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Desconfinamientos: poder y locura

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Vilma Fuentes / Tomado de La Jornada SemanalCiudad México

La salida del confinamiento en París produjo una explosión de alegría intensificada por la luminosidad de los días. Confinados durante el invierno, los parisienses vieron llegar la primavera a través de las ventanas. Las rápidas y contadas caminatas en la calle sólo parecían exacerbar el claroscuro del encierro. Algunos días soleados, vistos desde el interior de las habitaciones, agudizaban el sentimiento de reclusión, aislamiento y retiro de la vida. La vida de terrazas, cafés, jardines, calles, sin las trazas con que el frío nublado del invierno ensombrece los inicios de la primavera. Un desconfinamiento parcial, pues terrazas y jardines siguieron cerrados en mayo, lanzó a los jóvenes a las orillas del canal Saint-Martin y los muelles del Sena.

La salida se transformó en fiesta, olvidados tapabocas, distancias y tantas otras precauciones. Las bebidas corrieron en abundancia y fueron de inmediato prohibidas en lugares públicos. Pero ni multas ni amenazas de rebrote de la pandemia y un reconfinamiento pudieron impedir el estallido de la fiesta de la música, día de la llegada del verano. El sentimiento festivo, la euforia de la libertad, ganaron sobre la melancolía y los miedos. El delirio se apoderó de los más cautos y sensatos.

El sol, antaño adorado como un dios en muchas civilizaciones, sigue siendo divinizado bajo otras formas hoy día. Y como otros dioses, puede recompensar o castigar, otorgar y despojar. Buscado donde su aparición se hace desear, evitado cuando su presencia es quemadura. Benéfico o dañino, helioterapia o insolación. Bosques umbrosos o desiertos de arena candente: “Dentro del fuego lívido que corta como el grito/ Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro/ cae mi voz/ y mi voz quema dura/ y mi voz quemadura/ y mi bosque madura/ como el hielo de vidrio/ como el grito de hielo”, escribe Villaurrutia.

Geografía y clima. Vegetación y comida. Viviendas y arquitectura. El sol reina y modifica con su influencia los distintos aspectos de la vida, pero también del espíritu y el carácter de los seres humanos. La cultura no escapa a su influjo. La cocina no es la misma en Helsinki, París, Oaxaca, Moscú o Buenos Aires. La pintura tampoco. No es la misma bajo el sol ardiente del sur o entre la bruma grisácea del norte.

El color modifica la visión del paisaje. Los más ligeros cambios de la luz durante un mismo día transforman texturas, volúmenes, hendiduras, brillos y palpitaciones en el juego entre la claridad y la penumbra. La fascinación por estas mutaciones, casi imperceptibles, condujo a Claude Monet a pintar las prodigiosas telas de la catedral de NotreDame de Rouen a diferentes horas del día. Con ellas, Monet interroga la luz y hace resonar las primeras palabras de la Creación, Fiat Lux, con el eco de sus campanas. La literatura, cuando expresa las más altas emanaciones del pensamiento, tampoco es la misma cuando el sol deslumbra los ojos como cuando adormece con la neblina donde las cosas parecen desvanecerse en su misma aparición. La locura es, sin duda, también distinta en las frías regiones nórdicas y en las candentes zonas de los trópicos. En el castillo de Elseneur, en el reino podrido de Dinamarca, Hamlet ve aparecer fantasmas que huyen después de llamarlo de muy lejos. En Comala, donde los muertos ateridos de frío salen del infierno a buscar su cobija, los fallecidos abrazan a los vivos para impedirles huir.

La locura del rey Lear no es la del Quijote. Lear pierde la razón porque no supo ni pudo ver; don Quijote la extravía porque ve. La palidez del sol provoca alucinaciones del soñador. Su luminosidad enloquece al desencadenar los delirios del insomne.

¿Qué sucede cuando un hombre venido del norte se siente deslumbrado, de pronto, por la luminosidad del sol en el sur? La cabeza le da vueltas. Conmocionado por tal impacto, Vincent Van Gogh se entrega a sus visiones y pinta Los girasoles. Es su respuesta. Tal es el poder del sol: enloquece. En su delirio visionario, Van Gogh hace irradiar los girasoles en estallidos fulminantes de luz.

Albert Camus, en su novela El extranjero, nos muestra un criminal que explica su crimen por la violencia del sol de plomo que cayó sobre su cabeza. No posee ninguna otra explicación. A su vez, André Breton, para justificar una reacción de sí mismo que no logra comprender, escribe en alguna parte: “Tengo en mí demasiado norte…” Reconocía así que, a pesar de todo, dependemos siempre del lugar donde nacimos: trópicos, polos, Ecuador.

¿Destino o libre albedrío? Frente a la fatalidad, los seres humanos responden como Van Gogh al sol. Estallido de luz atrapado en la tela. Visión reflejada a través del espíritu. Una tela, un poema: “Coronado de sí el día extiende sus plumas./ ¡Alto grito amarillo,/ caliente surtidor en el centro de un cielo/ imparcial y benéfico!/ Las apariencias son hermosas en esta su verdad/ momentánea / […] el sol pone su huevo de oro y se derrama sobre el mar./ Todo es dios./ Estatua rota/ columna comida por la luz / ruinas vivas en un mundo de muertos en vida!, responde Octavio Paz.