Santo Domingo 23°C/26°C thunderstorm with rain

Suscribete

En extremo peligro

Con un país sin gobierno y sin mediadores que puedan imponer una salida de emergencia a la crisis, Haití debe ser intervenido ya por una fuerza militar multinacional.

De lo contrario, el país se convertirá en una pradera de fuego en la medida en que las bandas armadas, que ya controlan distintos territorios, se enfrascan en una lucha por la supremacía del poder.

La población haitiana está ahora a merced de esta sangrienta confrontación, que solo puede enfrentarse si una coalición de tropas extranjeras, de superior capacidad, se hace cargo de procurar la restauración del orden institucional.

En peligro extremo Video

En peligro extremo


Hasta el momento han fracasado las fórmulas que se barajan para conseguir un consenso de fuerzas políticas de la oposición, lo que hace más imperativo el auxilio de la comunidad internacional en clave de intervención.

Si las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos han dado su aquiescencia a la idea de desplegar tropas y hay países dispuestos a entrar en acción, ¿qué se espera para hacerlo ya?

Tanto Bahamas como Jamaica están tomando precauciones para evitar lo que temen: una incontenible avalancha de millares de haitianos que huyen del estado de violencia y guerra.

Estados Unidos y otros países han llamado a sus ciudadanos residentes en Haití que abandonen ese país, lo cual es un indicador elocuente del nivel de riesgos y peligros que pueden enfrentar.

La República Dominicana tiene que hacer lo mismo, pidiéndoles a los compatriotas que residen allí que retornen al país, para estar bajo mejor resguardo.

Con un Haití sin gobierno y sin autoridades legítimas, ¿quién les garantiza la vida y las propiedades a los más de 12 millones de habitantes y de extranjeros en medio del azote de las bandas de mercenarios?

Con ese estado de cosas, nuestro país se encuentra en extremo peligro, bajo la amenaza de una desbandada de gente sedienta de protección, alimentos y refugio, mientras la comunidad internacional sigue dubitativa y paralizada frente a la responsabilidad de actuar como se debe.