“Cuida a mis bebés”: La odisea de una familia en Tigray

“Oré y oré”, dijo Abraha. “Dios no me ayudó”.

Abraha Kinfe Gebremariam (segundo por la izquierda), un refugiado de Tigray de 40 años, posa para una fotografía con sus hijos Micheale (izquierda), de 5 años, y Daniel (centro), de 11; su cuñado Goytom Tsegay (segundo por la derecha), de 19 años, y sus gemelas de 4 meses, Aden (derecha) y Turfu Gebremariam (en sus brazos), dentro del albergue donde vive la familia en Hamdayet, en el este de Sudán, cerca de la frontera con Etiopía, el 23 de marzo de 2021. Otra refugiada, Mulu Gebrencheal, madre de cinco hijos, se ha convertido en su asesora, ofreciéndole consejos para el cuidado de los bebés. Abraha y sus hijos aprenden rápido, añadió lamentando la muerte de la madre. (AP Foto/Nariman El-Mofty)

Abraha Kinfe Gebremariam (segundo por la izquierda), un refugiado de Tigray de 40 años, posa para una fotografía con sus hijos Micheale (izquierda), de 5 años, y Daniel (centro), de 11; su cuñado Goytom Tsegay (segundo por la derecha), de 19 años, y sus gemelas de 4 meses, Aden (derecha) y Turfu Gebremariam (en sus brazos), dentro del albergue donde vive la familia en Hamdayet, en el este de Sudán, cerca de la frontera con Etiopía, el 23 de marzo de 2021. Otra refugiada, Mulu Gebrencheal, madre de cinco hijos, se ha convertido en su asesora, ofreciéndole consejos para el cuidado de los bebés. Abraha y sus hijos aprenden rápido, añadió lamentando la muerte de la madre. (AP Foto/Nariman El-Mofty)

Los disparos sonaban cerca de la casa de paja de Abraha Kinfe Gebremariam. Esperaba que eso ahogara los gritos de su esposa, quien se retorcía de dolor, y de sus mellizas recién nacidas que lloraban junto a ella.

La violencia estalló en la región de Tigray, en el norte de Etiopía, en el peor momento para Abraha y su familia. Su aldea, Mai Kadra, quedó atrapada en la primera masacre conocida de un conflicto que ha causado la muerte de miles de tigrayanos étnicos como ellos.

Abraha le rogó a su esposa, quien se retorcía por complicaciones posparto, que callara por temor de que el ruido atrajera a hombres armados a su puerta. Sus hijas mellizas recién nacidas tenían hambre y lloraban al lado de ella. Sus dos hijos pequeños miraban con miedo.

“Oré y oré”, dijo Abraha. “Dios no me ayudó”.

Le aterrorizaba que su familia no sobreviviera.

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Cinco meses después de haber iniciado, el conflicto armado en Etiopía se ha convertido en lo que los testigos describen como una campaña para destruir a la minoría tigrayana. Miles de familias han sido separadas, han huido de sus hogares, han pasado hambre, han sido asesinadas o todavía se buscan unas a otras a lo largo de una región con unas 6 millones de personas.

En medio de la angustia, la imagen de un hombre alto y callado que lleva un sucio moisés rosa colgado del cuello donde carga a sus muy pequeñas mellizas suscitaría la amabilidad de los extraños, incluso de aquellos de la etnia que los tiene en la mira.

El derramamiento de sangre en Mai Kadra comenzó en noviembre, cuando la esposa de Abraha, Letay, disfrutaba el tramo final de un embarazo en apariencia normal. Se había pasado por cuatro días de la fecha estimada de parto, pero no presentaba problemas. El número de la ambulancia de la clínica de salud estaba a la mano, listo para llamarla.

Pero los sonidos de la lucha se acercaron. Los disparos y los gritos hicieron que Letay, su esposo y sus hijos, Micheale, de 5 años, y Daniel, de 11, se escondieran en los pastizales altos cercanos a su casa.

Permanecieron allí durante horas bajo un sol ardiente. No tenían nada para comer o beber. Letay descansaba de costado.

