La Vida

REPORTAJE

George Orwell: En la Guerra Civil Española

El escritor George Orwell.

Fátima UribarriMadrid, España

La ciudad está empapelada de banderas rojas y rojinegras: «Habían pintado la hoz y el martillo y las iniciales de los partidos revolucionarios en todas las paredes; habían saqueado las iglesias», escribe George Orwell en las primeras páginas de Homenaje a Cataluña. Así encontró Barcelona cuando llegó a finales de diciembre de 1936: requisada. Los obreros estaban al mando. Y el trato entre la gente era distinto. «Los camareros y los dependientes de los comercios te trataban de igual a igual». Ese ambiente de camaradería le gustó porque: «Había escasez de todo, pero no privilegios», observó.

George Orwell era un joven e idealista escritor inglés con profunda conciencia social que se había enrolado en la guerra de España para combatir el fascismo. En realidad se llamaba Eric Arthur Blair, pero optó por firmar con seudónimo su primera obra publicada, Sin blanca en París y Londres, por no disgustar a su padre, funcionario del Gobierno colonial en la India. Eligió George por ser Jorge el patrón británico y Orwell por ese río de Suffolk.

Antes de partir hacia España, había recorrido el norte de Inglaterra por encargo de su editor, Victor Gollancz, fundador del Left Book Club, para dar testimonio de las duras condiciones de vida de los obreros y lo había explicado en su libro El camino a Wigan Pier. Con su viaje a la guerra de España, Orwell continuaba implicándose para hacer realidad sus convicciones socialistas.

España le pareció diferente en todo; en la impuntualidad: a la hora de comer o de ir a la batalla, «lo quiera o no, un extranjero siempre acabará aprendiendo la palabra ‘mañana’», escribe Orwell; y en la ineficacia: apenas había armas para los milicianos adscritos al Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), al que se unió Orwell.

Una inteligencia malvada lo envuelve todo.

España lo cambió todo. «La vida se detuvo en 1936», le dijo a su amigo Arthur Koestler. En la Guerra Civil española «vivió las experiencias decisivas en la configuración de su visión política y literaria», explica Miquel Berga, profesor de Literatura Inglesa de la Universidad Pompeu y Fabra. Esa vivencia configuró sus obras posteriores, artículos y ensayos y sobre todo sus libros Homenaje a Cataluña, Rebelión en la granja y su obra culmen, 1984, que lo convirtió en uno de los grandes de la literatura del siglo XX.

Lo enviaron al frente de Aragón, tranquilo en aquellos días. Cuando volvió a Barcelona de permiso, encontró otra ciudad: la diferencia de clases había regresado. Barcelona seguía «desportillada por la guerra. Pero sin ningún indicio de predominio obrero […]. Los oficiales del nuevo Ejército Popular […] aparecían en enjambres. Todos tenían pistolas automáticas; nosotros, en el frente, no podíamos conseguirlas ni por todo el oro del mundo», escribe.

La atmósfera estaba enrarecida. Pronto sucedieron los Hechos de Mayo, el enfrentamiento entre anarquistas y libertarios y comunistas, apoyados por el Comintern desde Moscú. Orwell se atrinchera en la sede del POUM, vive la refriega en primera línea.

El escritor regresa al frente. Esta vez llueven los proyectiles, los combates se suceden. Una bala le atraviesa el cuello de lado a lado. Es un milagro que no muera. Es otro milagro que sobreviva al traqueteante trayecto en una ambulancia hasta un hospital. Es insólito que recupere la voz. Orwell se repone de las heridas, pero le espera otro frente; cuando sale a la calle se topa con una atmósfera oprimente y aterradora: «Era como si alguna gigantesca inteligencia malvada estuviese flotando por encima de la ciudad», escribe. Han prohibido el POUM, los comunistas acusan a sus simpatizantes de trotskistas y «espías del fascismo» y los persiguen con saña. Su amigo Bob Smillie muere en la cárcel; a George Kopp, un magnífico soldado con un corazón de oro, lo encarcelan y desaparece en una de las temibles checas. Orwell está en peligro. Durante el día, junto con Eileen – su mujer, que ha viajado a Barcelona–, finge ser un turista inglés. La pareja se mueve por barrios residenciales para no levantar sospechas. Por la noche, ella regresa al hotel Continental mientras él duerme al raso en descampados. Lo buscan. Lo acusan de fascista, igual que a sus amigos.

