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Testimonio

“Jamás debemos permitir otra guerra”

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Patria Reyes Rodríguez
patria.reyes@listindiario.com
Hiroshima, Japón

El seis de agosto de este año habrán pasado 73 años de que Estados Unidos tomó la decisión de dejar caer la primera bomba atómica sobre el pueblo de Hiroshima, en el archipiélago japonés. Nada justifica aquella acción inhumana y, sin embargo, quienes aún sobreviven a aquella catástrofe solo claman porque no vuelva a ocurrir nunca más en ningún lugar del mundo.

Hiroko Kishida tenía seis años cuando estalló la primera bomba atómica y su casa se encontraba a un kilómetro y medio del lugar donde cayó. Vivía con su madre, su abuelo y sus dos hermanos, ya que su padre se había ido como soldado del ejército japonés a China.

Sentada frente a una delegación de 28 representantes de los países del grupo SICA (Sistema de Integración Centroamericana), en el Museo de la Paz, narró lo vivido aquella mañana:

Cada día al sonar de las alarmas la gente se resguardaba en los refugios, pero ese día el silencio de las sirenas nos hizo retomar la vida normal, los niños fueron a la escuela y los adultos a trabajar.

Ese día a las siete de la mañana, las sirenas habían dejado de sonar, sin embargo, aun se escuchaban los motores de un bombardero que merodeaba por los cielos de la ciudad.

Mi mamá me advirtió que aún sonaba un avión pero me dejó ir al baño y desde allí yo podía ver el cielo de Hiroshima. Me asomé a la ventana y aunque no veía nada escuchaba el ruido del avión, pensé que no había nada y me agaché, en ese momento se produjo un ruido muy fuerte y me desmayé, todo quedó oscuro.

No sé cuánto tiempo pasó desde que me desmayé pero cuando recobré la conciencia estaba cubierta de polvo y escombros. Estaba todo oscuro y pensé que tal vez estaba muerta, pero empecé a quitarme el polvo de la cara y sin pensar grité “mamá, ayúdame”.

Pienso que fue un milagro que mi madre también sobrevivió porque luego del estallido de la bomba se produjeron las ráfagas expansivas de 430 metros por segundo de velocidad y casi todas las casas quedaron destruidas instantáneamente, decenas de miles de personas murieron sin darse cuenta.

La posición en que estaba construida mi casa (en forma de L) ayudó a que no quedara totalmente destruida, quedó solo un pilar en pie, lo que permitió que mi madre, mi abuelo, mi hermano menor y yo sobreviviéramos. De mi hermano mayor nada sabíamos.

Mi madre me sacó del baño y me llevó a donde estaba mi abuelo y mi hermano. Me acuerdo muy bien de la conversación entre mi abuelo y mi madre en aquel momento. Mi abuelo dijo: “No sabemos qué habrá pasado pero algo muy grave pasó, ustedes tienen que huir ahora mismo”.

Mi abuelo tenía una incapacidad en la mitad de su cuerpo y sabía que no podía escapar y por eso mi madre no tuvo otra opción que dejar al abuelo. Antes de irse le dijo: “Volveré sin falta”. Nos tomó de la mano a mi hermano y a mí y salió de la casa. Nunca más pudimos volver.

Al salir encontramos filas de sobrevivientes. Todos caminábamos descalzos hacia el norte y cuando llegamos a cierta distancia, extrañamente aunque el cielo estaba despejado empezó a llover, pero las gotas de la lluvia eran totalmente negras, eran polvo, hollín y sustancias altamente radioactivas.

Encontramos un huerto de tomates, se veían brillantes y rodaban sobre ellos las gotas de aguas negras. Nos tapamos de esa lluvia con esteras de papa que habían dejado los productores y por eso no morimos con esa lluvia radioactiva.

