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Editorial jueves, 11 de julio de 2019

Los huérfanos de los feminicidios

Se cuentan por decenas. Un denominador común caracteriza sus vidas; son los huérfanos de madres asesinadas por sus padres, enfrentados ahora a un futuro minado de traumas.

En el caso de muchos de ellos, la orfandad fue total ya que también los padres feminicidas se suicidaron tras cometer los crímenes. Y, en menor escala, los hay cuyos padres están condenados a muchos años de prisión, a quienes aborrecen y jamás quisieran verlos a su lado.

Son diversas las secuelas que impactan el temperamento de los huérfanos de los feminicidios. Crecen acumulando rencores, miedos, depresión, trastornos del sueño, frustraciones y desolación, unas patologías que se hacen más notorias en aquellos huérfanos que no tienen adónde ir, un hogar confiable que los acoja para proseguir sus vidas, o algún familiar que se responsabilice de verdad de asegurarles atenciones de todo tipo y de ayudarlos a superar sus traumas.

No existe una política de Estado especialmente enfocada en la suerte de estos desafortunados.

Aunque funciona un protocolo de atención para estos casos que involucra el acompañamiento de especialistas en la conducta, programas de adopción y acogidas temporales en recintos especiales, falta el marco integral que cubra cada una de estas acciones.

Hay instituciones que intervienen de modo temporal en la atención de estos casos, sin que haya garantías de un seguimiento más prolongado, hasta que alcancen edades en las que puedan valerse por sí mismos.

Encontrar un lugar de acogida o adopción para los hijos que perdieron a sus padres biológicos, es el paliativo más inmediato para ayudarlos en su duelo y en el reenfoque de sus vidas.

Una política de Estado sería la base de un compromiso formal con su futuro en una sociedad que no ha podido frenar los feminicidios.