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La Vida domingo, 13 de diciembre de 2020

LETRAS

Clarice Lispector: Una biblioteca de secretos

  • Clarice Lispector: Una biblioteca de secretos
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  • Clarice Lispector: Una biblioteca de secretos
  • Clarice Lispector: Una biblioteca de secretos
Naiara Galerraga Gortázar
Tomado de El País
Río De Janeiro, Brasil

Las manos enguantadas
de la bibliotecaria
extraen con delicadeza
la página de
la carpeta que ha sacado
de una caja. Son en realidad
varios trocitos de papel pegados
entre sí con cola y cinta
adhesiva amarillenta. La palabra
FIN, en mayúsculas, destaca en
medio de unos párrafos y frases
sueltas garabateados a bolígrafo.
Así, como un collage, nacían las
obras de Clarice Lispector (1920-
1977), la escritora brasileña más
original, más traducida y de las
más importantes en el siglo XX.

Acostumbraba a anotar ideas
que le brotaban, sensaciones o
frases perturbadoras, apuntes literarios
que entremezclaba con
tareas prosaicas como telefonear
a fulano, adelgazar o comprar
flores, solo cuando aquellas palabras
estaban maduras, mecanografiaba
el texto. Siempre con
la máquina de escribir asentada
en el regazo. La página encolada
pertenece al manuscrito de
su obra póstuma, Un soplo de vida;
es parte de su biblioteca, que
conserva el Instituto Moreira Salles
(IMS) de Río de Janeiro, una
pequeña ventana al método de
creación de una novelista, cuentista
y traductora que el próximo
10 de diciembre cumpliría 100
años.

Lispector publicó a los 22
años su primera novela, Cerca
del corazón salvaje, que le brindó
un premio aunque desconcertó
a la crítica. Aquella tirada se agotó, pero su fama de autora
de difícil lectura fue un lastre durante
años. Para ella era evidente
que era un problema de piel, no
de cerebro. “No se trata de inteligencia,
sino de sentimientos, de
entrar en contacto”, recalcó en
televisión durante su última entrevista,
meses antes de morir de
cáncer de ovarios la víspera de
cumplir 57 años. “Parece que gano
con la relectura. Es un alivio”.

Nacida en Chechelnik, una aldea
ucrania ubicada entonces en
Rusia, era un bebé cuando los
Lispector, que huían de la guerra
y los pogromos llegaron a Brasil,
donde tenían parientes. Nunca
perdió el acento extranjero de
una niña criada en yiddish. Aunque
hablaba y leía en francés, inglés
e italiano, el portugués fue la
lengua en que escribía, pensaba,
soñaba y amaba.

Lispector revolucionó el panorama
literario brasileño en
los cuarenta. Ser mujer influyó,
pero fue sobre todo porque eso
iba unido a un estilo rompedor.
“Es una autora salvaje, poco pulida,
como si saliera al mundo con mucha hambre. Percibes en
ella hambre, sed, amor, pasión.
Es muy poco intelectual”, explica
el estudioso de su obra Eucanãa
Ferraz, del IMS. Aquella
mujer enigmática, bella, arreglada
como una estrella de cine,
irrumpe en un momento de profunda
transformación social para
las mujeres occidentales. Empiezan
a liberarse cuando Lispector
vuelca en su obra su parte
más salvaje, más animal, mientras
lleva la vida convencional de
una mujer de clase alta. Durante
15 años vive en el extranjero para
acompañar a su marido diplomático
mientras cría a los dos hijos
de la pareja. Sigue anotando
ideas. Escribiendo. Publicando.

“A veces me sentaba en la hamaca
para balancearme con el libro
abierto en el regazo, sin tocarlo,
en un éxtasis purísimo.

“Ya no era una niña con un libro:
era una mujer con su amante”,
narra Lispector en el cuento
Felicidad Clandestina.

En su última entrevista describió
el inmenso sufrimiento que
la atenazaba entre obra y obra:
“Creo que cuando no escribo estoy
muerta”.

Algunos de sus artículos y libros
están depositados en otra
institución cultural de Río, la Casa
Rui Barbosa, pero la mayoría
está en el IMS, a dos pasos de la
playa de Ipanema. Junto a dos
manuscritos encolados, conserva
unos 800 libros de su biblioteca
personal, sus discos, fotografías
familiares y la correspondencia
con sus hermanas, Tania y Elisa.
El intercambio de cartas relata
su vida durante los años que
viajó por Europa y África y vivió
en Suiza, Estados Unidos, Reino
Unido e Italia. “Mis queridas”,
inicia una misiva en la que se despide
con un “sed felices, yo lo soy
a mi manera”. Una pequeña libreta
con anotaciones donada por su
hijo Paulo Gurgel Valente es una
de las incorporaciones más recientes
al acervo.

Escritora de culto y lectora
ecléctica. Por su mirada lo mismo
pasaba Dostoyevski que la novela
rosa, o El lobo estepario, de Hermann
Hess, que la dejó conmocionada
a los 13 años. Escogía sus lecturas por los títulos más que por los autores, decía.

Ejemplares de Spinoza con anotaciones a lápiz, obras de Tolstoi, Kafka o Machado de Assis conviven con libros sobre James Joyce o Shakespeare, metafísica, novelas de espías o la Enciclopedia de la mujer y la familia, señala la bibliotecaria del IMS Jane Leite. Con su primer sueldo -ganado como periodista en Río de Janeiro— compró Felicidad, de Katherine Mansfield. Aquel ejemplar no está en la biblioteca, pero sí de una edición de Lettere, las cartas de la cuentista neozelandesa editadas en italiano por Mondadori.

La pandemia ha obligado al Instituto Moreira Salles a suspender las visitas a la biblioteca y aplazar a 2021 la muestra Constelación Clarice que reunirá a artistas plásticas brasileñas contemporáneas de la autora y que ahora debía celebrar su centenario.

A las puertas de los 40 años, se divorcia. Regresa con sus dos hijos a Río, donde ahora tiene una escultura: sentada con un libro en el regazo, Lispector da la espalda a una de las playas más bellas del mundo, Copacabana.

Una imagen de su propia obra, donde no hay cabida para los paisajes, ni las épocas.

Son viajes introspectivos a los pensamientos, los miedos, las angustias, los afectos... casi siempre protagonizados por mujeres que viven en universos convencionales como el suyo.

Entró en la literatura infantil tras las quejas de uno de sus hijos, quien le afeó que escribiera para tanta gente, pero no para él. Le dedicó un relato en inglés porque la familia vivía entonces en EE UU. Ser madre es la experiencia que más la marcó, sostiene el especialista Ferraz. Pero no por los lazos familiares, sino por el hecho de dar vida, como hace cualquier animal o semilla. Nunca quiso ser aquella escritora que en horario de trabajo no podía atender a su prole. Jamás le molestó que Pedro y Paulo alteraran aquellas horas, nada más amanecer, en las que creaba desde las entrañas con cigarrillos y mucho café.