DOLOR DE MADRE

“Tuve que tomar la decisión de desconectar a uno de mis dos hijos para salvar al otro”

Ambos, uno de 25 años y otro de 21, andaban juntos cuando un fatal accidente los dejó por muertos a los dos. Uno quedó más afectado que el otro y fue declarado con muerte cerebral. El hermano menor tenía mejor pronóstico, pero había que hacerle un trasplante de pulmón para salvarlo. En este mes de enero se cumplirán cinco años de este suceso.

Esta madre ha tenido que batallar sola con la crianza de sus hijos. Cuando el menor de ellos tenía seis años, falleció su esposo en un accidente laboral.

Esta madre ha tenido que batallar sola con la crianza de sus hijos. Cuando el menor de ellos tenía seis años, falleció su esposo en un accidente laboral.ISTOCK

“Señora, tiene que ser fuerte. Hay uno de sus dos hijos que no sobrevivirá. Tiene muerte cerebral y puede que no amanezca vivo. A usted le toca decidir ahora, en este instante, que lo desconectemos para poder salvar a su otro hijo que necesita un trasplante de pulmón y estamos contra el tiempo”. Así le dijeron los médicos a doña Felicia Rodríguez cuando sentada frente al quirófano esperaba noticias de sus únicos dos hijos.

Fue la decisión más difícil y dolorosa que ha podido tomar en la vida esta madre que, en sus dos muchachos había fundamentado su felicidad. “Cuando me dijeron eso, yo me paralicé, no respiré y sólo recuerdo la cara de tristeza de aquellos doctores que, aunque sabían que eso era una estocada mortal para mí, veían en ese sí o ese no la salvación o condena de mi chiquito”. Detiene el relato porque el llanto la ahoga y sus fuerzas se desvanecen como si fuera el primer día del suceso.

Esta dominicana que emigró a Estados Unidos cuando tenía 17 años, no ha podido superar el momento en que le dijeron que su hijo había salido bien de la cirugía. “Eso significaba que ya el otro no estaba”. Intentó abundar, pero no lo logró. Hubo que esperar que se calmara.

Minutos después prosigue: “Me sentía culpable, porque siempre tenemos la esperanza de que un milagro suceda. Yo siento que no di chance a ese milagro, y eso me ha hecho mucho daño, pero algunos médicos que hay mi familia, me dicen que hice lo correcto porque mi hijo ya estaba en sus últimas horas y el otro, si no lo operaban rápido, también iba a morir”. Nadie quisiera calzar sus zapatos.

El accidente

Poder contar esta historia, LISTÍN DIARIO se lo agradece a Julia, una lectora que llamó para ver si le interesaba publicar un testimonio que, desde su óptica sirve para reflexionar sobre la vida y el poder de Dios. Se le dijo que sí, y se ofreció a convencer a su comadre Felicia para que aceptará la entrevista. Duró un buen tiempo para volver a dar noticia sobre lo logrado, hasta que hace unas semanas, llamó para poner al teléfono a quien también es su amiga de la infancia.

Se hicieron los arreglos para la entrevista y se dio. Una de las primeras preguntas era precisamente sobre el accidente. A esto la dueña de esta historia respondió: “Recuerdo ese día oscuro, como si fuera ahora y ya van cumplirse cinco años. Suena mi celular y lo atiendo porque era el número de mi hijo mayor, le dije ‘hola amor’, y me responden ‘no es él, soy el agente, no recuerdo ni el nombre’, y ahí me comienza a decir ‘hubo un accidente’. No escuché más nada”. Vuelve a llorar y no alcanza a dar detalles.

Respira profundo la mujer que anda ataviada con ropa de un luto del que no ha podido despojarse. “Yo estaba con mi hermana y una prima, una de ellas terminó la llamada, me ayudaron a volver en sí y salimos para el lugar de los hechos. Ese día había muchos tapones y tardamos en llegar. Nos fuimos directo al hospital. Allí me dicen la gravedad del asunto, y caigo de nuevo. Me llevan a Urgencias y entro en shok”. Revive el momento y hace silencio.

Es cuando ella se tranquiliza un poco, a base de medicamentos, que le dicen la realidad de lo ocurrido, que era tomar la decisión que le planteaban los médicos, y con la que inicia esta historia.

