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La Vida domingo, 19 de julio de 2020

Tratando de sentirme digna de ser amada (mientras trabajo para una aplicación de citas)

ESTAR LLENA DE QUEJAS ROMÁNTICAS ME HA DEJADO —A MÍ, UNA MUJER NEGRA QUE HA TENIDO EL CORAZÓN ROTO— SINTIÉNDOME CONSTERNADA PERO ESPERANZADA.

  • Tratando de sentirme digna de ser amada (mientras trabajo para una aplicación de citas)

    (Brian Rea/The New York Times)

The New York Times

Por fascinante que parezca, trabajar en el área de atención al cliente de una aplicación de citas tiende a ser repetitivo y ordinario. Durante cada turno de ocho horas, a menudo me siento como una suerte de robot-porrista mientras intento responder las quejas y calmar las ansiedades de los aficionados a las citas digitales en todo el mundo.

Mi título oficial de contratación —colaboradora de experiencia comunitaria— me hizo pensar que tendría conversaciones interesantes sobre el amor y las relaciones. En realidad, la gran mayoría de la “experiencia comunitaria” con la que termino lidiando involucra preguntas sobre reembolsos, contraseñas olvidadas y cuentas duplicadas. Intento responder de forma personal a cada usuario, pero, en la mayoría de los casos, para ser más eficaz, copio y pego las respuestas.

“¡Hola! Gracias por contactarnos. Echemos un vistazo a tu caso”.

“Hola, sentimos mucho que tengas una experiencia negativa”.

“¡Qué tal! Gracias por hacernos saber esto. ¡Nos encantaría ayudar!”.

Copiar, pegar, copiar, pegar, copiar, pegar. Hasta que haya alcanzado o superado mi cuota de respuestas por hora.

Ciertas preguntas rompen el patrón. He enviado mensajes a usuarios que temen que su pareja los engañe, a personas trans que desean cambiar su configuración de género, así como a hombres que se sienten desamparados y confundidos después de que varios usuarios dejaron de escribirles. Estos diálogos aportan una idea de humanidad que cambia el ritmo y me recuerda el posible impacto de mi trabajo. En medio de toda la ira y la insensibilidad está la ternura del anhelo romántico, el deseo universal de ser amado.

Esta oportunidad de trabajo surgió como un rayo de esperanza durante un verano muy triste. Era una recién graduada de la universidad y me recuperaba de una ruptura, tras haber deseado estar con alguien que no quería comprometerse conmigo.

Fue mi primera ruptura, pero, como mujer negra, la angustia no me resultaba extraña; este dolor me parecía conocido. Los síntomas son fáciles de identificar. Siempre comienza en la garganta, zumba en el pecho, desciende hasta el punto más bajo del vientre. Es agudo, denso, ardiente.

La primera vez que lo sentí fue en la primaria, en el autobús escolar, cuando dos chicos blancos me gritaron diciendo que era fea mientras me jalaban las trenzas recién peinadas. Estaba tan sorprendida que me quedé helada, esperando que la burla terminara.

El dolor reapareció en el bachillerato cuando una amiga me dijo que sería bonita si mi piel fuera más clara. Intenté evitar el sol ese verano y los veranos siguientes. No hace falta decir que no cambió nada.

A demasiadas mujeres negras se nos enseña que las fantasías románticas no nos pertenecen, que nunca somos la primera, la segunda ni siquiera la tercera opción de alguien y que deberíamos sentirnos afortunadas si alguien nos desea, lo cual realmente significa que deberíamos sospechar…

En el cine y la televisión, normalmente nos incluyen como la amiga de confianza o para aligerar una situación cómica. Programas recientes como “I May Destroy You” e “Insecure”, de HBO, plasman versiones más matizadas de nuestras variadas experiencias y, aunque estoy agradecida por estas historias, me sorprende el tiempo que ha debido pasar para que existan en los principales medios de comunicación.

El deseo romántico es complicado para todos, pero para nosotras es a menudo un asunto político. Casi todas las chicas negras que conozco tienen una anécdota de rechazo evidente por su negritud —o de haber sido desestimadas directamente, fetichizadas o descartadas de alguna otra manera con carga racial—.

Durante mi adolescencia, consumí mensajes que equiparaban mi valor a mi estado civil. Mi mamá y mis tías enfatizaron la importancia de ser una buena chica para poder ser una buena esposa algún día. Mis mentores cristianos evangélicos idolatraban la pureza sexual y el matrimonio. A los 16 años, comprendí que la validación de los hombres heterosexuales debía ser mi prioridad.

Sin embargo, los chicos que me gustaban aceptaban mi amistad, pero descartaban la posibilidad de salir con ellos. Mis amigos y los hombres de los que me enamoraba me decían abiertamente que no salían con mujeres negras, confesando esa verdad cortante tan fácilmente como si hablaran de los ingredientes que prefieren en su pizza.

