Salud

EN LAS AULAS

Un falso diagnóstico y ¡directo al psicólogo!

El pequeño O. David tiene seis años y nunca ha permanecido más de un año escolar en un colegio. Desde los dos años, cuando sus padres decidieron iniciarlo en la escolaridad, ha pasado de psicólogo en psicólogo y de escuela en escuela. En todos los centros educativos, su madre recibe el mismo reporte: no se está tranquilo, no se concentra, no quiere trabajar y molesta a los otros compañeros. Al finalizar el año escolar, escucha siempre la misma recomendación: “Llévelo a otra escuela, es un niño especial”. La desesperación de los padres es permanente. En las próximas semanas, deberán buscar otra escuela donde apuntar al niño.

Lo triste de esta historia, considera la psicóloga clínica Alicia Custals, es que no es aislada, sino que ya alcanza categoría de epidemia. En entrevista con Listín Diario, la especialista en Psicometría asegura que las salas de los psicólogos y terapeutas están llenas de estudiantes con falsos diagnósticos que “están a prueba” en los colegios, es decir, a punto de ser expulsados debido a su comportamiento. A sabiendas de que el tema puede causar cierto resquemor entre padres, alumnos, directores de colegio y maestros, decidió lanzar la voz de alerta.

No es que los maestros no los quieren, realmente, es que no quieren dedicarle el tiempo. Además, los padres tienen tantas tareas que no tienen tiempo, ni espacio para dedicárselo a sus hijos. Y todo se basa en “es que yo no aguanto ese niño”. Pero yo, el día que tenga problemas en el trabajo, o con mi marido, o en la casa, también voy a estar inquieta, irritada, activa. Eso mismo está haciendo el niño. Y yo no soy hiperactiva ni tengo déficit de atención. Ese es un comportamiento que se puede activar por miedo escolar. Hay niños que un día quieren ir y al otro no. La conducta de uno es diferente al otro. Prácticamente ahora hay una epidemia de diagnósticos: o un falso diagnóstico o un sobrediagnóstico. Todo el mundo diagnostica un déficit de atención, una hiperactividad, una impulsión. Y los mandan al psicólogo. ¿Y qué pasa cuando llegan al psicólogo? Realmente, a esa edad, los evaluamos, y puede haber, como te dije… Hay niños que pueden tener episodios de rabia, de rebeldía, de oposición, que si tú dices no él dice sí, y si tú me dices no entres por ahí yo voy a entrar y te me tiro y hago una pataleta. Bajo ningún concepto ese es un niño impulsivo o agresivo. Es un niño, sencillamente, que está canalizando las cosas y sus emociones de diferentes maneras, dependiendo del entorno en el que se desenvuelva. Por ejemplo, el déficit de atención y la hiperactividad no es una cosita. Es un problema neurológico. No puedo diagnosticar un niño con déficit de atención e hiperactividad en la consulta de psicología. Tengo que tomar mis parámetros. Hay muchísimas evaluaciones, los cuestionarios una se los aplica a los padres, a los maestros, a los abuelos, a los amigos. Y uno saca, no un diagnóstico, sino ciertos parámetros para mandar a un niño a un psiquiatra infantil, a un neurólogo infantil, para evaluarlo, porque a partir de los siete y ocho años hay unos cambios en el cerebro de los niños con ese trastorno. Ahí sí se puede diagnosticar y comienza a trabajar un equipo multidisciplinario donde intervienen el psicólogo, los padres, los maestros. Esos no son niños discapacitados. Esos niños tienen una condición y pueden tratarse. Aún así, en Estados Unidos y Europa tienen el mismo problema. Dicen que no son todos los que están con TDA (déficit de atención), ni están todos los que son, que están sobrediagnosticados. Que del diez por ciento que diagnostican, solo cuatro son reales. Pero es más fácil para una madre, para una maestra, para un entorno social donde hay un niño demasiado activo, mantenerlo con un medicamento que da directamente, son neurotransmisores, para aplacar la ansiedad. Y a la larga eso tiene sus consecuencias.

