¿QUIÉN ESTÁ EDUCANDO AL PUEBLO?
‘La fiesta de Pentecostés’
“¡Envía Señor tu Espíritu y repuebla la faz de la Tierra, ¡Aleluya!” (Sal.103). Hoy celebramos la fiesta de Pentecostés: originariamente fiesta de la cosecha. Pentecostés (o fiesta de las semanas, cincuenta días después de la Pascua, de ahí su nombre griego de Pentecostés) pasó a Israel a conmemorar la alianza del Sinaí (Ex 19:1- 16 y Ex 23:16, así como 34: 22). Marcado por la misma manifestación ígnea (producida por la acción del fuego) de la presencia divina, el primer Pentecostés cristiano será el día de la venida del Espíritu, consagrando la Iglesia como nuevo Pueblo de Dios e inaugurando su expansión misionera. La Liturgia Cristiana la celebra como la consumación de la Pascua de la Resurrección del Salvador en la comunicación del Espíritu, por la que la Iglesia se convierte en el cuerpo místico del resucitado. Es pues, a la vez, la terminación de la revelación de la Trinidad que se encuentra allí celebrada. Por eso en el don del Espíritu que anticipa para nosotros toda la esperanza escatológica, la Iglesia celebra con anticipación la consumación final de todas las cosas en esta unidad perfecta de los suyos y de toda su obra en la que Dios según frase de San Pablo, “será todo en todos” (1 Cor 15: 28). Para los judíos, Pentecostés conmemora el don de la Ley en el Sinaí; para los cristianos significa el don del Espíritu, el acontecimiento innovador que fundamenta la Nueva Alianza que alcanza virtualmente a toda la humanidad, rompe las barreras de lenguas y de cultura. Pentecostés, día en que derrama el Señor su Espíritu, como lo había prometido el día de la Ascensión a los cielos. Y esa promesa fue cumplida: “Yo les digo la verdad: les conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito: pero si me voy, se lo enviaré y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad les guiará hasta la verdad completa” (Jn 16: 7-15). Pentecostés, fiesta del Espíritu Santo. Y ¿quién es el Espíritu Santo? San Pablo nos dice en su Primera Carta a los Corintios: “A todos se nos dio a beber de ese mismo Espíritu. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común. Porque a uno se le da por el Espíritu, dones, distribuyéndolos a cada uno en particular según su voluntad. Porque en un sólo Espíritu hemos sido bautizados, para no formar más que un cuerpo judíos, griegos, esclavos y libres” (1 Cor 12: 12). Es el Espíritu Santo el consejero, el defensor, la tercera persona de la Santísima Trinidad, quien nos ayuda a ser testigos del amor de Dios en el mundo. Pero antes, tenemos que dar el sí. Recordemos que el Señor respeta nuestra libertad y no irrumpe en nuestra vida sin que se lo permitamos. El Señor nos invita también hoy a convertirnos, a coger ese Espíritu que “hará surgir un pueblo renovado constituido por hombres libres conscientes de su dignidad y capaces de forjar una historia verdaderamente humana” (Documento de Santo Domingo, No.24). ¡Ojala seamos capaces, como los discípulos en éste día, de decir sí a Dios para extender el reino de Dios por los confines de la Tierra y podamos como decía S.S. Juan Pablo II (q.e.p.d): “Proclamad desde los terrados el Evangelio en la Era de la Comunicación Global”, a través de todos los medios a nuestro alcance. Pero que también nos lo ha dicho S.S. Benedicto XVI en la Jornada Mundial de Comunicación: “En la época actual de la imagen, los medios de comunicación constituyen un recurso extraordinario para promover la solidaridad y la armonía de la familia humana. ”Todo depende de la manera en que son empleados. Estos importantes instrumentos de comunicación pueden favorecer el conocimiento recíproco y el diálogo; por el contrario, alimentar los prejuicios y la desconfianza entre los individuos y los pueblos, pueden contribuir a difundir la paz o a fomentar la violencia. ”Somos, pues, responsables del buen uso que demos a esos medios. Que el grito de San Pablo resuene todavía entre nosotros: “Pobre de mí si no anunciase el evangelio”. (1 Cor 9: 16).