La Vida

REALIDAD Y FANTASÍA

El horror de las patanas

María Cristina de CaríasSanto Domingo, RD

Las calles de una ciudad como Santo Domingo, la urbe más importante del Caribe, con millones de habitantes viviendo y circulando por estas, son un peligro a todas horas del día. Una urbe como la nuestra no se merece que sus autoridades desconozcan olímpicamente el peligro que representan las odiosas patanas. Ninguna ciudad civilizada permite que estos monstruos circulen libremente, a todas horas del día, por sus calles, inclusive por sectores residenciales con calles estrechas.

Se construyó una carretera de circunvalación para que las dichosas patanas circularan en su camino a distintos puntos de la geografía, sin invadir la ciudad. ¡Vano intento! Después de millones de pesos invertidos, los monstruos siguen circulando libremente por la atemorizada ciudad. Sus fútiles alegatos de que la circunvalación es muy cara resultaron efectivos y, a pesar de que el Gobierno bajó su tarifa, les es más rentable meterse por los vericuetos de la ciudad y no pagar ni un centavo.

El Gobierno parece arrodillarse ante los propietarios de los dichosos monstruos y los choferes desaprensivos que las conducen alegremente, poniendo en peligro de muerte a todo el que se atreva a manejar por las calles y avenidas de esta agobiada ciudad. Hay calles, como la Máximo Gómez, donde el paso de sus enormes vehículos ha hecho marcas en el pavimento, convirtiendo la avenida en un paso de orugas. Pero esto no parece importarles a las autoridades.

Todas las urbes civilizadas -y lo enfatizo: civilizadas- tienen leyes que prohíben el paso de estos monstruosos vehículos por sus calles en horas del día; lo pueden hacer en horas de la madrugada, si su destino es descargar mercancía en algún punto de la urbe, nunca como paso hacia otras regiones.

Quisiera que este artículo llegara a la conciencia de los que tienen el destino de nosotros, los infelices ciudadanos, en sus manos.

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