Usted dice que los padres tienen una cuota de responsabilidad muy grande…

Sí. Nosotros los padres tenemos una cuota muy grande en esto. Si bien es cierto que la tecnología nos ha ayudado mucho, también es cierto que nos ha ganado mucho. En muchos sentidos. Se perdió esa relación entre padre e hijo, entre esposa y esposo, porque todo el mundo está pendiente de una tableta, los niños a un Wii, los padres a un celular. Se sientan en la mesa y muchas veces ni se miran. ¿Qué recomienda hacer? Mi preocupación y mi llamado es a los padres, a los profesores, a que tengan compasión de esos niños, porque los encasillan. Un niño que yo sospeche que tenga déficit de atención, yo quiero trabajar con la profesora, pero tengo miedo de que ella me lo descalifique del curso por esa condición. Yo prefiero ocultárselo y eso está muy mal de mi parte. Pero yo estoy de parte del niño, y no quiero que me lo saquen.

Bueno, inmediatamente yo vaya y le diga que este niño tiene esta condición, y que vamos a trabajar, que yo voy a venir (que me ha pasado) una vez al mes, que le voy a mandar una tablita para ver cómo lo vamos a ir manejando... Y le diga usted me lo va a sentar adelante, con el niño que menos hable, y usted cada 30 minutos se va a poner cerca de él y le va a pasar la mano, lo va a sacar para que él vuelva y entre... Ya, cuando ella tenga dos o tres meses va a decirle a los padres y al director del colegio: “Es que este niño necesita estar en un sitio donde haya menos niños, donde le dediquen más tiempo”. Lo va a descalificar porque no quiere luchar con él. Ese es mi temor. Empiezan a decir: “Es que ya él necesita otras condiciones”, sabiendo yo que no. Entonces, yo le tengo miedo a que lo encasillen, a que digan “este tiene tal cosa, el año que viene vamos a dejar que los padres lo lleven a un sitio donde haya menos niños, donde le puedan dedicar más tiempo, porque aquí hay muchos”. Y esa no es la condición de un niño con un trastorno de déficit de atención e hiperactividad. Esos niños responden. Y cuando haya que tratarlos con un psiquiatra y medicamentos hay que tratarlos, no hay ningún problema. El problema es que cada vez estamos más aislados. Los colegios quieren niños que se sienten, que no se muevan, que no se paren, que si uno le da un trompón que se quede tranquilito. No, el otro le va a dar un trompón, lógicamente, y se va a armar un lío. Eso es normal. La estructura cerebral de los niños, hasta los seis años, no responde a ciertos mandatos: siéntate, no te muevas, cállate... No. Su estructura cerebral todavía no responde a esos mandatos. ¿Sabes el trabajo que da coger un niño y ponerlo tiempo fuera por cinco minutos? Pero no es porque ellos sean anormales o tengan alguna condición, es que la estructura de su desarrollo, de su cerebro, todavía no está a ese nivel. Si a los seis o siete años continúa con esa conducta: que no responde a un mandato, que no es capaz de sentarse por un tiempo considerable, media hora o una hora, que reacciona a impulsos innecesarios, entonces sí… La educación aquí ahora la veo, a nivel público, un poquito más avanzada con la tanda extendida porque, por más que se diga, es mucho tiempo que el niño pasa en la escuela y se pueden lograr cosas. Pero cada vez más hacen falta profesores que se comprometan con los niños y con la familia.

