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Del gobierno del cambio al gobierno de los ricos

Quienes pasamos los primeros 12 años de los gobiernos de Joaquín Balaguer luchando en las calles y campos contra el crimen, los encarcelamientos y exilios políticos, pensamos que con la llegada del PRD y Antonio Guzmán al poder en agosto de 1978, las cosas cambiarían.

Marcha Verde denunció la corrupción en el pasado gobierno.Archivo

Por una extraña razón, las personas de mi generación hemos tenido que ver con asombro grandes decepciones de gente de la que se esperaba un ejercicio pulcro, consecuente y aleccionador para dejar una impronta brillante de servicio público.

Los ejemplos son muchos, pero la memoria corta y haragana de los dominicanos, no recomienda hacer una larga lista de decepcionantes.

Baste recordar que quienes pasamos los primeros 12 años de los gobiernos de Joaquín Balaguer luchando en las calles y campos contra el crimen, los encarcelamientos y exilios políticos, pensamos que con la llegada del PRD y Antonio Guzmán al poder en agosto de 1978, las cosas cambiarían. ¡Para nada!

Salvador Jorge Blanco, aplastado por Guzmán y Jacobo Majluta en la convención que eligió el candidato presidencial del PRD en 1977, se convirtió en senador del Distrito Nacional como premio de consolación logrado por José Francisco Peña Gómez para garantizar la unidad perredeísta y concretar su objetivo de ganar las elecciones de 1978.

El senador Jorge Blanco llevó al Congreso Nacional dos proyectos de ley que fueron aprobados para satisfacción de las fuerzas democráticas y revolucionarias del país que le habían dado un “voto crítico” al PRD para derrotar a Balaguer.

Esas leyes fueron las de Amnistía para los Presos Políticos y el Regreso de los Exiliados, y la de abolición de las leyes de facto que prohibían las “actividades comunistas”, entre las que se incluían pertenecer a un partido de izquierda, leer libros marxistas y viajar a “Moscú, Pekín y La Habana” y a todos sus satélites.

Con esas leyes aprobadas, el mayor aporte cívico de Jorge Blanco a este país, el gobierno de Guzmán las aplicó discriminadamente.

Fueron excarcelados cientos de prisioneros políticos, pero otros, emblemáticos algunos, fueron dejados en la prisión en violación de la ley.

Fueron los casos de Salvador Duvergé y Cástulo Toussaint, combatientes revolucionarios haitianos que pasaron más de un año en la cárcel a pesar de que fueron favorecidos por la Ley General de Amnistía.

Lo mismo sucedió con exiliados. Aunque la ley les daba el derecho de regresar de inmediato a su país, Claudio Caamaño, Hamlet Hermann y Toribio Peña Jáquez, sobrevivientes de la guerrilla de Playa Caracoles dirigida por Francisco Caamaño Deñó, fueron congelados en el exilio por cerca de dos años sin ninguna justificación legal o política, a pesar de que no eran enemigos del gobierno del PRD ni conspiradores para tumbar al gobierno.

La decepción vino directa: mientras esos presos y esos exiliados seguían purgando condenas anuladas por el Congreso Nacional en un gobierno del PRD, dirigentes políticos convertidos en ‘funcionarios’ se dedicaban a dividir y golpear el movimiento sindical, campesino y gremial para ellos asaltar el patrimonio del Estado y hacerse ricos de la noche a la mañana, con escasas excepciones.

Ahí fue que vimos la destrucción del sindicato de Metaldom, de Leche Fresca, de Codetel (hoy Claro), de Unachosin, el golpeo sistemático a Poasi (Sindicato de obreros portuarios), a la Asociación Dominicana de Profesores (ADP), sindicato de Falconbrige y Rosario Dominicana, entre otros.

Si a eso se agregan los desastrosos desempeños económicos de los dos gobiernos perredeístas de Guzmán y Jorge Blanco, es fácil entender por qué ese partido se fue a la oposición durante 14 años.

Perdió sus bases de sustentación popular por decepción de la mayoría de los ciudadanos.

