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Editorial miércoles, 18 de septiembre de 2019

Una epidemia incontenible

Los accidentes de tránsito se han convertido en una imparable epidemia de sangre que enlutece a miles de familias cada año, dejando una secuela de ciudadanos discapacitados física y laboralmente.

Las cifras más recientes reflejan un aumento del 50 por ciento del número de víctimas en el primer semestre de este año, en comparación con el anterior. Casi mil muertos en ese lapso.

La causa principal es la imprudencia de los conductores que no solo se refleja en manejos temerarios sino en las violaciones de semáforos y otras reglas de control de velocidad en las calles y carreteras.

Otros factores colaterales son aquellos que tienen que ver con desperfectos de los vehículos o con las condiciones de las carreteras, todo lo cual pone en evidencia las grandes fallas que tenemos en materia de prevención y, desde luego, de sanción por las innumerables violaciones a las normativas del tránsito y el transporte.

Estamos pagando un alto precio en víctimas mortales, en la incapacitación y en los dineros que hay que gastar a posteriori de las tragedias, y no hay indicios de que podamos salir de este círculo de dolor y de tristeza en el corto plazo.

Como no hay cultura de respeto ni a los peatones ni a las leyes del tránsito, como aquí se doblega la autoridad de un agente de tránsito con cualquier “picoteo”, nadie se siente disuadido de cometer imprudencias ni violaciones porque percibe que no existe un fuerte y real régimen de consecuencias.

Entonces es obvio que para comenzar a poner algo de freno a esta imparable racha de accidentes mortales hay que comenzar por aplicar rigurosamente las leyes y las normas.

El conductor que adrede viola las leyes es el primero en saber que, si finalmente lo sancionan, no reincidiría. Un ejemplo elocuente y digamos que reciente es el de los cascos de los motoristas.

Cuando la autoridad, en verdad, comenzó a detener y multar a los motoristas que no tenían cascos, la norma alcanzó su plenitud. Es muy raro ver motoristas sin sus cascos protectores, aunque anden sin placas y sin licencias.

Sin régimen de consecuencias, jamás saldremos de este círculo de dolor y muerte en nuestras vías públicas.