Es que eso tampoco es factible. Nadie debe tener 40 muchachos en un aula. Ni escuelas públicas ni privadas. Eso es antipedagógico. No hay un manejo correcto. Nadie puede manejar 40 niños, por cuatro o cinco horas, ni siquiera ya adolescentes. Mira, a veces piensan que los muchachos son robots. Y precisamente el éxito del sistema Montessori en la edad temprana es ese, que es práctico. Pero no todo el mundo, ni todo el sistema, puede acceder al sistema Montessori, pero hay vías, hay patrones establecidos. Es injusto pretender que si tienes 10 o hasta 25 niños en un aula, de menos de siete años, lograr que la mayoría responda a muchas cosas. Porque haya dos o tres que no respondan no debes descalificarlos. Y eso es lo que está pasando. Yo he ido a sitios donde están evaluando niños de tres años y la psicóloga después se reúne con los padres y les dice que el colegio prefiere niños que respondan a mandatos. Un niño de tres años no está en capacidad de responder. Quieren niños pasivos. Y me atrevo a hablar de este tema porque se ha hecho, como dicen ahora, viral. Dondequiera que uno va hay una madre, una tía, una abuela con este problema: que el niño está en prueba. Pasa todo el año en prueba. Al segundo mes te llaman para decirte que conversa mucho, que se para mucho, que interactúa demasiado, que a veces es impulsivo o que empuja a los amiguitos. Para eso están los maestros, ellos son moldeadores conductuales de esos niños que todavía están en una edad moldeable, que su conducta bajo ningún concepto es razonada. ¿Este me empujo? Yo lo empujo. No miden el peligro. Tú eres el que los vas a guiar. No puedes empezar a descalificar a un niño porque el impacto que tiene eso en la familia y en el mismo niño es grande. Imagínate ese niño que ya tiene sus compañeritos y amigos por varios años y al siguiente tú le sales con que lo vas a llevar a otro colegio. Y tú como madre o padre empezar a solicitar colegio por colegio y a responder por qué te lo sacaron de aquí… Empieza a ser un niño emocionalmente inestable y eso le puede causar una frustración.

Tomar en cuenta el gran problema del que te hablé, de sobrediagnosticar y mal diagnosticar. Los profesores cogen a los niños y les dicen a los padres llévatelo al psicólogo que ese niños es hiperactivo. Ya lo etiquetaron. Entonces, la línea entre un niño que tiene de tres a seis años y un niño de siete años al que ya sí se le puede diagnosticar con seguridad un déficit de atención e hiperactividad; esa línea entre eso que él hace que es normal, y esto que hace que ya no es normal, es una línea demasiado fina. Para una conseguirla y diagnosticarla sin dañar tienes que saber muy bien lo que haces. Eso no es un trastorno conductual, es un trastorno neurológico. Estás encasillando al niño en un problema demasiado grande. El trastorno de oposición desafiante es confundido a veces con déficit de atención, hiperactividad e impulsividad, porque es el niño que si tú dices sí, él dice no, pero además se te “estralla” y hace un reperpero en el colegio. Se la pasa desafiándolo todo, pero eso es propio de su edad. Eso lo confunden mucho. Hay niños que conductualmente no responden a muchas cosas, pero se trabaja con una terapia de modificación de conducta porque eso, la mayoría de las veces, son conductas aprendidas. La mamá echa un c… y él lo echa también. La mamá le dice “tú eres…” al papá y el niño le dice a su amiguito: “Eres…”. Pero lo que dicen es que ese muchacho es un malcriado, es impulsivo y dice muchas malas palabras. Pero eso no tiene nada que ver con un déficit de atención ni con una hiperactividad. Pero se lo ponen ahí. También ocurre con los trastornos de aprendizaje. Hay niños que tienen dificultad con la escritura y la lectura, que no avanzan igual que otros. No es que sean anormales. Es que son un poquito más lentos. Pero responden. Y hay niños disléxicos, que te cruzan las letras, pero responden. Entonces, esa no es una razón para tú sacarlo del colegio. Lo mandas al psicólogo, se le hace su terapia y el niño se reintegra y va progresando igual que los otros. La dislexia la va corrigiendo, le va poniendo más atención, sabe que tiene la dificultad y toma conciencia de ella.