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La Vida viernes, 15 de octubre de 2021

COSAS DE DIOS

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    Alicia Estévez

Alicia Estévez
alicia.estevez@listindiario.com
Santo Domingo

La empresa atravesaba por un momento difícil que tenía a casi todos desanimados, pero este ejecutivo iba a lo suyo, sin bajar el ritmo ni desatender sus responsabilidades. Lo hacía por convicción, sin esperar más que el salario acordado. Él estaba trabajando, como todas las mañanas, no sabía que el equipo que dirigía había sido evaluado. Entonces, en ese momento, entró a su oficina el presidente de la compañía, se acercó, le dijo que había leído un informe sobre los resultados de su área y decidió ir en persona a decirle “gracias”, luego, se fue. No le anunció un aumento de salario, ni un bono, solo tuvo un gesto único que no se volvió a repetir, pero convirtió para siempre a esa persona en un empleado leal, fiel. Un gesto vale tanto. Mucho más en estos días en que andamos tan contrariados. Lo observo a menudo.

Unos segundos

La puerta del ascensor se iba a cerrar, el muchacho que me ayudaba con el carrito de la compra y yo no llegaríamos a tiempo para agarrarla, pensé correr, cuando otro empleado del supermercado salió del ascensor, se atravesó ante la puerta, y así la mantuvo hasta que entramos. Le tomó unos segundos, pero se lo agradecí mucho porque, minutos antes, había tenido una experiencia diferente. Temprano en la mañana, en un salón de belleza, me llamó la atención que las empleadas actuaban de manera mecánica, sin la menor cortesía, sin una sonrisa, ni un por favor, no me sentí bienvenida. Un gesto cuesta poco y retorna tanto, algunos pagan con oro.

La solidaria

Estaban en el extranjero. Una dominicana iba y venía bajo la lluvia, con su sombrilla, para que no se mojaran sus compañeros de excursión, ese detalle de solidaridad la ayudó a conseguir marido. A un hombre del país que visitaban, testigo de la escena, le llamó la atención la bondad de esta mujer, se acercó a ella y hoy son esposos.

El confesor

Un sacerdote tuvo un gesto noble que no olvido. El tiempo de confesar se había terminado y él tenía que vestirse para la misa, pero mi mamá, que estaba esperándolo, se puso de pie apresurada, apenas podía caminar. Yo quise retenerla, decirle que ya no se podría confesar, pero el cura entendió la situación, la miró con ternura y le indicó, con la mano, que se acercara. Fue la última vez que ella se confesó en una iglesia, la siguiente vez, ya estaba en su cama de enferma. Una acción como esa, de generosidad y bondad, o de amabilidad, como ceder el paso, agarrar una puerta, ayudar con una carga pesada, sonreír, aceptar con agrado las disculpas de alguien que nos roza por error, pueden cambiarnos el día, incluso, la vida, como al empleado que entendió el valor de su esfuerzo cuando su jefe máximo lo reconoció con una sola palabra: gracias.