Ciudad

Canción urgente a Nicaragua

En su remota juventud, el autor escribió entre otros, estos versos: Nicaragua, todo el oro / del mundo no bastaría/ para comprar tu alegría/ para matar tu tesoro. /Un tinte rojo, incoloro, / va de Masaya a Managua, / y hasta el aroma del agua/ brilla en tu verso tan mío: / Ya canta Rubén Darío / en la Nueva Nicaragua.

José Coronel Urtrecho.

En mi juventud dorada hice mías las victorias de la guerrilla nicaraguense. Me convertí en altavoz. Saltaba de entusiasmo ante los avances del movimiento de lucha contra la dictadura “proimperialista” de Somoza. Cuando triunfó el sandinismo, quise viajar, pero el gobierno cubano me impidió unirme las brigadas de alfabetizadores y tuve asumir mi simpatía en retaguardia.

Mi misión estaba dentro Cuba, Eso me llevó a la escritura de versos rojinegros. Esa colección de espinelas la titulé “La nueva Nicaragua” y en 1991 la incluí en el tomo “Soldado de tiempo” que mereció Primera Mención en el concurso 26 de julio. He aquí un fragmento:

Yo vengo de los empeños/ de la leyenda y la flor/ como si fuera el actor/ de sus legítimos dueños./ Sueño de todos los sueños/ de la nueva clarinada,/ no hay en el mundo tonada/ más honda que su alegría/ porque esa patria, tan mía,/ tuvo también su Moncada.

Cuando José Coronel Urtrecho convirtió mi nombre en uno de sus versos, se me encendió el ego. Ese gran poeta, maestro de Ernesto Cardenal, me apuntó a la inmortalidad y ese gesto significaba un compromiso con la causal de su canto.

Cuando el comandante Omar Cabezas Lacayo mereció el premio Casa de las Américas en 1982 por libro “La montaña es algo más que una inmensa estepa verde” no me detuve hasta entrevistarlo para La Nueva Gaceta, periódico de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Después supe que el Pen Club Internacional aplaudió su prosa, y después de una ascendente carrera política en su patria, dejó de escribir y actualmente pocos dan fe de su suerte.

En el Santo Domingo de 1989 conocí a algunos de los integrantes de las brigadas de Alfabetización popular creadas por Juan Bosch para enseñar a leer en Nicaragua y de cómo el profesor costeó de su propio bolsillo sus boletos de ida y vuelta a la patria de Sandino para viajar al frente de los equipos de enseñanza. También devolvió a los donantes el sobrante de lo recaudado para cubrir el costo de pasajes y viáticos a los maestros populares dominicanos.

Fue un día de 1999 cuando conocí al doctor Sergio Ramírez, aquí en Santo Domingo. En la Biblioteca Nacional se presentó “Margarita, está linda la mar”, merecedora del Premio Alfaguara de Novela junto a “Caracol Beach”, obra de mi compatriota Eliseo Alberto. En aquel acto estreché su mano por primera vez y ambos fuimos testigos de cómo Bosch, sentado en primera fila, se levantó furioso y se marchó del acto después de proferirle algunos “piropos” al promotor del concurso, el escritor mexicano Sealtiel Alatriste.

De aquel encuentro me hice fans de ese escritor, orgullo de América Latina. Su novela “Castigo divino” ocupó mi tiempo libre en la Cuba de los años ochenta. Comprendí que me encontraba frente a alguien a quien no le temblaba el pulso; a un nicaraguense de pies a cabeza. Fui su fiel lector y traté de acompañarlo lo mejor que pude en sus visitas posteriores a Santo Domingo. Cenamos juntos. El periódico donde trabajo lo distinguió con varios almuerzos y tuve el honor de presentar una de sus novelas. Incluso, en su revista Centroamericana de cultura “Carátula”, aparecieron algunos textos de mi creación.

Nunca vi en él al exvicepresidente sandinista, sino a un escritor de pies a cabeza orgulloso de la nacionalidad de que fue despojada por las mismas autoridades que un día él mismo aclamó.

La llegada a Santo Domingo del cantautor Luis Enrique Mejía Gody fue un acontecimiento. Él, junto a su hermano Carlos, fue la bujía cultural de Managua. En aquel entonces, ambos mantenían la Casa de los Mejía Godoy, un enclave de escritores, músicos, intelectuales y visitantes distinguidos donde se vendían libros, obras de arte, se disfrutaba de música y teatro.

Corría entonces el año 2012 y Luis Enrique concedió una entrevista exclusiva al Listín Diario desde Managua y otra a su llegada. Ofreció dos conciertos bajo la lluvia en la sede de la Feria Internacional del Libro con su amigo, el ido a destiempo cantautor dominicano Víctor Víctor. Presenció aquel concierto el entonces pasante del programa Periodista por un Año, Ángel García, y un grupo de sus amigos.

Hace décadas se logró la anuencia de Sergio Ramírez para publicar de manera quincenal sus colaboraciones, primero en el vespertino La Nación y luego en Listín Diario, las cuales se han mantenido inalterables hasta la fecha, un honor que solo hacen los amigos verdaderos.

Sergio me ayudó a abrir los ojos. Desde la publicación de su libro “Adiós Muchachos” comprendí que en su amada Nicaragua la revolución se fue a bolina. Se consagró como escritor y su ejemplo me invitó a reflexionar sobre el futuro de ideologías arcaicas. La Revolución a la que canté con fervor y a la que amé con todas mis fuerzas, se transformó. Y las palabras de Sergio resuenan como nunca en mis oídos: “Los que se instauran en el poder por las balas terminan siendo dictadores”.