Por eso, es difícil imaginar lo extraño que me resultó a mí, una chica negra insegura y recientemente abandonada, aceptar un trabajo en una aplicación de citas. Las primeras semanas fueron brutales, pues cientos de súplicas llenas de ansiedad inundaron mis buzones de entrada. Algunas personas que enviaban mensajes apresurados con una urgencia inquietante: “¡No estoy haciendo ninguna conexión!”, “¿Por qué nadie responde mis mensajes?”, “¿Soy fea?”, “¡No he tenido una cita en meses!”, “¡Esta aplicación es una estafa!”.

Al principio, no sabía cómo aplacar la ira de la gente y al mismo tiempo validarla. Con el tiempo, aprendí a buscar la humanidad en cada mensaje. Hay un elemento de total vulnerabilidad en alguien que le dice a un completo desconocido que “solo quiere ser amado”.

Me desplazaba a través de la efusión diaria de mensajes, tratando de no desensibilizarme, traduciendo mensajes como “No tengo nada de malo. Soy guapo, soy inteligente. ¡Algo está mal con su aplicación!”. en el tipo de preguntas que todos hacemos: “¿Soy lo suficientemente atractivo?, ¿Soy lo suficientemente inteligente?, ¿Algo está mal en mí?”.

A veces respondía con las palabras que más necesitaba leer yo misma. Mis supervisores me habían dicho que me dirigiera a la gente con amabilidad y precaución. A pesar de los clichés que enviaba, el sentimiento era auténtico. “Salir con alguien es muy difícil”, tecleaba. “Pero creo que te mereces una conexión significativa. A menudo solo toma tiempo encontrarla. ¡Te apoyo!”.

Mi manera cursi de animar a la gente normalmente me abría las puertas de los usuarios. “Gracias, eso significa mucho”, respondían, o “Sí, salir con alguien es muy difícil. Espero conocer a alguien pronto. ¡Deséame mucha suerte!”.

Aunque estaba practicando la empatía, no me engañaba pensando que estaba aprendiendo a hacer esto mejor que los demás. Una noche, en la cena, un amigo me preguntó si mi trabajo me ayudaba a dominar el arte de las citas.

Escupí mi bebida. “¡No, en absoluto! Estoy tan confundida como la gente con la que hablo".

Por supuesto, yo también usaba aplicaciones. Había aprendido todos los trucos para crear un perfil prometedor: retratos que muestran tu personalidad, biografías que terminan con una pregunta atractiva, una marca de verificación para mostrar que eres real. Podía ayudar a los demás, pero aún así no tenía ni idea de cómo mejorar mis probabilidades de gustarle a la gente en internet.

Y sabía que las probabilidades estaban en mi contra: algunas investigaciones han mostrado que las mujeres negras son uno de los grupos que reciben menos atención de cualquier categoría en las aplicaciones de citas. Sabiendo eso, es difícil tener fe. Una amiga blanca una vez me enseñó su perfil de citas y dijo: “Sé exactamente por qué estos chicos me eligieron”.

¿Cómo se sentiría saber que naturalmente eres el tipo de alguien o incluso el tipo de muchas personas? ¿Cómo se sentiría saber que te desean? Seguí reflexionando acerca de estas cosas hasta que mi asombro se endureció en el fondo de mi garganta: agudo, denso, ardiente.

Me acostumbré tanto al amor no correspondido y a ser la porrista de mis amigos no negros que buscaban el amor que empecé a creer que no había nadie para mí.

En cuanto empezaba a sentir cosas por alguien, me resistía, preparándome para la inminente decepción. Si un hombre expresaba interés, lo pensaba demasiado, hasta el punto del autosabotaje. Incluso cuando tuve mi primer novio, pasé la mayor parte de nuestra relación dudando de la autenticidad de su afecto. No sabía cómo ser deseada porque no creía que lo fuera.

Desde hace poco he mejorado en cuanto a aceptar el brillo de mi negritud y se ha vuelto más fácil sentirme segura acerca de mi identidad: no solo aceptarme, sino también celebrar y admirar la mujer que soy.

No obstante, sé lo suficiente para darme cuenta de que el amor propio, a pesar de todos sus beneficios, no puede darme un beso en la frente, no puede acercar su mejilla a la mía, no puede mirarme con cariño en medio de una habitación. Y, aunque finalmente creo que merezco ser amada, a veces aún dudo de que los demás puedan superar su condicionamiento social para creer que lo merezco también.

El Día de San Valentín de este año, tomé el turno de la noche y preferí reírme de lo absurdo de mis circunstancias. En vez de tomar de la mano a alguien que amaba, pasé la noche tecleando mensajes a otros que se apresuraban a salir para encontrar a quien tomar de la mano. Me sentí patética y sola, aislada de ese algo que les ayudaba a las otras personas a encontrar.

Conforme pasó la noche, una mujer negra me envió un mensaje simplemente para expresar su gratitud. A través de la aplicación, dijo, había encontrado a su novio ahora de mucho tiempo, algo que creyó que nunca le ocurriría.

Sonreí al ver las fotografías adjuntas de ella y su pareja, morenos y despampanantes en su amor. Me pareció que era una suerte de confirmación cósmica. Toqué mi pecho mientras comenzaba a escribir otra respuesta con clichés, pero todo lo que quería decir era esto: “Espero encontrar ese tipo de amor algún día yo también. Muchas gracias”.