Nos refugiamos en la casa de un productor. Nos ofreció bolitas de arroz que preparaba, todavía recuerdo el sabor tan rico que tenían. En aquellos días lo que comíamos era una sopa con muy poquitito arroz y verdura y nunca podíamos comer mucho para dejarle a los demás.

Nunca olvido a una madre muy joven que cargaba su niño muerto como de dos años en la espalda y ella decía: “Por favor, ¿alguien puede darle algo de comer, por favor, alguien puede darle agua?”, pero nosotros no podíamos hacer nada.

En ese caminar nos encontramos con una amiga de mi mamá y decidimos quedarnos en la casa de sus padres y a partir del día siguiente mi madre sin descansar casi decidió ir a buscar a mi hermano mayor y a mi abuelo a la ciudad.

Hasta el tercer día no se podía entrar a la ciudad por el gran calor que se sentía, pero luego mi madre pudo llegar a la casa que ya se había convertido totalmente en ceniza. Aún no hemos podido encontrar a nuestro abuelo.

Los días siguientes mi mamá iba a buscar a mi hermano mayor, pero no lo encontraba. Por fin, el día 13 volvió a casa cargando a mi hermano mayor en la espalda.

En el momento del bombardeo mi hermano se encontraba en la escuela primaria y justo estaba parado al lado de la ventana. Como tenía pantalones cortos y camisa manga corta las altas temperaturas de las ondas expansivas de la bomba le quemaron el brazo y la pierna derecha.

Para curarle las heridas no teníamos ningún tipo de desinfectante ni ningún tipo de medicina, y un agricultor nos trajo pepinos que dijo era muy bueno para las quemaduras. Rayábamos pepinos para sanar las heridas de mi hermano pero el ardor no le dejaba dormir, se demoró medio año en cicatrizar. Mi hermano aún vive aunque está en una silla de ruedas y prefiere no hablar sobre lo que pasó.

Mi padre había ido como soldado a China y pensábamos que regresaría luego que terminara, sin embargo fue tomado como prisionero en Siberia, donde se le obligó a trabajar tres años bajo temperaturas de 30 grados bajo cero, donde dicen que 70,000 soldados japoneses murieron.

Tres años después volvió a duras penas. Él casi no hablaba de su experiencia en Siberia, murió a los 92 años y siempre recuerdo que nos decía: “La guerra es horrenda, nunca debemos permitir otra guerra”.

Mi esposo también fue un sobreviviente. Tenía seis años, igual que yo. Ese día no se encontraba en la ciudad porque en su escuela había un programa de evacuación escolar y los habían evacuado hacia áreas suburbanas para protegerlos de bombardeos aéreos, pero sus padres y hermano menor estaban a un kilómetro del epicentro de la bomba y en un abrir y cerrar de ojos se volvió huérfano.

Muchísimos niños quedaron huérfanos, tuvieron que vivir en establecimientos públicos o en casa de parientes y su vida se volvió muy dura, vivían con sentimientos de soledad por no tener a sus padres.

MI ESPOSO FALLECIÓ HACE 29 AÑOS.
Yo siento que estoy viva para poder transmitir los sentimientos de las personas que murieron. En el Monumento de la Paz existe una frase que dice: “Descansen en paz, jamás volveremos a cometer el mismo error”, y este es el espíritu de Hiroshima.

Pienso que nunca debemos olvidar a las personas que perdieron la vida sin querer. Si queremos construir la guerra o queremos construir la paz, eso depende de nosotros mismos. La paz es un estado en que todo el mundo puede vivir con seguridad. ¿Qué es la guerra? Es cuando el ser humano deja de serlo. Por eso, jamás debemos permitir otra guerra, nunca debemos olvidar a tantas personas que perdieron la vida sin querer.

Este testimonio fue ofrecido a los participantes del Programa Juntos que organiza cada año el gobierno japonés. Agradezco la traducción de la intérprete japonesa Michico Muray, y del acompañamiento de los guías Masatoshi.

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