“No te preocupes, estoy bien”, le dijo a su preocupado esposo. Esa noche, entraron sigilosamente en su vivienda para dormir.

Al día siguiente, Letay entró en trabajo de parto.

Los disparos continuaban en Mai Kendra y la mayoría de sus vecinos habían huido. Asustados y sintiéndose solos, Abraha y su esposa decidieron no arriesgarse a ir a la clínica: darían a luz a su bebé en casa.

Una vecina anciana amhara, el grupo étnico que lucha contra los tigrayanos, no se había ido. Accedió a ayudarles.

Abraha nunca había visto un parto. Como la mayoría de los hombres en Tigray, permaneció orando fuera de la puerta. El parto fue silencioso y rápido: sólo duró tres horas. Finalmente, se asomó al interior.

Había anhelado tener una hija. Ahora, acurrucadas junto a su esposa, vio a dos. Su alegría fue atenuada por la ansiedad.

“Algo terrible ocurría en nuestra aldea”, dijo. “Me preguntaba: ‘¿Cómo puedo hacer esto?’”

Pero en las horas siguientes, se olvidó de las bebés. Algo estaba muy mal con su esposa. La placenta no salía.

El dolor de Letay aumentó. Trató de amamantar a las mellizas, pero no pudo. Mientras se perdía en la agonía, las bebés comenzaron a llorar.

La familia trató de consolarlas en vano. Mantuvieron despierta a la exhausta Letay porque tienen la creencia de que, de lo contrario, su placenta volvería a entrar en ella.

“No sé qué mal le hice a mi Dios por estos problemas”, dijo Abraha, y comenzó a llorar.

Cuatro días después del parto, Letay expulsó la placenta. Pero lloraba de dolor día y noche.

Abraha se desesperanzó. A esas alturas, por relatos de los vecinos, la familia entendió que estaban atrapados en una masacre. La cuestión étnica se había vuelto mortal, con reportes de que tanto amharas como tigrayanos habían sido asesinados a tiros o masacrados.

“Si llevaba a mi esposa a la clínica, podrían matarme”, dijo Abraha. “Fue muy difícil decidir”.

Esperó hasta que no pudo soportarlo más. Una semana después de que Letay dio a luz, le pidió a su vecina amhara que la llevara en busca de ayuda.

Pero la clínica no pudo o no la ayudó. Abraha no sabe si las tensiones étnicas influyeron.

Al noveno día después de dar a luz, Letay le pidió a Abraha que se acercara.

“Cuida de mis bebés”, dijo. “Voy a morir. No tengo esperanza. Lo lamento mucho”.

Al día siguiente falleció.

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En la cultura tigray, la comunidad se reúne cuando alguien muere. Incluso los extraños participan y arrojan un poco de tierra en la tumba.

Pero cuando Abraha salió de su casa por primera vez desde que empezó la guerra, sólo un puñado de personas se acercaron para ayudar a cargar el cuerpo de su esposa a la iglesia. Había menos de una docena de vecinos.

Era de día. El entierro fue breve. No hubo discursos. El cementerio probablemente estaba lleno de tumbas recientes de los cientos asesinados en Mai Kadra, pero Abraha no prestó atención al entorno.

Regresó a casa, donde lo esperaban las bebés que casi había olvidado. Envuelto en los últimos días de su esposa, tenía poca idea de cómo las niñas habían sido alimentadas e incluso sobrevivido.

Abraha se encontraba en un predicamento. Limpiar a las pequeñas le aterraba. Sin pañales desechables, enjuagaba y reutilizaba trozos de tela. Y con dos bebés en lugar de una, todo parecía insuficiente.

Se preguntó si fracasaba. Las mellizas lloraban casi todo el tiempo. Atrapado en una casa que medía unos cuantos pasos, Abraha dormía poco.

Cuando se desesperaba y lloraba, sus hijos lo consolaban. “Te necesitamos. Sé fuerte”, dijeron.

Abraha no abandonó su casa. Su hijo Daniel trató de visitar el mercado un día y vio 10 cuerpos apilados en un vehículo, y otros cuatro en la tierra. Nunca más regresó al mercado.

