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La Vida domingo, 24 de mayo de 2020

REFUGIO FILOSÓFICO

Filosofía de la mediocridad

  • Filosofía de la mediocridad

    Sylvana Marte

Sylvana Marte
Especial para Listín Diario
Santo Domingo

Cuando Hannah Arendt,  filósofa y politóloga judía, fue enviada por la revista The New Yorker para que escribir sobre las incidencias durante el juicio de Adolf Eichmann, el máximo responsable de la logística llamada "solución final", ella pudo realizar una interpretación del personaje, que, aunque no lo justificaba, permitía ampliar la visión y hacer un esfuerzo por comprender ese comportamiento tan brutal.

Para que tengan una idea, Adolf Eichmann, fue un criminal de guerra austriaco-alemán con alto rango en el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial, responsable directo del traslado de miles de judíos a los campos de exterminio.

Sorprendentemente, Eichmann durante el proceso legal sostenía que no sabía por qué era condenado y rechazado, porque como ciudadano era ejemplar, un buen vecino, cumplía con todos sus deberes, tenía un comportamiento moralmente “correcto” dentro de lo establecido en su comunidad, como servidor público cumplía a cabalidad con lo asignado. Era eficiente en su trabajo, su labor de transportar a los judíos para ser exterminados, se consideraba como “impecable”.

Más allá de todas las reflexiones que hizo la pensadora, que posteriormente recogió en un libro, ella podía ver que Eichmann  era un ser “común y corriente”, incapaz de tener un criterio propio, de ser reflexivo, de tener “carácter”, lo que resumió que se trataba sencillamente de una persona “mediocre”, y fue así como la Arendt acuñó la expresión la “banalidad del mal”, como una forma de expresar como algunas personas actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos. No se preocupan por las consecuencias, sólo por el cumplimiento de las órdenes.

Meditando sobre el tema, y en el que ella también apuntó, que este tipo de comportamiento no puede ser analizado de forma aislada e individual, sino que se necesita de todo un sistema de “mediocracia” para promover y sustentar toda esa práctica.

Es preciso aclarar que proceder con un estilo “rebaño” es parte de la vida humana, estudios sociológicos sostienen que somos seres sociales y que estamos formados mediante patrones establecidos, es decir, todos hemos tenido un comportamiento “mediocre” en algún momento de nuestras vidas, lo que sí es preocupante es que esa conducta se convierta en un hábito. No quiero que se me interprete con alguna “superioridad moral”, todo lo contrario, estoy convencida de mi propia mediocridad, y es justamente lo que me hace pensar poseer toda la autoridad para hablar del tema.

Por lo tanto, es necesario hacer esfuerzos constantes de reflexión, y  ser críticos para lograr concebir una idea verdaderamente genuina.  No es por azar que, en el sistema educativo dominicano, como en otros países, se ha eliminado la materia de la filosofía: “a menos cuestionamiento, mayor dominación”.  Y aunque, hay teóricos que advierten que la filosofía no sirve para nada (no posee una utilidad material), es importante saber que toca lo esencial de las personas, porque su constante actualización permite que se desarrolle un pensamiento crítico, analítico y reflexivo. Fomenta una visión ética y una orientación moral que nos permite convivir con los demás.

Ahora con el tema de la pandemia Covid19, la mediocridad en la que nos han sumergido desde tiempos de antaño, ha florecido y no de las formas más sutiles, porque no se nos ha estimulado la actividad de “discernir”, creemos todo lo que nos dicen, todo se asume como una “verdad absoluta”, y hemos visto que ni las autoridades, ha podido lidiar con la ignorancia que ha germinado de forma “poética” en su máximo esplendor. El caos ha sido el mejor protagonista que ha desempeñado un papel magistral en este drama desconsolador y absurdo.

José Ingenieros, filósofo argentino, y escritor del famoso libro “El Hombre Mediocre” dice que las personas mediocres carecen de personalidad y son fáciles de domesticar. “Es una sombra proyectada por la sociedad, es por esencia imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismo reconocidamente útiles para la domesticidad”, y dice también: “El mediocre adquiere el alma de la sociedad y que los gobernantes no crean el Estado de cosas, sino que la representan”.