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LA CUARTILLA

Complejo de Guacanagarix literario

No puedo someterme a los designios de las imposiciones en el mundo literario dominicano. Y una de las principales imposiciones es pretender la aceptación que han inculcado algunos, afiebrados en el trágico Complejo de Guacanagarix, de que los escritores dominicanos construyen por tradición una obra de mala calidad. No es cierto. La literatura es un ejercicio de constancia, más allá de las premisas mercuriales que dictan las normas del mercado y que nos piden a gritos, construir, crear desde lo light. Sí es cierto, los escritores tampoco pueden mantenerse enclaustrados en fórmulas del pasado, cuando solo funcionaba escribir bien, hacer uso de las razones de la preceptiva literaria, de los resortes acariciantes de la “poiesis”, y conciliar con el aislamiento, el encierro de la torre de marfil, hay que acoplarse a esas leyes del mercado y convertir nuestra obra en un producto. El libro es un producto y debe venderse. Pero un producto de buena calidad. Sostenible en el tiempo. Los escritores dominicanos deben salir a oxigenarse. El exterior está ahí. Bosch lo supo. Manuel del Cabral lo supo. También Pedro Mir. Por supuesto, lo supo Pedro Henríquez Ureña. El escritor dominicano debe ser cercano y lejano a la vez. Cercano al objetivo de conseguir un lector que lea su primer libro, su primer poema, su primer cuento. Distante, muy distante de las voces canallescas que siguen enrostrándole que su obra, lo que crea y subasta, es de mala calidad. Yo tengo una apuesta: comparar calidades de obra en cinco escritores dominicanos y cinco extranjeros, los publicables, los que no son víctimas del Complejo de Guacanagarix.

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