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La Vida martes, 22 de junio de 2021

REALIDAD Y FANTASÍA

Otras anécdotas de la casona

  • Otras anécdotas de la casona
María Cristina de Carías
Santo Domingo, RD

En la vieja casona la imaginación infantil encontraba tierra fértil. En la segunda planta de la casona existía un enorme cuarto lleno de trastos viejos, allí solíamos husmear en los viejos armarios y baúles. Con la serie de objetos y prendas de vestir nos disfrazábamos. Luego uno de los primos decidió que podíamos hacer una obra de teatro, ya que teníamos los elementos necesarios para vestirnos adecuadamente y decorar el escenario. Muy juiciosos nos aprendíamos los parlamentos y armábamos el tinglado para la representación. Cada uno tenía un papel, unos actuarían, otros se encargarían de la decoración y la venta de las entradas. Cobrábamos la fabulosa cifra de 2 centavos y toda la gente mayor se veía en el compromiso de acudir al evento. Además, aplaudían a rabiar nuestra actuación, las vestimentas y el decorado. Después del evento, nos íbamos al colmado de la esquina a comprar dulces y paletas de helado con las ganancias.

También armábamos una venta de garaje con los objetos que descubríamos en nuestras búsquedas por los armarios y baúles. Cajitas, álbumes de retratos, floreros, lamparitas, muñecas, carritos, trencitos, pelucas, zapatos y toda clase de objetos descartados y guardados en aquel cuarto mágico. La venta la armábamos en el zaguán y colgábamos una cartulina grande con un letrero de venta con letras de colores. Por allí desfilaba todo el servicio doméstico del vecindario, las que encontraban verdaderas gangas entre los corotos expuestos. Al mediodía, levantábamos el ventorrillo porque teníamos prohibido el desorden después de comida.

Como en esa época no había televisión y mucho menos computadoras y juegos electrónicos, en las tardecitas nos entreteníamos oyendo los cuentos que uno de los tíos nos narraba. El tío era muy hábil narrando esos cuentos que generalmente se trataban de aventuras en países lejanos que narraba vívidamente. Luego de la cena, debíamos rezar el rosario con la tía, de esto no había escapatoria, aunque muchos de nosotros nos dormíamos a mitad del rezo. Nos íbamos a la cama temprano, cansados y satisfechos de un día divertido en aquella casona inolvidable.