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Arte

Guillo Pérez: el pintor y su legado

"El magistral colorista dominicano ha interpretado como nadie tal vez, el entorno criollo, hombre y paisaje, cielo, mar y tierra", según la crítica de arte Marianne de Tolentino.

La obra pictórica de Guillo Pérez brilla por su contenido profundamente nacional. Lleva plasmado el ambiente dominicano en su vertiente social, vegetal y animal. Los cuadros se recrean en los dominios del mar, la caña, el buey como animal de trabajo, los gallos, los monumentos coloniales, las hojas de plátano, casitas de campo, el hombre y el trabajo. Guillo realiza su arte con un gran deseo de saber y de dar, el trabajo es el motivo de su inspiración. Ha vivido en circunstancias variadas para el desarrollo de su obra pero, por encima de todo, se considera un hombre de fe en Dios y “fiel devoto de San Miguel”. En general, le han reconocido la calidad de sus obras los críticos de arte y la mayoría de sus colegas pintores dominicanos. Y ciertamente su pintura ha sido elogiada en Japón, Israel, Chile, Cuba y otros países, aunque en Ecuador ñsegún él-, sus obras han sido apreciadas de un modo muiy especial. Le han comprendido bien cuando expresa: “La fuerza de mi tierra es lo que me motiva a pintar. El color del trópico, la gloria del mar y los campos de caña, la dura labor de sus hombres son mis fuentes de inspiración. El universo de mi pintura es mi isla antillana”. Guillermo Esteban Pérez -Guillo Perez- nació en Moca, República Dominicana. “Mi signo zodiacal es Leo”, dice. Sus padres eran oriundos de Santiago y se dedicaban a fabricar dulces. El padre de Guillo fue una especie de mecenas psra su hijo. Siempre albergó la ilusión de que este llegara a ser un artista. Su educación infantil fue muy inquieta e irregular y cuando terminó el bachillerato ingresó en el Seminario Padre Fantino en La Vega para ser cura. Sin embargo, la secreta aspiración del joven era convertirse en un compositor musical. Max Guzmán -el autor de la musica para el poema “Lucía” de Balaguer- le enseñó a tocar el violín en Santiago. Desde entonces creció en él una gran admiración por Beethoven y Sebastián Bach. No obstante, el color de la tierra y la vegetación del país comenzaron a ejercer influencia en su mayor vocacion artística: la pintura. Se inscribió en la Academia de Yoryi Morel, su primo segundo, donde recibio clases muy especiales de Mario Grullón y Disla Guillén, y se graduó de pintor en 1950. Decidio entonces consagrar sus fuerzas al cultivo de la pintura. Sus estudios lo pusieron en contacto con cuatro grandes pintores de la historia del arte: Rafael, Poussin y Cesanne. Guillo los llamaba sus maestros permanentes. Una reseña sobre el artista recuerda sus primeras impresiones en Los Ciruelos, Santiago. “Allí vio el primer trapiche: -dice- lo pintó muchas veces; y lo más importante, lo vivió en su mundo de bueyes, cañas, ranchos, carreteras, gente. Allí quedó impreso, en forma matriz, el rosado y el violeta, el verde y el amarillo de la caña, el suelo ocre, el pardo de madera, el negro de vagón... tonos del hombre y el mundo.

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