Un sueño le reveló que su hijo fallecido estaba feliz de haber salvado a su hermano

Los sueños, sueños son. Eso dice mucha gente. Felicia Rodríguez no lo entiende así. “Puedo dar fe y testimonio de que a veces éstos son revelaciones que te hablan de una determinada situación”. Ella trae el tema a colación porque fue en un sueño que su hijo fallecido le manifestó lo feliz que se siente por haber salvado a su hermanito, a quien había protegido cual si fuera su padre.

“Esa noche, te lo juro, no podía dormir, estaba incómoda. Había pasado más de un año del suceso y yo deshecha todavía. Resulta que fue a visitarme a mi casa en Estados Unidos, una amiga muy querida y ese día me hizo un té para que me relajara. Bueno, me dormí, y tuve ese sueño que ha sido como un bálsamo para mí”. Se limpia las lágrimas que comenzaron a bajar desde que mencionó la visita de su amiga. ¿Qué soñó usted específicamente? Se le preguntó para conocer el poder que tuvo esa experiencia al punto de que ha sido lo que la ha liberado un poco del peso con el que carga. A duras penas pudo contarlo, pero lo logró. 

“Oh, soñé que él entró a mi habitación, me dio un beso en la frente como siempre lo hacía. Yo me senté en la cama y le pregunté que cómo había hecho para visitarme, y +el respondió: ‘vine a verte y a decirte que estoy muy feliz por haberte salvado a nuestro niño’. Fue algo tan real que yo podía sentir su olor, nos abrazamos los dos y cuando desperté me di cuenta que era un sueño”. Imposible no conmoverse con su relato.

A partir de ese momento, Felicia comenzó a sentirse liberada de una culpa que la mantuvo por más de un año en tratamiento psiquiátrico y psicológico. “No es que me siento bien, es que al menos he podido entender que mi Dios me mandó este mensaje para que yo sepa que mi decisión no fue lo que acabó con la vida de mi hijo, sino que fue la correcta porque al menos me quedó uno”. Eran los dos que estaban en peligro.

Una prueba tras otra

El sueño puede que haya ayudado a la protagonista de esta historia, pero no lo ha hecho con el hijo que le ha quedado vivo. Ella está lidiando con la depresión que sufre su “niño” como ella le dice. “Cuando él se enteró de lo sucedido, y sobre todo, de que respira gracias a su hermano muerto, fue una prueba muy difícil. Eso ha sido lo peor”. Se lamenta porque hoy, casi cinco años después, él no ha superado lo ocurrido. Entiende que debió ser lo contrario: él donarle todos sus órganos a su hermano para que se salvara él.

“Hay días mejores que otros, pero cuando se levanta con ese episodio en la cabeza, no hay para nadie como decimos los dominicanos. Lo tengo en terapia, gracias a Dios ya ha retomado la universidad y está trabajando con un tío, que eso lo ayuda mucho, pero he tenido que lidiar con lo mío y lo suyo”. 

Por si fuera poco, a esta madre le ha tocado batallar sola con la crianza de sus hijos. Cuando el menor de ellos tenía seis años, falleció su esposo en un accidente laboral.

Nueve meses después de esa tragedia, perdió a su madre que era quien le daba la mano con los muchachos para ella salir a trabajar. “Claro, Dios no le falta a nadie, y pone ángeles en nuestro camino”. Con esto se refiere a que una de sus tías ocupó, guardando la distancia, el lugar de su mamá y, hasta el sol de hoy, siempre ha estado a su lado.

La mujer que hoy tiene 52 años, trabaja desde que llegó a Estados Unidos con 17 años. Ayudaba a su mamá en labores de limpieza de diversos establecimientos. Nunca dejó de estudiar, pese a que se casó muy jovencita. “No terminé la universidad, pero hice cursos de peluquería y comencé a trabajar en el salón de una dominicana y nada, de eso vivo”. Se siente orgullosa de lo logrado con el sudor de su frente.

Consiguió algo de dinero producto del accidente, “pero eso para mí no cuenta, se utiliza en la salud de mi hijo y hemos ayudado a otras personas necesitadas”. Da muestra de que no le interesa lo material. De hecho, en su reciente visita al país se encontró con los estragos causados por la lluvia y ya ha ayudado a varias familias damnificadas.

Reporteros de este medio fueron testigos de la cantidad de personas que fue a buscar un aporte que decidió facilitar a familiares de su comadre y amiga Julia, a quien se le agradece el haber gestionado que Felicia contara este historia, tan triste como aleccionadora.

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