad reducida, la escasez de solidaridad se hace palpable en la indiferencia ante sus necesidades más elementales.

El espacio público se transforma en un campo de obstáculos: vías públicas fracturadas, aceras invadidas, intersecciones caóticas, conductores insensatos y la sombra de la delincuencia se convierten en amenazas latentes.

Para quienes residen fuera de los núcleos urbanos organizados, el aislamiento se intensifica debido a las alternativas limitadas para la movilidad.

Aunque existe un marco legal que establece cuotas de empleo en entidades públicas y privadas, el incumplimiento sistemático de esta disposición se convierte en un reflejo de exclusión.

Lejos de representar una puerta hacia la inclusión, esta realidad evidencia una discriminación estructural que perpetúa su marginación.

Sin embargo, es crucial recalcar que la verdadera tragedia no reside en la discapacidad, sino en la exclusión sistemática que enfrentan.

Salvo contadas excepciones, muchas personas con discapacidad en nuestro país son relegadas al margen del bienestar, del trato digno e, incluso, de la empatía humana.

Esta exclusión, no su condición, es la que marca sus vidas profundamente .