América

Expresidente de Honduras buscado por EEUU cae en desgracia

El arresto del expresidente hondureño Juan Orlando Hernández y las imágenes subsecuentes —un gobernante con grilletes y presentado ante la prensa como un delincuente común— marcaron un sorprendente revés para un hombre que durante años pareció inmune a crecientes acusaciones de corrupción.

Mientras fue presidente desde 2014 hasta el mes pasado, contó con el apoyo de funcionarios de Estados Unidos que libran la guerra contra las drogas y de algunos diplomáticos que no vieron una mejor opción. Pero menos de tres semanas después de dejar el cargo, y ya sin que el exmandatario le fuera de utilidad, el gobierno estadounidense se movilizó para solicitar su extradición y la oportunidad de convertirlo en un ejemplo en una región asolada por la corrupción.

Hernández llegó a la Corte Suprema de Justicia el miércoles por la mañana para su comparecencia inicial ante el tribunal. Unos 150 simpatizantes de su Partido Nacional lo esperaban coreando: “¡No está solo!”.

Horas después, el vocero de la corte Melvin Duarte dijo que el juez había rechazado la solicitud de Hernández de arresto domiciliario y ordenó que el exmandatario permanezca detenido en la base de una unidad de fuerzas especiales de la Policía Nacional hasta que se resuelva el proceso de extradición. El juez programó una sesión del tribunal para el 16 de marzo en la que escuchará evidencia sobre los cargos que presentó Estados Unidos.

Fue arrestado el martes a solicitud del gobierno estadounidense por cargos relacionados con tráfico de drogas y uso de armas.

En los últimos años, fiscales federales del distrito sur de Nueva York han acusado a Hernández de financiar su ascenso político con ganancias de narcotraficantes a cambio de proteger sus envíos.

Durante años, para contrarrestar dichas afirmaciones Hernández se apoyó en imágenes que proyectaba. Cuando en una corte de Nueva York se le vinculaba con narcos, el mandatario no tardaba en aparecer en Estados Unidos o en un acto con funcionarios de la embajada estadounidense en Honduras, reforzando la idea de que tenía el apoyo de Washington y las acusaciones eran únicamente una cuestión de traficantes resentidos que inventaban historias para vengarse de él.

Mientras tanto, el descontento hacia su gobierno crecía en Honduras. No había empleos suficientes, las pandillas controlaban localidades y barrios enteros, la sequía y los huracanes golpeaban zonas del país en una devastadora combinación y Hernández comenzó a volverse un símbolo de todas las penurias.

Miles de personas huyeron del país y literalmente se marcharon a pie, sin nada más que una muda a la espalda. Las caravanas de migrantes atrajeron atención internacional y nunca faltaron los grupos de jóvenes migrantes que exclamaban “¡Fuera JOH!”, utilizando sus iniciales.

“Qué bueno que lo detuvieron, era muy corrupto”, dijo Ilchis Álvarez, migrante hondureño en el sur de México.

“Él estuvo 12 años en el gobierno, provocó que mucha gente migrara, hubo mucha corrupción, hubo mucho desempleo”, dijo Álvarez, que protestaba el martes en la ciudad mexicana de Tapachula para pedir que las autoridades de ese país permitan que migrantes como él puedan pasar hasta la frontera estadounidense.

Álvarez dijo que perdió su empleo en una fábrica de cables durante el mandato de Hernández porque el presidente subió los impuestos. Pasó dos años buscando otro trabajo antes de convertirse en taxista, pero de todas formas no podía mantener a sus dos hijos, de modo que hace un mes emprendió el viaje con la esperanza de llegar a Estados Unidos.

Otra migrante, Zayda Vayadares, ni siquiera se había enterado de la detención de Hernández, pero expresó su alegría. Ella está viajando con su hijo autista de 6 años. Dijo que nunca recibió ayuda del gobierno.

Durante el mandato de Hernández, afirmó, la economía empeoró y era difícil encontrar un empleo. Las pandillas siempre andaban extorsionando y asesinando, añadió Vayadares, quien acampó con otros migrantes en el centro de Tapachula.

El senador estadounidense Jeff Merkley, que presionó para que Hernández fuera sancionado, dijo en un comunicado que “era completamente inaceptable que el gobierno de Estados Unidos respaldara al expresidente Hernández pese a sus estrechos lazos con el narcotráfico, incluido un supuesto patrón de emplear fondos de campaña y recursos de los contribuyentes para proteger y facilitar los envíos de drogas a Estados Unidos”.

Cuando la tercera campaña presidencial de Xiomara Castro ganó impulso con ayuda de alianzas oportunas, su candidatura canalizó el descontento de los hondureños. Los votantes la llevaron a la presidencia en las elecciones de noviembre, decididos a castigar a Hernández y su Partido Nacional.

En los actos de campaña de Castro se escuchaba una y otra vez una canción pegajosa que pronosticaba que Hernández iría a juicio en Nueva York.

Pero no todos se regocijaban con la caída de Hernández. Entre los simpatizantes que lo esperaban el miércoles frente a la Corte Suprema de Justicia estaba Reynaldo Caballero, de 61 años. Hernández “decretó leyes e hizo muchas cosas para complacerle los caprichos a los Estados Unidos”, declaró. “Ahora lo están traicionando, le están creyendo el testimonio a delincuentes confesos”.

“Vamos a volcarnos a las calles a defender al expresidente”, subrayó.

El vicepresidente de Honduras, Salvador Nasralla, compartió un video el martes en el que se veía cómo la policía sacaba esposado a Hernández de su casa. “Esto les espera a los cómplices de Juan Orlando Hernández que produjeron tanto dolor, emigración y muerte al pueblo hondureño”, escribió.

La detención de Hernández “era lo que esperábamos realmente”, dijo José Heriberto Godoy, empresario de Tegucigalpa, de 34 años.

De todas formas, las imágenes del expresidente esposado eran difíciles de digerir. “Realmente sí sentí pesar por él porque somos seres humanos y tenemos corazón”, añadió.

Herson Vásquez dijo que pensó en la madre, la esposa y los hijos de Hernández, pero también en la imagen de corrupción que Honduras proyectó al mundo con su detención.

“Si es culpable de todos los crímenes que le achacan tiene que pagar”, dijo Vásquez, profesor de música de 43 años.