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reflexiones del director

Hervores periodísticos en la post-guerra

Como adolescente criado en Ciudad Nueva, fui testigo de los principales sucesos que tuvieron su epicentro allí desde el ajusticiamiento de Trujillo en 1961 hasta la revolución de abril de 1965.

Todos los hervores políticos que marcaron el retorno a la democracia, necesariamente impregnaron mis tempranas percepciones sobre la dureza y profundidad del proceso hacia el retorno de la democracia.

Recuerdo, vívidamente, la persecución violenta de los “calieses” o remanentes de la dictadura, a quienes apaleaban o flagelaban a cadenazos en las calles.

También me impregnaron las bulliciosas manifestaciones para expulsar del país a Balaguer, “muñequito de papel”, así como las continuas protestas contra el Consejo de Estado que tomó el control del poder.

En ese clima de libertad abrieron las puertas de sus locales los primeros partidos y movimientos, convirtiendo a Ciudad Nueva en el centro nervioso de la vida política del país.

La matanza de la calle Espaillat, a una esquina de mi casa, proyectó con toda su crudeza el choque violento y transicional entre los restos de una clase opresora y los vibrantes exponentes de la clase libertaria.

Como nunca estuve ajeno a estos dolores del parto democrático, tuve el atrevimiento y osadía de meterme en las marchas estudiantiles contra el Triunvirato que gobernó tras el golpe de Estado contra Bosch, en 1963.

Fui testigo, por igual, de las escaramuzas sangrientas del Parque Independencia tras el despliegue de tanques en el asalto a la sede de Unión Cívica Nacional, uno de los principales de la oposición, y de la quema del cine Olimpia, de la calle Palo Hincado.

La bandera dominicana que teníamos en casa fue usada para cubrir el cadáver de una de las víctimas, el sastre Varona, muy querido en el vecindario.

Más tarde, en 1965, estalló la revolución constitucionalista para reponer a Bosch en el poder. La primera emboscada contra los temibles “cascos blancos” de la Policía represiva, ocurrió frente a mi casa.

Tras el armisticio tutelado por la Fuerza Interamericana de Paz que invadió el país, emergió de estos procesos convulsos una camada de jóvenes poetas, periodistas y amantes de la literatura que, poco a poco, fueron integrándose a los medios de comunicación.

En mi caso, y en el de otros jóvenes colegas que se insertaron en los periodicos impresos o radiales a finales de los sesenta y principios de los setenta, también los hervores políticos eran los dínamos de nuestro reporterismo.

Por eso, con alguna frecuencia, trascendí los límites del ejercicio neutral del periodismo y, bajo abrigo de mi condición profesional, participe en el traslado y escondite de dirigentes del Movimiento Popular Dominicano, perseguidos por el gobierno del presidente Joaquín Balaguer, junto a mi colega del Listín, Marino Mendoza.

Tuvieron que pasar algunos años para madurar y comprender la dialéctica de la función periodística y la del gobierno y la política, y poder eludir los campos minados en que debían moverse los sospechosos de ser “periodistas de la oposición” o aliados de los revolucionarios.

Ahora me refocilo cuando otros me califican de “ultraderechista” o “ultra conservador”, etiquetas que hubiese podido economizarme si, en aquellos tiempos difíciles, hubiese caído como un mártir del periodismo.