La vecina amhara salió por la comida de la familia y ayudó con los niños. Como medida de seguridad adicional, un conocido de un grupo étnico diferente, un wolkait, consiguió cambiar la etnia en la tarjeta de identidad de Abraha. En papel, también se convirtió en wolkait.

Eso ocurrió justo a tiempo. Cuando miembros de la milicia amhara llegaron a su casa, Abraha mostró la identificación alterada. Se dirigió a ellos en amhárico, el idioma principal en Etiopía, sin atreverse a decir ni una palabra en tigriña, su lengua materna.

También les mostró a sus bebés.

Cualquier sospecha desapareció. La milicia fue a su casa varias veces después de eso. Le ofreció un poco de dinero a Abraha y trató de consolarlo por su pérdida.

“Pensaron que era uno de ellos”, dijo Abraha.

Su familia estaba a salvo por ahora. Pero sabía que no podían permanecer allí. La falsa identidad wolkait había funcionado demasiado bien. Goytom Tsegay, el cuñado de Abraha de 19 años, dijo que las fuerzas especiales amhara intentaron reclutarlo.

La vida en Mai Kadra era cada día más peligrosa. Cada noche, Abraha escuchaba que alguien más había sido asesinado. Un mes después de que iniciaran los enfrentamientos, decidió marcharse.

Ni siquiera sabía a dónde ir.

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La familia empacó pocas cosas para que los amhara, quienes ahora controlaban Mai Kadra, no notaran que se iban para siempre. Abraha, sus hijos y su cuñado llevaban solo cinco piezas del pan injera local, una lata de leche y dos litros de agua, además de un cambio de ropa para las mellizas.

Una mujer de la comunidad les dio el moisés rosa para las bebés. Abraha escondió un libro pequeño con fotografías de su esposa e hijos debajo del colchón, junto con las joyas de su esposa. Temía que la milicia los encontrara, pero no soportaba dejarlos.

La familia caminó hasta el puesto de control en las afueras del pueblo, acompañada por su vecina amhara, quien charló allí con los combatientes. Esta familia es amhara, dijo.

Comprensiva, la milicia ayudó sin saberlo a la familia tigrayana. Detuvieron un automóvil en el camino y organizaron que los llevara, lo que ahorró a Abraha y sus hijos una caminata de seis horas hasta la ciudad de Humera, cerca de la frontera con Sudán.

Cegado por el dolor y el nerviosismo, Abraha apenas miró fuera de la ventana durante el trayecto, uno que había realizado muchas veces. A través de las granjas de las tierras bajas, para tratar de mantenerse fuera de la vista de la milicia, otras familias desesperadas huían a pie con las pocas posesiones que les quedaban.

En Humera, también bajo un creciente control amhara, la familia de Abraha fue al hospital para pedir leche. De nuevo, una mirada a las bebés que cargaba le consiguió amigos nuevos.

“Todo el personal se compadeció de mí, hasta los de la limpieza”, dijo.

Otra tigrayana, una de las pocas que quedaban en el personal, los llevó en silencio a su casa y sugirió que fueran a Sudán por seguridad. Era una caminata de cuatro horas.

Abraha había escuchado que la milicia juvenil amhara y los soldados de la cercana Eritrea patrullaban la ruta. Ambos han sido acusados de golpear o disparar contra personas que tratan de huir.

“Teníamos mucho miedo de que nos mataran”, dijo.

La familia inició su última marcha antes del amanecer. Se mantuvo alejada de los caminos, y en lugar de eso cruzó campos y preguntó a otros tigrayanos cuál era la ruta más segura. En ocasiones se detuvo para esconderse en los pastizales y darle leche a las bebés que lloraban.

El calor aumentó rápidamente con la salida del sol. La enorme planicie de Sudán apareció a la vista, y después el estrecho río Tekeze.

Tigrayanos frenéticos luchaban por lugares a bordo de transbordadores que los llevaran al otro lado de la frontera. Muchos estaban en espera. El lugar era ruidoso y caótico y las mellizas comenzaron a llorar.

