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Editorial jueves, 20 de abril de 2017
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¡Cuánta gloria... cuánta pena!

En las recientes Olimpíadas Especiales, celebradas en Austria con la participación de niños, adolescentes y adultos con distintas discapacidades de todo el mundo, la delegación dominicana se llenó de gloria al ganar medallas de oro y plata en cuatro disciplinas, una noticia de la que poca gente se enteró.

 Esos mismos jóvenes laureados, pero formando parte de una delegación más numerosa, de 75 atletas, salen hoy hacia Panamá para participar en III Juegos Latinoamericanos de Olimpiadas Especiales 2017 y llevan impregnadas en sus mentes y sus corazones las mismas aspiraciones de triunfo.

 Hasta ahí todo luce bien.

 Pero resulta que, pese a todo lo que representa articular un proceso de entrenamiento, alimentación y cuidado de esos atletas especiales y, luego, llevarlos fuera del país a las competencias internacionales, exige un costo, una inversión.

 Y, lamentablemente, estos atletas no han tenido ninguna ayuda, ni oficial ni privada, hasta el momento, para cumplir con todas esas exigencias. Y, además, salir airosos, como lo fueron, al ganar medallas individuales y como equipo en Austria, en una hazaña que los enaltece.

 Ni cuando llegaron a Austria, ni estando allá ni al regresar, tuvieron el privilegio de ser atendidos por algún representante oficial dominicano. Y los ministerios que deberían aportar ayudas o asistencia para la participación de esa delegación deportiva, han brillado hasta ahora por su ausencia.

 En este día en que viajan a Panamá los acompañará la Primera Dama de la República, doña Cándida de Medina, ya que su despacho ha estado sistemáticamente enfocado en la atención a los niños con discapacidades. Y esa solidaridad no podía faltar.

  Lo que ha faltado es la ayuda del Gobierno, inexplicablemente.

Inexplicable porque cada vez que de aquí salen delegaciones deportivas a competencias internacionales, salvo casos muy excepcionales, ni medallas de hojalata traen los competidores, pero el Estado sí les provee de ayudas millonarias.

 Los únicos que han tenido mala suerte, en este aspecto, han sido los jóvenes con discapacidades, cuando deberíamos sentirnos orgullosos de saberlos capaces, competitivos, valiosos, y darles todo lo que necesitan para el desarrollo de estas habilidades.

 No obstante esto, ellos tienen otra suerte que es mejor:  tienen vivo en su espíritu el deseo de competir y triunfar y en demostrarle al país que, pese a sus discapacidades, saben alcanzar la gloria en los difíciles desafíos que ponen a prueba sus destrezas y capacidades, aunque el gobierno no los ayude.

 ¡Cuánta gloria... cuánta pena!

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