Palo y plomo
La violencia se ha entronizado de tal modo en nuestra sociedad que se ha convertido en el patrón de conducta para dirimir las diferencias entre los ciudadanos.
No solo es una violencia ejercida físicamente a través de instrumentos de alto poder de daño, como un arma de fuego, un palo, un machete o una riña cuerpo a cuerpo.
También alcanza los modos de expresión verbal y escrita, muy popular ahora entre muchos que asumen el papel de “analistas” o “comunicadores” en programas audiovisuales y redes sociales.
El tono altisonante, con intención apabullante, sazonado con malas palabras y, a menudo, insultos o acusaciones, es una secuela del estado de intolerancia que domina muchas actitudes ciudadanas.
El sentido de la prudencia, del comedimiento y hasta de la indulgencia se ha ido diluyendo como vía para resolver conflictos. Esto se evidencia a diario entre los usuarios del tránsito.
Cualquier motivo de fricción desata los instintos violentos y lo que pudo ser un incidente subsanable con una disculpa o un acuerdo para acudir ante las autoridades termina resolviéndose a puñetazos, a palos o a tiros.
Un incidente en Pizarrete, Baní, en el que un individuo mató a otro, desató un acto de venganza inmediata por parte de los familiares de la víctima, quienes incendiaron tres casas de la familia del victimario, con personas dentro.
Matar a cualquier ciudadano en un atraco o una emboscada, como ocurrió el fin de semana en el barrio Capotillo, o descargar violencia física contra médicos y enfermeras en un hospital, se ha vuelto pan de cada día.
La sociedad no debe permitir que estas respuestas de palo y plomo se generalicen y se normalicen, abriendo las puertas a un estado de caos, irrespeto e insolencia que destruye el modelo de concordia y paz que sustenta la convivencia en las sociedades civilizadas.