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Ella es la próxima presidenta. Momento, ¿leyeron eso bien?

La senadora Elizabeth Warren (demócrata de Massachusets) y la senadora Amy Klobuchar (demócrata de Minnesota) aparecían en un monitor durante un debate presidencial demócrata en la Universidad de Drake en Des Moines, Iowa el 14 de enero de 2020 (Jordan Gale/The New York Times).

Fue un instante durante el debate demócrata de la semana pasada, uno que quizá se vio eclipsado por una larga diatriba sobre la posibilidad de tener una mujer en la presidencia. Mientras respondía a una pregunta sobre el cambio climático, la senadora demócrata de Massachusetts Elizabeth Warren, dijo: “Haré todo lo que una presidenta pueda hacer por sí misma desde el primer día”, haciendo énfasis en el género.

Presidenta. ¿Notaron el uso de esa palabra?

Un estudio que se dio a conocer este mes demuestra que lo hicieron y eso, de hecho, pudo haberles costado una tercera parte de un segundo en tiempo de lectura en este momento.

Presidenta. Un sustantivo femenino que, a pesar del aparentemente interminable debate sobre si una mujer puede ocupar ese cargo, nos parece relativamente inofensivo. Pero, ¿qué pasaría si su uso, o una aversión inconsciente a usarlo, tuviera algún pequeño poder para influir en la percepción de los electores? ¿Puede algo tan sencillo como un sustantivo o un pronombre reflejar, o incluso afectar, la manera en que los electores entienden el poder?

Esa es la pregunta que se hizo un estudio realizado por científicos cognitivos y lingüistas en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, la Universidad de Potsdam y la Universidad de California, en San Diego, quienes llevaron a cabo una encuesta durante la contienda electoral de 2016. Con el propósito de entender cómo es que los acontecimientos mundiales pueden influir en el lenguaje, los investigadores formularon la hipótesis de que la posibilidad de que una mujer resultara electa presidenta en ese momento podría invalidar el sesgo implícito que se tiene para usar el sustantivo masculino, “presidente”, para referirse a ese cargo político.

Sin embargo, lo que encontraron fue que los estadounidenses —incluso las mujeres jóvenes que se autodenominaban demócratas y creían que Hillary Clinton ganaría— estaban renuentes a usar el sustantivo femenino, “presidenta”, incluso en el contexto de una presidencia hipotética.

“Parece que había un verdadero sesgo para referirse al cargo como ‘presidenta’”, comentó Roger Levy, profesor de ciencias cerebrales y cognitivas del MIT y uno de los autores del estudio.

Cuando los investigadores observaron a los sujetos en un salón de lectura —se les pidió leer un pasaje corto sobre el próximo ocupante de la Casa Blanca, para lo cual debían presionar un botón sobre la pantalla para que les mostrara cada palabra de la oración— su sesgo fue incluso más pronunciado: la palabra “presidenta”, para referirse a la persona que ocuparía ese cargo, hizo trastabillar cognitivamente a los participantes, lo cual condujo a una “afectación importante” en el tiempo de lectura, comentó Titus von der Malsburg, otro autor del estudio y lingüista de la Universidad de Potsdam, en Alemania.

“Los participantes tenían dificultades para leer el sustantivo femenino incluso si el texto había mencionado el pronombre “ella” anteriormente, lo cual demuestra cuán persistente y profundamente enraizado está este sesgo”, comentó el investigador.

Entonces, ¿el hecho de que tengamos problemas para pronunciar o leer en femenino en el contexto de la presidencia afecta nuestra disposición a votar por una mujer?

“Por supuesto que esa es la pregunta del millón de dólares”, comentó Von der Malsburg.

El investigador observó que los participantes se sentían atraídos hacia el uso del género masculino para referirse a quienes ocupan el cargo presidencial, lo cual podría contribuir indirectamente a una cultura en la cual no se ve a las mujeres como candidatas habituales.

“Y eso, a su vez, podría influir en los resultados de la elección porque las mujeres tendrían que trabajar más para convencer a los electores de que pueden ocupar ese puesto”, explicó el investigador.