Los Orwell logran subir a un tren para huir a Francia. Tienen la enorme fortuna de que, cuando los guardias revisan el convoy, ellos están en el vagón restaurante y «dieron por sentado que éramos gente respetable», escribe Orwell.

Indignado con las mentiras de la prensa La decepción se multiplica cuando en Inglaterra comprueba que también allí la prensa manipula la verdad. «Vi soldados que habían luchado valientemente ser denunciados por cobardes y traidores, y a otros que nunca habían visto pegar un tiro ser ensalzados como los héroes de victorias imaginarias», redacta. Se desgañita intentando proteger la verdad, pero no lo escuchan: «Vi a ávidos intelectuales construyendo superestructuras emocionales sobre eventos que nunca habían tenido lugar». El Daily Worker –el periódico del Partido Comunista– sostiene que Orwell «se arruga enseguida ante la disciplina revolucionaria».

Pero no calló. «La indignación era su bien más preciado», dijo de él Thomas Pynchon. Al regresar de España, escribe Rebelión en la granja, una fábula que retrata los abusos del estalinismo, pero su editor se niega a publicarlo. El manuscrito lo rechaza también T. S. Eliot, lector en Faber & Faber: no ve adecuado «criticar la situación política», dice. La izquierda lo rechaza. «Es una crítica de la utopía –según Mario Vargas Llosa– que apareció en medio de las actitudes inflexibles de los preludios de la guerra fría».En 1945 muere su mujer. Debe cuidar él solo a su hijo adoptivo. Se encuentra débil, enfermo. La tuberculosis lo va minando. Para escribir con más tranquilidad, se retira a la remota isla escocesa de Jura, un clima fatal para su enfermedad.

Durante dos años de fatiga escribe –a menudo en la cama– una de las obras más importantes del siglo XX, una distopía que describe los abusos del totalitarismo y cómo borra, implacable, las libertades hasta anular y someter a los individuos. Dijo que no era un ataque contra nadie en particular ni una premonición, sino una advertencia contra el totalitarismo y su inmenso poder destructivo. Con 1984, Orwell ha influido en la literatura y el pensamiento del siglo XX. Ha inspirado películas, una ópera, discos, un ballet… En esta distopía ha inventado un lenguaje que se ha quedado: Gran Hermano, Ministerio de la Verdad, crimen mental…

Lo leyeron algunos tras el telón de acero y no podían comprender cómo ese inglés, desde tan lejos, sabía lo que allí estaba ocurriendo. No fue su única agudeza: Orwell acuñó el término de ‘guerra fría’, adivinó que las dos grandes potencias con acceso al botón atómico, en vez de atacarse de frente, se enfrentarían de soslayo, apoyando a quienes les conviniera en conflictos entre terceros. Y así fue.

Reflexionó sobre los efectos políticos del progreso tecnológico y predijo que la guerra de España acabaría en una dictadura de uno u otro signo. George Orwell destacó «por su lucidez política y valentía moral», dice Vargas Llosa. Y en lo literario acuñó un estilo propio, sencillo y transmisor de lo inquietante. «Escribió el corpus literario que ha ejercido una mayor influencia en las percepciones políticas de generaciones de lectores», según Miquel Berga. Murió en Londres –cumplidos los 46– en 1950, un año después de la publicación de 1984. La magnitud de su reconocimiento llegó tras su muerte. Ahora, sus libros quedan libres de derechos.

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