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La Vida viernes, 30 de octubre de 2020

COSAS DE DIOS

Cuando Dios nos rompe

  • Cuando Dios nos rompe
Alicia Estévez
alicia.estevez@listindiario.com

 El fallecido sacerdote Emilia­no Tardiff explica, en una prédica grabada, disponi­ble en Internet, que así co­mo Jesús partió el pan y se lo dio a sus discípulos, quien aspire a ser un testimonio que impacte en la vida de sus hermanos, no puede quedarse como un pan entero. Este cristiano debe per­mitir que Dios lo rompa y, solo entonces, Él nos reparte y nos convierte en alimen­to para la fe de nuestros semejantes. Así de simple. Así de duro.

El ejemplo de José
Tardiff cita, como ejemplo, el caso del diácono José. Pese a ser un hombre adinerado, decidió obedecer a un lla­mado de Dios y regalar todo lo que te­nía. Luego, durante dos años, encabe­zó un ministerio a través del cual Dios hizo muchos milagros. Pero en la pa­rroquia donde José servía hubo cam­bio de sacerdotes. Los nuevos res­ponsbales no creían en el Movimiento Carismático, al cual pertenecía José, y le prohibieron hasta llevar la hostia a los enfermos. El obispo le dijo que lo sentía mucho pero que ellos no acep­taban que él sirviera. Le preguntó, qué quería hacer. José le respondió que si los tres sacerdotes, que habían sido elegidos por el Señor y ungidos por Él, no tenían Espíritu Santo, él debía te­ner menos. Así que obedecería lo que dispusieran. Durante cuatro años, Jo­sé se mantuvo en su parroquia sin ser­vir. Un día, durante una ceremonia de confirmación, el obispo dijo que, al pa­recer, aquella parroquia necesitaba un ejemplo de obediencia y que para ello Dios había escogido a José, quien re­presentaba el mejor ejemplo de obe­diencia. En ese momento, lo llamó al altar, le restituyó su condición de diá­cono y lo invitó a celebrar la misa con él. Tardiff, al citar este testimonio, se­ñaló que Dios estaba rompiendo a José para darlo a sus hermanos.

Nadie nos traga
De manera que, si un día sentimos que Dios nos parte en pedazos, debemos te­ner presente que eso ocurre antes de convertirnos en un testimonio que ali­menta la fe de otros. Recordemos que, si permanecemos enteros, nos pasará co­mo la fruta, nadie podrá tragarnos y solo nos queda pudrirnos.