Lo mismo con el PLD

El PLD llegó al poder en 1996 con una doble debilidad: el voto fuerte del Partido Reformista a su favor para frenar a Fernando Álvarez Bogaert que era candidato vicepresidencial de un Peña Gómez gravemente enfermo, y la inexperiencia general de los dirigentes morados en la administración del Estado.

Este país estuvo expectante ante la increíble realidad de que los jóvenes peledeístas –que no iban a discotecas, no jugaban loterías y se les consideraba bien formados- harían un gobierno bueno y nunca perderían su humildad.

Era cuestión de tiempo ver el fin de los apagones, la carestía de la vida, el desempleo, la baja calidad de la educación, de la salud, de la seguridad pública y de la asistencia social. Otro engaño.

Haciendo equilibrismo entre el conservadurismo balaguerista y sus bases progresistas de “liberación nacional”, el gobierno de Leonel Fernández, y más que de él, del Comité Político del PLD que había jubilado a Juan Bosch (Bien hecho), se decantó por dos acciones singulares: aliarse a la oligarquía con el patrimonio del Estado como botín y calmar los reclamos de sus bases con dádivas selectivas como el PEME y las fundas de comidas clandestinas que dieron origen al ‘comesolo’.

Esa política hizo crisis en 1997 cuando las masas despertaron movilizadas por los colectivos dirigidos por Ramón Almánzar, Virtudes Álvarez y otros sectores populares, que obligaron al gobierno a auxiliarse de Peña Gómez, que estaba en Estados Unidos en precaria condición de salud, para calmar las ventiscas de rebelión que asomaban con fuerza en el litoral del país.

El gobierno peledeísta desempolvó a un Bosch sin mente, lo montó en un avión junto a Danilo Medina y Vicente Bengoa para ir a la cama de Peña Gómez en Norteamérica.

Allí Bosch le dijo a su odiado exdiscípulo: “Tú tienes que recuperarte, pararte de ahí”. Así lo hizo, Peña aceleró su retorno al país y en el verano de 1997 pronunció tres discursos por Tribuna Democrática que contribuyeron a quitar presión al gobierno de Leonel, como ellos se lo habían pedido. Los peledeístas que se iniciaban como gobernantes, arrojaron por la borda sus principios, su modestia, su humildad de “servir al partido para servir al pueblo” y se entregaron en brazos de oligarcas logreros que los indujeron a hacerse ricos y terminar con sus delirios populares.

Abinader

Tras 16 años consecutivos de gobiernos peledeístas (ocho de Leonel y ocho de Danilo), dividido su partido y roto el récord de escándalos de enriquecimiento ilícito de dirigentes y sus familiares, el pueblo se sintió ahíto.

Ese pueblo tomó las calles desde enero de 2017 al grito de condena a los sobornados de Odebrecht. Abinader y su PRM se sumaron, financiaron los autobuses que transportaban a los manifestantes desde el interior a la capital y la sociedad civil se transformó en partidaria del PRM y se tornó en esperanza.

¡Ay padre! Nada más llegar al poder, el “Gobierno del cambio” de Abinader se tornó en el “Gobierno de los ricos”, hundió la agropecuaria nacional, transformó el Banco Agrícola en el Banco de los Intermediarios Importadores, los alimentos se pusieron inalcanzables para los ingresos de los pobres y cogió 30,000 millones de dólares en préstamos para no hacer ni siquiera un callejón.

Ahora tenemos un cuadro macabro: los precios de los alimentos y las medicinas en las nubes, la agropecuaria quebrada, el desempleo expulsando a miles de dominicanos en la vuelta por México, el dólar subiendo, la remodelación de hospitales, las circunvalaciones y puentes prometidos, ¡Todos parados!, y para colmo ahora se anuncia un asalto a los aeropuertos como si quienes actúan con tanta alevosía supieran –a ciencia cierta- que les quedan solo meses en el poder y andan recogiendo.

¡Dios mío, cuántos farsantes pisando la sangre de Caamaño, Peña Gómez, El Moreno, Amín Abel, Manolo Tavárez, Pichirilo, Otto Morales, Manfredo Casado y Enrique Jimenes Moya!