¿Quién educa al pueblo?
¡Sígueme!
Me doy cuenta entonces de cuanto nos ama el Señor a nosotros, a pesar de nuestras debilidades y faltas cometidas, y siento un gran alivio. Y siento entonces que poco agradecida soy de Él cuando no correspondo a ese amor incondicional que Él me tiene, a pesar de todo.
María Teresa R. Elmúdesi
En el Evangelio de este sábado 17, celebramos a San Antonio Abad, el patrono de casi todos los Antonio de mi familia.
En ese Evangelio vemos cómo Jesús llama a Levi, el de Alfeo, que era cobrador de impuestos, y le dice: “¡Sígueme!”, y como ese Levi, se levanta dejando todo lo que está haciendo y lo sigue.
Siempre me ha llamado la atención, qué cara tendría Jesús cuando lo llama, que él, sin pensarlo, se para dejándolo todo y lo sigue.
Las palabras de Jesús ante los fariseos que lo criticaban porque comía con publicanos y pecadores les dijo: “No necesitan médicos los sanos, sino los enfermos”. ¡No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores!
Me doy cuenta entonces de cuanto nos ama el Señor a nosotros, a pesar de nuestras debilidades y faltas cometidas, y siento un gran alivio. Y siento entonces que poco agradecida soy de Él cuando no correspondo a ese amor incondicional que Él me tiene, a pesar de todo.
Y le digo entonces: Gracias, Señor por tu amor por mí y perdona mi poca correspondencia a ese gran amor que me tienes. Amén

