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La Vida sábado, 21 de noviembre de 2020

COSAS DE DIOS

Caras conocidas

  • Caras conocidas
Alicia Estevez

 Cuando no tenemos fe, la muerte y el más allá nos aterran. Piensas que el otro mundo es un misterio indescifrable y te atemorizas. El cementerio es un vecindario al que no te quieres mudar. Pero esto cambia, cuando Dios viene a tu encuentro y la gen­te que te rodea va haciendo sus maletas, y se marcha, hacia ese destino final lleno de in­cógnitas.

Del lado del misterio

Calculas que cualquier día podría tocarte a ti la partida, sin tiempo apenas para despe­dirte. Ese momento, temido, este año, lle­gó para muchos, familiares y amigos. Me he puesto a pensar que ellos están, ahora, del lado del misterio, donde sabes que alguien los espera. Lo que, en mi caso, ha hecho que el miedo disminuya.

Nos esperan

Por larga que sea la fila, algún día, llega­rá nuestro turno y, cuando ocurra, será co­mo tiene que ser. Si te reconciliaste con Dios, ya no te aterroriza tanto enfrentar ese mo­mento, que puede llegar hoy o en décadas. Y, según cuentan algunos que recibieron una segunda oportunidad, al cruzar el mar de la existencia humana hacia la eterna, encuen­tras, junto al Señor, gente a quien conoces esperándote.

Sorpresas y planes

Y yo pienso, quién sabe, si hasta pueden sor­prendernos con una fiesta de bienvenida, sin alcohol, claro, Dios no acepta vicios en el cie­lo. Sería una sorpresa tan inesperada como la llegada del final, para algunos, que se han marchado tan pronto y tan fácil. Imagino la cantidad de planes que daban por hecho y que nunca alcanzaron a concretar. Recuer­do a un amigo que organizó todo para es­tar tranquilo cuando le llegará la vejez. Pero nunca fue viejo, se marchó mucho antes de que le entraran las ganas de retirarse.

Sin apuro

Hubo otro que, en la universidad, me juraba que llegaría a ser presidente. Se lo creí. Pare­cía tenerlo todo para lograrlo. Pero, cuando la muerte lo llamó, solo había sido profesor, lo cual, de seguro, lo debe haber hecho más feliz. Pero, quizás, aún esperaba la oportuni­dad para hacerse político y confiaba en que dispondría del tiempo para alcanzar sus sue­ños porque era muy joven cuando falleció. Por cierto, él es uno de los que espero encon­trar, si Dios tiene misericordia de mí, cuando me toque decir adios.

No tengo apuro en marcharme, pero tam­poco el temor es tan grande como cuando pensaba que todo en el más allá sería desco­nocido. Ahora sé que me esperan caras cono­cidas.