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Las Mundiales miércoles, 08 de abril de 2020

CORONAVIRUS

Limpiaban hogares ajenos; ahora temen estar enfermas

  • Limpiaban hogares ajenos; ahora temen estar enfermas

    Yoseline Rosas, que perdió su trabajo como ama de llaves después del brote de coronavirus, en el vestíbulo de su edificio de apartamentos en Nueva York, el 25 de marzo de 2020. (Desiree Rios/The New York Times)

  • Limpiaban hogares ajenos; ahora temen estar enfermas
Annie Correal y Kimiko de Freytas-Tamura
The New York Times

Cuando el coronavirus atacó a la ciudad de Nueva York y se ordenó que la mayoría de los negocios cerraran, los jefes de Luz en una casa del Upper East Side de Manhattan le permitieron tomar un descanso. Dos días después, le enviaron un mensaje: “Regresa”.

“Me preguntaron si estaba bien, si estaba enferma”, dijo Luz de sus empleadores, una familia de cuatro integrantes con dos hijos en edad escolar. Luego la madre le dijo: “Si todos en tu casa están bien, necesito que vengas a ayudarme con los niños y la casa”.

Luz, una inmigrante de México que está en el país de manera ilegal y vive en el Bronx, es sirvienta y niñera, y se ha convertido en el único sostén de su familia desde que la economía de la ciudad se derrumbó y su marido perdió su trabajo en un restaurante.

Su dilema —si trabajar y arriesgarse a estar expuesta al virus, o quedarse en casa y caer en un abismo financiero más profundo— es compartido por muchos neoyorquinos de bajos ingresos, ahora que la ciudad se ha convertido en el epicentro de la pandemia en Estados Unidos.

Para miles de trabajadoras del hogar que limpian y cocinan para la gente más adinerada, la crisis ha evidenciado la estratificación de la ciudad. Estas personas tienen dificultades financieras incluso en los buenos tiempos y no pueden darse el lujo de priorizar su salud ahora.

Algunas ya han perdido su fuente de ingreso, ya que sus empleadores se han ido a sus casas de playa o al norte del estado. Las que siguen trabajando se suben al metro y a los autobuses para ir a limpiar y apoyar casas de personas que pueden permitirse estar en una cuarentena autoimpuesta.

“Corres un riesgo cada vez que sales de tu casa”, dijo Luz, de 36 años, que, como varias personas entrevistadas para este artículo, pidió ser identificada solo por su nombre de pila debido a su estatus migratorio.

Al igual que Luz, muchas trabajadoras del hogar están en el país ilegalmente y no tienen derecho a casi ninguna de las formas de asistencia del gobierno.

Los funcionarios de salud del estado de Nueva York anunciaron hace poco que los inmigrantes que se encuentran en el país de manera ilegal podrían acceder a los beneficios de emergencia de Medicaid para cubrir el costo de las pruebas y el tratamiento si contraen el coronavirus.

Los funcionarios federales también han dicho que la búsqueda de atención médica no activará la llamada regla de la carga pública, que penaliza a los solicitantes de residencia permanente si han utilizado beneficios públicos.

Sin embargo, los defensores de los inmigrantes dicen que eso no es suficiente. Han criticado la exclusión de los inmigrantes que están en el país ilegalmente del paquete de estímulo de 2 billones de dólares del gobierno federal. Incluso las parejas en las que uno de los cónyuges está en el país de manera legal y el otro no, no son elegibles.

Argumentan que, independientemente de su estatus legal, los inmigrantes constituyen una gran parte de la mano de obra que realiza trabajos que mantendrán al país a flote: trabajo agrícola, abastecimiento en tiendas de comestibles, entrega de alimentos, cuidado de ancianos y discapacitados, así como limpieza de casas y edificios.

“Los inmigrantes siguen estando en la primera línea de defensa de esta respuesta”, dijo Steven Choi, director ejecutivo de la Coalición de Inmigración de Nueva York.

Hay casi medio millón de inmigrantes ilegales en la ciudad de Nueva York, según un informe reciente de la Oficina de Asuntos de Inmigración del Alcalde. Más de tres cuartas partes de ellos integraban la fuerza laboral el año pasado, según el informe, pero tenían los ingresos anuales medios más bajos de cualquier grupo de neoyorquinos trabajadores: poco más de 26.000 dólares.

Para recibir uno de los pagos de 1200 dólares en efectivo incluidos en el paquete de ayuda federal, más 500 dólares por niño, los trabajadores deben haber hecho su declaración de impuestos federales sobre la renta con un número de seguridad social.

Los trabajadores que se encuentran en el país de forma ilegal no tienen derecho a obtener números de seguridad social y, en su lugar, utilizan los números individuales de identificación de contribuyentes para hacer su declaración.

Pero muchos señalan que de todos modos presentan declaraciones de impuestos. Un limpiador de Manhattan, Celsio, que es de Ecuador, dijo: “Vine aquí para trabajar, pero también para pagar impuestos”.

Estar en el país de manera ilegal ha añadido más ansiedad a trabajadores que ya de por sí están nerviosos de enfermarse.

El Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE, por su sigla en inglés) ha subrayado su política de no arrestar a los inmigrantes en los hospitales ni en sus alrededores y dio a entender a mediados de marzo que suspendería la mayoría de los arrestos para evitar la posibilidad de introducir el coronavirus en los centros de detención. (El jefe del Departamento de Seguridad Nacional, que supervisa el ICE, más tarde intentó retractarse de esa declaración).

Sin embargo, muchos inmigrantes siguen estando escépticos, y los rumores abundan. Algunos creen erróneamente que las pruebas de coronavirus cuestan 3000 dólares.

Los impedimentos para hacerse las pruebas —como no tener un auto para llegar en él a los sitios de prueba– han dejado a muchos sintiéndose abandonados.

Pero algunos sí se sienten apoyados. En muchos casos, los empleadores habituales de las trabajadoras del hogar, aunque hayan cancelado los servicios de limpieza, se han ofrecido a seguir pagándoles y a ayudar en caso de emergencia.

Leticia Aparicio, de 34 años, una limpiadora de México, dijo que sus clientes habían cancelado en las últimas semanas, pero que habían seguido pagándole. “No sé, me siento mal, no estoy acostumbrada a eso”, dijo Aparicio, rompiendo en llanto.

Aun así, ahora puede permitirse el lujo de quedarse en casa con sus dos hijas pequeñas, que no están yendo a la escuela, mientras su marido va a su trabajo en una obra de construcción.