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La Vida domingo, 02 de agosto de 2020

Última tarde con Juan Marsé

Juan Marsé cultivaba la imagen de hombre sencillo y a veces reservado bajo la que se camuflaba un escritor culto y sofisticado en sus aficiones culturales. Su pérdida ha sido muy lamentable para las letras españolas.

  • Última tarde con Juan Marsé

    Juan Marsé, fotografiado junto al Salambó durante la presentación de uno de sus libros - EFE

  • Última tarde con Juan Marsé
  • Última tarde con Juan Marsé
DAVID MORÁN
Tomado de ABC Madrid, España

 Lo fácil era echar mano del gatillo rápido, postear un comentario ciego de admi­ración y compartir aquella foto que, con el escritor ca­si siempre cariacontecido, documenta ese día, ese mi­nuto, en que los astros se alinearon y el botín fue aún mayor que una simple dedi­catoria o un ejemplar auto­grafiado de «Últimas tar­des con Teresa» o «Un día volveré». Lo fácil, en fin, era llorarle en redes con ademanes de plañidera di­gital y esperar sentado a coleccionar corazoncitos y retuits.

Lo realmente difícil, en cambio, era enfundarse la mascarilla desafiando to­das las prevenciones sani­tarias y climatológicas, es­quivar ese sol que caía a plomo sobre el Tanatorio de Sancho de Ávila de Bar­celona y atenerse a los ri­gores anticovid (ya saben, manos-distancia-mascari­lla) para pasar una última tarde con Juan Marsé.Con el Marsé novelista y crea­dor de la Barcelona litera­ria contemporánea, sí, pe­ro sobre todo con el Marsé amigo. Con el padre, el abuelo y el marido.

«Era mi amigo, así que he venido a despedirme de él. Para mí era más impor­tante su amistad que to­do lo que haya podido es­cribir en su vida», destacó a las puertas del tanatorio el escritor Joan de Sega­rra, habitual de la tertulia del hoy desaparecido Jo­sé Luis que Marsé compar­tía con otros escritores co­mo Valentí Puig o Enrique Vila-Matas. Cosas del ve­rano, o del coronavirus, o de una perfecta combina­ción de ambos, el trasie­go de autores y personali­dades literarias fue menor de lo esperado. También de periodistas, como si ca­da día se nos muriese uno de los grandes tótems lite­rarios, el último mohicano de la novela del siglo XX, y la costumbre pudiese más que la pena.

Sí que estaba por ahí, quién sabe si para recoger oficialmente el testigo del maestro y firmar los papeles de la custodia del Pijoapar­te, un Carlos Zanón a quien Marsé «enseñó a mirar li­terariamente desde fuera hacia dentro, desde los ba­rrios a la ciudad». También Cristina Morales, ganado­ra del último premio Nacio­nal de Narrativa y lectora voraz de Marsé cuando se mudó a Barcelona. A su la­do, la editora de Anagrama, Silvia Sesé, lamentaba que el autor de «Si te dicen que caí» se hubiese ido sin llegar a ver publicada «Encargo», primera novela de su hija Berta que la editorial publi­cará en septiembre.

«Leyendo sus novelas po­días conocer la condición humana. Una gran obra y un gran escritor», resumía a la salida de la capilla ar­diente la consejera catalana de Cultura, Mariàngela Vi­llalonga. Ella fue, de hecho, la máxima (y casi única: se esperaba también al conce­jal de Cultura del Ayunta­miento de Barcelona, Joan Subirats) representación institucional de una despe­dida tan discreta como la de Ana María Matute en 2014 e inversamente proporcio­nal a las dimensiones de su legado literario. «Era uno los últimos artistas de una pandilla muy representati­va para la cultura de Barce­lona y Cataluña», dijo Joan Manuel Serrat tras dar el pésame a la mujer y los hi­jos del escritor. «Es una pér­dida extraordinaria», la­mentó el cantautor.

Una anécdota involvidable
Sucedió cuando renun­ció al jurado del Premio Planeta cuando no estuvo de acuerdo con el dicta­mente que le dio el triun­fo a Lucía Etxebarría con «Un milagro en equili­brio». En el turno de pre­guntas en la reunión final, el creador del Pijoa­parte se apartó de aquel milagro de equilibrios que había sido el jurado del Planeta. Los otros ha­blaban y Marsé dibujaba en sus papeles; los otros hablaban y Marsé mira­ba en derredor como si la cosa no fuera con él; los otros dejaron de hablar y habló Marsé. Anunció que él no había votado a la ganadora. O sea, que no era responsable del milagro, ni del equili­brio. Como en «Rebelión a bordo», Marsé rompía la disciplina del navío plane­tario .