EDITORIAL

Aquí no hay providenciales

Como rémoras de la dictadura trujillista, aun se manifiestan en nuestra sociedad las falsas creencias de que existen políticos providenciales, supuestamente revestidos de unos poderes y virtudes más grandes e inmaculadas que las del propio Jesucristo.

En el insondable ámbito de la ficción humana, muchos promueven e idealizan al superhéroe político como aquel dotado de una incomparable y jamás vista capacidad para mantener el orden, la paz y la correcta marcha económica de la nación, siempre que sea el plenipotenciario del país.

Así pensaron muchos de Horacio Vásquez, ensalzado y endiosado como el gran salvador de la Patria. “Horacio o que entre el mar”, fue el espurio dilema que sus partidarios convirtieron en consigna para tratar de extenderle su mandato.

Cuando finalmente el mar entró, en la cresta de las agitadas olas de una conspiración encabezada por el general Rafael Leónidas Trujillo Molina, la sociedad suplantó al viejo ídolo y lo cambió por el Benefactor de la Patria.

Tanta fue la obnubilación social que, durante su era de terror y silencio, en ningún hogar podría faltar una placa que rezaba: “En esta casa solo mandan Dios y Trujillo”, dándole así un esmalte divino, sin cuya dirección, el país sucumbiría.

Pese a las experiencias históricas, el país siguió experimentando, tras el ajusticiamiento de Trujillo y la decapitación de su tiranía, las nostalgias y vigilias por el retorno del hombre fuerte como la única alternativa frente a todos los males nacionales.

Como las mentes evolucionan menos de prisa que los hechos, según el pensador y filósofo francés Jean François Revel, todavía persisten aquí personas que se dejan atrapar por estos trucos de la propaganda, y se explayan en adornar de falsas virtudes al gobernante de turno para ganarse todas sus mercedes.

Son los cortesanos de siempre, los mismos de los que hablaba Balaguer, también endiosado como un salvador sin cuyo prolongado mando por obra y gracia del reeleccionismo con fórceps, el país saltaría al vacío.

Incurrir en un vano endiosamiento de hombres imperfectos es un inadmisible ejercicio de idolatría barata y desfasada, impropio en una etapa de la historia en que la democracia reclama de más oxígeno y fortaleza para propiciar un orden institucional y humano basado en la plenitud de las libertades, en la existencia de una justicia real e independiente que castigue la corrupción y el crimen y en modelos de vida más dignos para todos.

Ningún hombre puede bascular, por sí solo, con admirable sentido del equilibrio, el orden y la paz, la libertad y la justicia, el amor, el respeto y la solidaridad humana en este mundo. Solo Dios.

Como lo proclamó la iglesia en el Sermón de las Siete Palabras, por encima de la Patria solo está Dios. Y nadie puede usurpar, ni pretenderlo, siquiera, esa divina y única providencialidad suprema.