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editorial

El fin de lo duradero

Los grandes valores o paradigmas que sustentaron la civilización pre-internet están de capa caída.

En la nueva era de la modernidad, las maravillosas tecnologías transforman radicalmente las formas de vida, de trabajo, de aprendizaje y de convivencia social.

Y bajo su influjo, las cosas que antes eran buenas o útiles para asegurar el desarrollo material o intelectual de una sociedad han quedado obsoletas para las presentes generaciones.

La escuela o la universidad, el respeto a los maestros y la autoridad, la lealtad al trabajo, la cualidad de la prudencia y la paciencia, la unión matrimonial y el sentido del pudor, han perdido plusvalía moral.

Y ahora muchos buscan explicaciones al repentino fenómeno de la “pandemia mental” que se refleja en los estados de ansiedad y estrés en una generación que se afana por “vivir” el presente, porque “el futuro no existe”.

Estos trastornos se asocian a menudo a factores como la presión académica, la competitividad laboral y la incertidumbre económica.

Sin embargo, existe una causa menos visible o admitida, que puede estar contribuyendo a esta tendencia: la obsolescencia programada.

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Si bien se le tiene como una expresa determinación de los manufactureros de diseñar productos que se vuelven inservibles o difíciles de reparar en un tiempo, para dar paso a nuevas versiones con igual vocación hacia el residuo, casi lo mismo ocurre con los nuevos valores sociales que reemplazan los antiguos paradigmas.

La obsolescencia programada puede generar una sensación de ansiedad y frustración en los consumidores, del mismo modo que las tecnologías de la Inteligencia Artificial son vistas como precursoras del fin de la durabilidad de lo existente.

Como hijos de la prisa, muchos jóvenes quieren sobresalir ante los demás, generar más ingresos con menos trabajo y tener todo lo que anhelan, para ahora, sin sujetarse a la gradualidad de la dialéctica de la vida.

Por eso, muchos exponentes de la nueva generación han quedado con su salud mental a expensas de los efectos de este proceso de obsolescencia programada.

Las altas tasas de suicidios, deserciones laborales y estudiantiles y una gran variedad de trastornos mentales, es la prueba penosa de que la juventud, en sentido etario, también ha sido víctima de una obsolescencia programada, en la cual lo efímero se está llevando de paso lo duradero.