La Vida

CULTURA HOLANDESA

La elegante vida del cementerio de bicicletas de Ámsterdam

Donde los viandantes ven chatarra de metales rotos y oxidados, la fábrica holandesa Roetz encuentra la forma de dar una segunda oportunidad a empleados con pasados problemáticos y una nueva vida a las bicis destartaladas abandonadas cada año en las calles de Ámsterdam, convirtiéndolas en modelos elegantes y personalizados.

Las bicicletas son un activo de la cultura nacional para los holandeses. Están aparcadas en todas las esquinas, tienen sus propios carriles y normas, y las utiliza gente de todas las edades: los niños para ir al colegio, padres para ir a trabajar, e incluso el primer ministro, Mark Rutte, acude cada día con la suya a su oficina en La Haya.

Pero este medio de transporte de dos ruedas también tiene su ciclo de vida, ya que se rompen o cambian de manos tantas veces que queda poco que arreglar en ellas, lo que ha convertido muchas calles del país en la imagen de un cementario de bicicletas: los holandeses abandonan cada año alrededor de un millón de bicis, un nicho de mercado que la startup Roetz no quiere dejar pasar.

¿Por qué no negociar con el ayuntamiento la recogida de las mismas para convertirlas en modelos totalmente nuevos y especialmente adaptados a los gustos del usuario? La persona detrás de la pregunta es Tieman ter Hoeven, un joven que decidió poner en marcha una fábrica de rediseño de bicicletas rotas, al tiempo que ofrece oportunidades laborales a personas desempleadas con dificultades para encontrar un trabajo.

La idea surgió cuando Ter Hoeven trabajaba como consultor en la industria automotriz, y conoció desde dentro cómo funciona el reprocesamiento de las partes viejas de los coches por un fabricante de automóviles alemán: una idea sostenible.

Este joven empezó como muchos emprendedores con grandes ideas: en una habitación de un ático en Ámsterdam, haciendo planes en su ordenador y llamadas de teléfono al ayuntamiento para negociar la puesta en marcha del proyecto, algo que logró formalizar en noviembre de 2016.

La fábrica, visitada por Efe, está a media hora a pie del centro de Ámsterdam y se encuentra en medio de una zona industrial, ocupando un almacén gigante que huele a mecánica y donde una veintena de personas se encarga de una parte de la cadena: desde el que despieza la bici antigua para separar las piezas reutilizables, hasta el que pinta o quita el óxido, el que le pone un nuevo manillar, ruedas o sillín, hasta los que organizan su transporte a los clientes.

Este proyecto, que no deja de ser una empresa comercial, tiene principalmente un enfoque social y sostenible, que también debe respetar todas las leyes: las bicis abandonadas tienen al ayuntamiento como dueño, así que Roetz se las tiene que comprar al municipio en subastas periódicas.

Lo atractivo es que, al considerarse “chatarra” que nadie quiere, esta fábrica las adquiere por un precio bajo, y después encarga su resucitación al equipo de empleados, formado por desempleados de larga duración, antiguos adictos al alcohol o las drogas, personas que han superado enfermedades mentales o expresos cuyos antecedentes penales dificultan el regreso a la vida laboral común.

Uno de los empleados que está en la fábrica había sido electricista, hasta que sufrió una larga depresión, pero el ambiente en esta fábrica -dice- le ha vuelto a hacer disfrutar del trabajo y la vida. Otro hombre, un mecánico de coches al que apenas quedan dientes que mostrar cuando sonríe, no logró superar la muerte de su esposa y el alcohol hizo que terminara durmiendo en las calle. Hoy trabaja codo con codo con su nueva pareja, ambos reparando estas bicicletas.

Hasta el 80% de la bicicleta rota es material útil dependiendo del buen trato que recibieron en su primera vida, cuenta a Efe uno de los encargados, pero también se utilizan partes nuevas, necesarias para completar el montaje: el resultado no es lo que cualquier mente imagina como “bici de segunda mano”, sino que se trata de bicicletas prácticamente nuevas, elegantes, de diseño, con colores cálidos y diferentes accesorios, incluida una batería que las convierte en eléctricas.

Se monta a gusto y demanda del cliente: cuantos más accesorios, más dinero hay que desembolsar, y no son precisamente baratas. Según la página web de Roetz, el precio inicial de una de estas bicis reconstruidas, con lo más básico, ronda los 560 euros, pero son bicicletas invencibles, sostenibles y con una historia, tan larga como la de los mecánicos que las convierten en elegantes piezas.

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