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La Vida domingo, 25 de octubre de 2020

HISTORIA

El burdel de los nazis

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Rosalía Sánchez
Corresponsal en Berlín

Pocas direcciones de Berlín han sido objeto de tantas leyendas como el tercer piso del número 11 de la calle Giesebrecht. Allí fue inaugurado a principios de 1930 el burdel de Katherina Schmidt, el Salón Kitty, un establecimiento en el que se empleaban prostitutas llegadas desde Polonia y Checoslovaquia, en los restos del extinguido Imperio Austrohúngaro. Los nazis no entrarían en el parlamento hasta septiembre de ese año, y en la capital alemana se vivían todavía los rescoldos de los locos años 20, de manera que un burdel era una oportunidad de negocio próspero y socorrido para una mujer como Schmidt, profesora de música ya entrada en la cuarentena y que había vivido largos años en Bombay, París y en el sur de Francia. Había sido durante esos años en el extranjero cuando había entrado en contacto con diplomáticos, políticos y hombres de negocios, familiarizándose con ciertos hábitos en los que creyó descubrir una actividad más lucrativa que las clases de piano y canto con las que entretenía a las hijas de estos, de manera que decidió regresar a Berlín y poner en marcha un local que desde el principio gozó de la clientela más exclusiva. El precio mínimo de un servicio en el Salón Kitty era de 200 marcos de la época.

Las malas lenguas dicen que fue Lina Heydrich, la mujer del jefe de la Gestapo, la que trató de salvar su honrilla tras descubrir que su marido era cliente del Salón Kitty, convirtiendo esas incursiones en visitas de trabajo.

Esa versión le atribuye la idea de convertir el burdel en un centro de espionaje. Lo que Kitty contó a sus herederos, sin embargo, es que fue descubierta tratando de prestar ayuda a unos judíos que intentaban huir de Alemania y la Gestapo forzó la reconversión con un chantaje: o eso o la enviaban a un campo de concentración. Lo cierto es que, en 1939, Heydrich se hizo cargo de la dirección del chiringuito y empezó por un cambio de personal. Polacas y checas fueron expulsadas, al tiempo que se reclutaba a mujeres de perfecta raza aria a las que se entrenó en las técnicas de seducción y espionaje. El equipo de psicólogos, médicos e intérpretes que seleccionó a las candidatas rebuscó en todos los burdeles de Berlín aspirantes que cumpliesen ciertas características: «debían ser inteligentes, tener buen conocimiento de idiomas extranjeros, ser nazis convencidas y estar locas ». Las 20 seleccionadas fueron instruidas en el arte de sonsacar información e incluso entrenadas para hacer grabaciones, pero la parte técnica no resultó suficientemente compatible con las tareas simultáneas, y Heydrich, gran optimizador como demostró en la solución final, optó por convertir el sótano del edificio en una estación de escuchas conectado con cada una de las habitaciones. Al final de cada jornada, las chicas debían rellenar detallados cuestionarios e informes sobre actividades y conversaciones.

Urs Brunner y Julia Schrammel han hecho un minucioso esfuerzo por separar la leyenda de la historia en el libro «Salón Kitty», a la venta esta semana en Alemania y sobre el que trabaja ya una gran productora para una serie de reparto internacional. Basándose en documentos, memorias y testimonios de algunos supervivientes, han perfilado la actividad real de un burdel que, en el año 1940, atendió a unos 10.000 clientes, unos 30 por día, entre los que, efectivamente, figuraban altos cargos del partido nazi, empresarios de diversas nacionalidades y algún diplomático.

«El proyecto de centro de espionaje no fue muy exitoso, a la visa de los procesos que surgieron de sus averiguaciones con el paso de los años», dice Julia Schrammel, «la estadística demuestra que más bien fue utilizado como un lugar de caza, donde se tendían trampas a enemigos políticos que, relajados por las chicas y el alcohol, expresaban en voz alta críticas a Hitler o a sus excesos». Su descripción de la actividad del Kitty durante los años cuarenta recuerda más a Villarejo que a Enigma, y las evidencias documentales desmontan algunos de los grandes mitos sobre el burdel. «En cuando empezaron a caer los primeros nazis cazados en el Kitty, el resto de la cúpula del partido se dio cuenta y no solo dejó de frecuentar el local, sino que, además, comenzó a tratar a los Heydrich como unos apestados», explica Schrammel.

Mitos y verdades
En el limbo quedan algunas visitas sobre las que abundaron los rumores legendarios, como la de Serrano Suñer, ministro de Exteriores de Franco, «el cuñadísimo », durante su viaje a Berlín en octubre de 1940, que pudo haber sido invitado pero también advertido a tiempo por el entonces embajador español, Eugenio Espinosa de los Monteros.

«Después de la caída del Tercer Reich, no se encontraron rastros de registros o actas de reuniones, aunque eso no tiene por qué significar que no existiesen. Podrían haber sido destruidos en bombardeos o eliminados deliberadamente en las últimas semanas de la guerra». Algunas informaciones supuestamente basadas en los archivos de la Stasi no pudieron ser verificadas tras la caída de la RDA.

Liesel Ackermann, que trabajó en Salón Kitty desde 1940 hasta 1945, no mencionó nunca al español.

Sí hay constancia documental de las visitas del ministro de Exteriores italiano, el conde Ciano yerno de Mussolini, que durante una de sus visitas al Kitty, durante las que «no se quitaba en ningún momento sus calcetines negros», reveló que a él y a su suegro les gustaba divertirse con Adolf Hitler, a quien llamaban «payaso».

Entre los invitados alemanes, un asiduo fue el líder deportivo del Reich, Hans von Tschammer und Osten.

Joseph Sepp Dietrich, general de las Waffen-SS, fue también invitado y aprovechó la ocasión para cerrar el local con las veinte chicas solo para él. Que el Salón Kitty era un estudio de sadomasoquismo, en el que los jerarcas nazis suplicaban castigo y humillación, es un fake difundido por la película de Tinto Brass«Los caballeros eran completamente normales». Más bien terminó siendo un burdel estigmatizado en el que todo el mundo sabía de las escuchas.

El agente británico Roger Wilson había logrado convencer a una de las prostitutas, y el servicio secreto británico llegó a estar al tanto de visitas y conversaciones. En 1942, tras un decepcionante informe de rendimientos, las SS se retiraron de la Giesebrechtstrasse. Heydrich murió poco después, y el edificio quedó parcialmente destruido en un bombardeo.

A Kitty se le permitió continuar con su negocio en la planta baja, con la condición de guardar silencio, y así lo hizo hasta su muerte, en 1954. Su hija Kathleen convirtió el negocio en una pensión. Y cuando dejó de funcionar, pasó a ser albergue de refugiados. Pero los vecinos protestaron porque se devaluaba con ello el edificio, y fue definitivamente cerrado en 1994.