El ver a Abraha, el moisés y lo que cargaba en él paralizó a algunos en la multitud. Para asombro de Abraha, la familia fue llevada al frente y recibió un descuento en el precio por el cruce.

Él y las bebés fueron llevados a una balsa para ellos solos formada por una docena de bidones de 20 litros. Era plana y sin barandilla.

Abraha no sabía nadar. Pero cuando se acomodó en el centro de la balsa y la parte inferior de esta se liberó de su país, sintió que la carga del último mes se aligeraba.

“Estaba cien por ciento seguro de que las bebés crecerían, de que las cosas cambiarían desde ese momento”, dijo. “Mi estrés se desvaneció. Ya no temía por nuestras vidas”.

Hasta las mellizas callaron. Miró hacia abajo: se habían quedado dormidas.

La familia llegó a Sudán exhausta, con las mellizas muy por debajo del peso normal para su edad. Megan Donaghy, una enfermera partera que trabaja con Médicos Sin Fronteras preguntó qué le había ocurrido a su madre.

Abraha mostró una fotografía y dijo: “Esta es mi esposa”. La familia completa sonrió al mirarla.

“Y fue entonces cuando lloré, cuando vi su rostro”, recuerda Donaghy. “Era sencillamente una mujer hermosa y vibrante, una mujer joven que amaba a su familia, y aquí estaban ellos, con la ropa andrajosa, desgastados, agotados, hambrientos, con estas dulces bebés”.

Otra refugiada, Mulu Gebrencheal, madre de cinco, se topó con la familia y sollozó. Desde entonces se ha convertido en consejera informal sobre el cuidado de las bebés. Abraha y sus hijos aprenden rápido, dijo, pero siente pena por las mellizas.

“Incluso el abrazo de una madre es muy dulce”, dijo. “Ellas nunca lo han tenido. Nunca lo tendrán”.

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Meses después de llegar a Sudán, las mellizas duermen boca arriba bajo diminutos mosquiteros en camas con armazón de metal, muerden su puño o sonríen a los hombres que se han convertido en expertos en cuidado infantil. En sus pequeñas muñecas, las bebés se turnan para llevar un amuleto protector que les dio una mujer local.

Pero para Abraha, quedaba una tarea dolorosa. Finalmente había logrado comunicarse con sus familiares en Tigray por primera vez desde que comenzó la guerra. Su hermana contestó el teléfono, y él le pidió invitar a otros miembros de la familia para una llamada importante al día siguiente.

Regresó solo a la frontera con Etiopía, a donde los refugiados llegan con sus teléfonos para tener una señal más clara. Se obligó a comenzar con las buenas noticias. Su familia, emocionada, pidió detalles sobre su esposa.

“¿Dio a luz?”, preguntaron.

“Sí, mellizas”, respondió Abraha. Alegre, su familia quiso saber más.

“¿A quién se parecen?”.

“¿Cómo fue el parto?”.

Finalmente, Abraha los calmó y continuó.

“Pero”, dijo, “no pude salvarla”.

Su familia comenzó a llorar. Él se les unió. Le preocupaban las terribles cosas que pudieron ocurrirle a su hermana y los demás y que le ocultaban a él incluso ahora.

Cuando se calmaron las lágrimas, su familia trató de consolarlo.

“Dios tiene su propio plan”.

“Trata de ser fuerte”.

“Cuida de las bebés y de los niños”.

“Eres todo lo que tienen”.

Esa noche, Abraha regresó a lo que él y sus hijos llaman ahora hogar gracias a aquellos que ayudaron a que salieran con vida. Levantó a las niñas y de nuevo buscó rastros de su madre en sus rostros. Su familia concuerda: una de las niñas se parece a Letay.

Entre el miedo y la desesperación después de su nacimiento, las mellizas permanecieron sin nombre. No hubo tiempo. Finalmente, Micheale, el hijo pequeño de Abraha, las bautizó él mismo.

Una de las bebés fue llamada Aden, que significa “paraíso”.

La otra, quien a muchos les recuerda a su madre, fue nombrada Turfu, que significa “dejada atrás”.