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La Vida domingo, 10 de mayo de 2020

LIBROS

Literatura: Cuentos completos, de Robert Louis Stevenson

  •  Literatura: Cuentos completos, de Robert Louis Stevenson
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  •  Literatura: Cuentos completos, de Robert Louis Stevenson
DARIO JARAMILLO AGUDELO
Tomado de su blog “Gozar leyendo”
Bogotá, Colombia

Es bastante más que un talento. Sospecho que hay allí algo mágico: má­gico por los resultados que produce; mágico porque no hay explicación posible de ese encantamiento. Estoy hablando del placer inaca­bado de leer las historias es­critas por Robert Louis Ste­venson: uno entra en una especie de epifanía, el cuen­to toma posesión del lector y no lo suelta. El lector, fe­liz, está atrapado en otra di­mensión en la que el tiem­po no se nota. Simplemente no puede detenerse merced a la manera que Stevenson tiene para seguir los avata­res de lo que cuenta.

El volumen se titula Cuentos completos y tie­ne 1018 páginas. Es un li­bro de bolsillo fácil de mani­pular, liviano pero, a pesar de su nombre, no cabe en ningún bolsillo. La defini­ción de ‘cuento’ del compi­lador –que supongo que es el mismo traductor, Miguel Temprano García– es bas­tante elástica y ayuda mu­cho a la voracidad inago­table del adicto lector que no puede detenerse. Ade­más de cuentos, medidos por su extensión, hay aquí otras historias que sobre­pasan la extensión mínima de la novela corta. Entendá­monos: no conozco un lími­te numérico exacto; discutir si determinado texto es un cuento largo o es una no­vela corta es tan útil como discutir acerca del sexo –o los sexos– de los ángeles. A manera de aproximación, y con base en la extensión mínima que exigen algunos premios de novela corta, yo diría que la frontera está en las cien páginas. El caso es que el compilador de estos Cuentos completos decidió incluir como cuento una de las más perfectas novelas de la historia y eso lo inter­preto como un regalo que el editor le hace al lector, a sa­biendas de que ese gozoso lector disfrutará, sorprendi­do de encontrarlo allí, ese prodigio que es El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde.

Un examen simplista –que es el más frecuente– tiende a convertir en ar­quetipos a Henry Jekyll y Edward Hyde. Jekyll el bue­no y Hyde el malo. Pero no es así. Hyde es malo, es más claramente malo que lo bueno que puede ser Jekyll. Al final, cuando se confie­sa, uno descubre el placer que le daba a Jekyll tomar la poción para convertirse en malo, en Hyde: “me sen­tía más joven, más ligero y más cómodo en mi cuerpo, y en mi interior notaba una electrizante osadía, una co­rriente de imágenes sen­suales y desordenadas que pasaba por mi imaginación como el agua por un mo­lino, una disolución de los lazos del deber y una des­conocida, aunque culpable, liberación del alma. Nada más degustar esta nueva vi­da, supe que era más mal­vado, diez veces más mal­vado…”. Aquí es inevitable la misma pregunta pero al revés: ¿de dónde un malo puro como Hyde saca fuer­za moral para tomar la po­ción y reversar a ser el ‘bon­dadoso’ doctor Jekyll?

En general, los cuen­tos de Stevenson funcio­nan como mecanismos de relojería; el lector exper­to en el siglo XIX adquiere cierto instinto para saltar­se ciertas descripciones de las novelas de esa época, cuando los novelistas saca­ban de vacaciones a la in­teligencia y dejan al pobre lector bostezando en mi­tad de unas páginas en las que no pasa nada. Con Ste­venson no se puede hacer eso. No sobra ninguna pa­labra. Y si muchos críticos coinciden precisamente en elogiar el poder descriptivo de las palabras del escocés, qué no decir de los retra­tos que hace. Por ejemplo, en algún cuento apare­ce François Villon, el gran poeta francés: “el poeta era un despojo humano: mo­reno, bajo y delgado, con los pómulos hundidos y el cabello fino y rizado. Sus veinticuatro años lo llena­ban de animación febril. La codicia había formado arrugas alrededor de sus ojos y las sonrisas malévo­las habían deformado su boca. Su rostro tenía una expresión entre porcina y lobuna. Era una cara elo­cuente, aguda, fea y mun­dana. Movía sin parar las manos pequeñas y pren­siles de dedos nudosos en una especie de violenta y expresiva pantomima”.

Bueno, ni usted ni yo vi­mos nunca a Villon pero, estoy seguro, usted y yo sí hemos visto varias veces al burócrata que retrata Ste­venson: “el espíritu de su cargo había impregnado a toda su persona. Transpor­taba su barriga como si fue­se algo oficial. Siempre que insultaba a un ciudadano normal y corriente tenía la sensación de estar adulan­do al gobierno al mismo tiempo. Su falta de digni­dad y un arrogante sentido del deber lo convertían en un hombre brutal. Su ofici­na era una madriguera en la que los viandantes oían al pasar las groseras exclama­ciones, no de la ley, sino del gusto del comisario”