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Editorial miércoles, 17 de noviembre de 2021

Barbecue, el poder de facto en Haití

Barbecue, el jefe pandillero, es indiscutiblemente el hombre que manda en Haití.

Su grupo armado, el G9, decidió unilateralmente una tregua de ocho días para permitir el reabastecimiento de combustibles, agua y alimentos en Puerto Príncipe, lo que sin dudas ha aliviado temporalmente la crisis que ha paralizado durante un mes la vida de la capital y ciudades vecinas.

Con ello demostró un poder y una autoridad que no tienen el primer ministro ni la Policía, aunque ese poder de facto puede resultar terriblemente nocivo si la comunidad internacional lo deja asentarse y extenderse.

Como Jimmy “Barbecue” Cherizier y su banda armada G9 han dado un ultimátum al primer ministro Ariel Henry para que deje el puesto o exponerse a un asesinato, como ocurrió con el presidente Jovenel Moïse en julio, tal advertencia resulta una sobrecogedora premonición.

Entonces, si ese es el cuadro real de la situación política en Haití, donde otras bandas armadas dedicadas a los secuestros, chantajes y escudos del narcotráfico y el comercio de armas de fuego se han hecho dueñas de pedazos territoriales, ¿con cuál interlocutor manejará nuestro país sus relaciones con Haití?

En eso debe fijarse la comunidad internacional, pues si se queda de brazos cruzados y permite que las bandas impongan su sello y su dominio del país, poca autoridad moral les quedaría para evitar que en otras partes de América Latina emerjan grupos semejantes, como ocurrió con el fenómeno “foquista”, aleccionados por el modelo de la revolución cubana.

La decisión de intervenir no puede demorar más. Se impone el orden basado en la ley y la legitimidad constitucional o se deja que las bandas armadas sean el gobierno de hecho.

En este último escenario, es obvio que la República Dominicana ni ningún otro país pueden pactar ni sostener relaciones bilaterales con el mandante de facto Barbecue, porque eso sería desconocer la Carta Democrática de la Organización de Estados Americanos.

El que quiera hacerse el ciego, sordo o desentendido ante esa ominosa perspectiva, que no pretenda luego escurrir responsabilidades cuando Haití sea una nueva Somalia en América, lo que de hecho ya se perfila, con sus inevitables peligros para la democracia y la seguridad hemisférica.