¿Qué se esconde detrás del lenguaje?

Tratándose de mujeres en la política —y, específicamente, mujeres en la presidencia— por lo general detrás del lenguaje se esconden supuestos inconscientes sobre las mujeres en el poder.

“Nos incomoda decir “presidenta” porque encontrarnos que esa palabra nos obliga a tener en mente una nueva concepción del cargo” dijo la lingüista Robin Lakoff.

Lakoff, cuyo libro “Language and Woman’s Place” ayudó a crear el campo de la lingüística de género en la década de los setenta, explicó que el lenguaje tendía a reflejar las creencias en un momento específico del tiempo.

Pero también puede moldearlas.

La investigación ha descubierto que el uso del pronombre “él” puede crear un sesgo masculino entre los lectores, que los países cuyo lenguaje hace diferencias de género tienen mayor desigualdad de género y que hasta el lenguaje sexista sutil puede influir en la posibilidad de que el electorado apoye a un candidato en específico.

En años recientes, algunos gobiernos y organizaciones han comenzado a prestar más atención al poder de las palabras, adoptando medidas para actualizar o remplazar términos que indican el género.

En 2013, el estado de Washington se unió a Florida y Minnesota para revisar sus códigos y estatutos estatales con el fin de adaptar términos como “ombudsman” (que termina con la palabra “man” que significa hombre en inglés y da una connotación masculina), que ahora es “ombuds”, a fin de que tuvieran un género neutro. Como Liz Watson, quien trabajó como asesora de alto nivel del National Women’s Law Center, comentó en ese momento: “Las palabras importan. Las palabras ayudan a moldear nuestras percepciones sobre qué oportunidades están disponibles para las mujeres y los hombres”.

Los administradores de Yale anunciaron en 2017 que sustituirían las palabras “freshman” y “upperclassman”, por su significado que es estudiantes de “primer año” y de “nivel superior”, uniéndose a otras universidades que han hecho el cambio de manera informal. Y recientemente, la Sociedad Estadounidense del Dialecto declaró “palabra de la década” el pronombre “elles”, que ha cobrado popularidad para sustituir “ella o él” y como pronombre de género neutro para aquellos que se identifican como no binarios.

Pareciera un avance, comentó la historiadora Barbara Berg. Sin embargo, afirma que, tratándose de las instituciones de poder, el género masculino “sigue siendo el que se usa por defecto en nuestro lenguaje”.

Una candidata que ‘pueda atraer a la gente’

Una nueva casta de candidatos podría estar dándole la vuelta a ese guion.

Durante el reciente debate demócrata, además del uso de Warren de “presidenta”, en más de una ocasión, la senadora demócrata de Minnesota Amy Klobuchar, en su declaración final, hizo énfasis en el género femenino: “Necesitamos una candidata que realmente pueda atraer a la gente”.

La senadora demócrata de California Kamala Harris, quien abandonó la contienda el año pasado, hizo lo mismo en varias ocasiones cuando estaba en campaña. Como primera fiscala general de California, tamizó el lenguaje escrito en la ley —los estatutos que hacían referencia a ese cargo en masculino— y los cambió a femenino.

“Siempre he sido muy consciente de que tratándose de mujeres que desempeñan roles de liderazgo, algunas veces les pedimos a los demás que vean lo que no habían visto antes”, mencionó Harris en un correo electrónico. “A medida que nuestro gobierno reflexiona más sobre las personas a las que representa y las voces en la mesa se vuelven más diversas, es importante hacer una verdadera revisión de cómo estamos creando y apoyando un entorno inclusivo, una buena parte de eso es cómo usamos el lenguaje”.

Claro, una podría argumentar que hay un ciclo de retroalimentación involucrado: el lenguaje refleja la cultura. La cultura no cambiará sino hasta que la persona que resulte electa cambie drásticamente los antiguos sesgos. No obstante, quienes actualmente están en la contienda pueden verse obstaculizados por la incesante conversación sobre el género.