Ciudad

REMINISCENCIAS

Lacay, Mimín, Jorge y Jochy, todos héroes

Marino Vinicio Castillo R.Santo Domingo, RD

Azotó la lluvia, de tal modo, que me sirvió para recordar episodios que me contaran y otros que presenciara hace tanto tiempo, que hasta mi buena memoria es incapaz de fijarle fecha.

“Llovió a cántaros”, “cayeron burros aparejaos”, se ha dicho siempre, cuando la buena agua, eternamente generosa, de repente, se enfurece y daña.

Ocurrió en el año 09 del siglo pasado y se llamó “La Niega”. Sus efectos fueron devastadores, según me contaron mis mayores. Por su parte, en el año ´30 del mismo siglo, llegó un monstruo llamado “San Zenón”, que traía como misión arrasar la vieja ciudad de Santo Domingo, especialmente en sus barrios nuevos, porque las edificaciones coloniales lo resistirían con desprecio.

Muchos vieron presagios muy trágicos en la ocurrencia y andan unos versos sueltos de la época que los quiero incorporar, de autor anónimo: “Santo Domingo, ten fé y espera. Yo sí te quiero; por ti yo muero. Santo Domingo, Dios proveerá de tus males los remedios.”

Esta última visita del agua peligrosa llegó sin nombre, como ladrón en la noche, y nos enchumbó hasta los tuétanos. Se fue según vino, de repente, y sólo quedaron las reyertas de si los drenajes pluviales insuficientes y los alegatos manidos de quién hizo, o no hizo, lo correcto como gobierno.

Una escandalera más, de las típicas electoreras. No hice caso del gallinero y sus alborotos de asistencia, auxilio y socorro, pues bien se sabe de las travesuras de sus excesos, como de su rápido olvido.

Pero bien, en medio del mini diluvio, hubo un caso que sí me traspasó el alma. Un padre de familia, verdadero, se desesperó al salir, sorprendido por el fenómeno de la tormenta, de un establecimiento comercial donde comprara el alimento de los suyos, ante la idea de que sus tres pequeñas estaban solas en la casa.

Desafió la muerte y se lanzó, desesperado, sin importarle los seguros riesgos por obra de las “mansas cañadas” que saben crecer para ir desde el arroyo hondo al río de La Isabela, y de ésta al Ozama, para morir en el Caribe. El mismo que clavó sobre las rocas el inmenso navío que fuera el Menphis, desde el cual se dirigía la primera ocupación militar extranjera.

José Batista era el nombre de nuestro nuevo héroe, Jochy, y encontró en su viacrucis un cirineo en un humilde obrero de la entrega rápida de alimentos. Ambos, días después, aparecieron en las aguas del río de leyenda, en condiciones tan dolorosas que su reconocimiento físico resultó difícil.

Mártires y héroes de tal tragedia serán olvidados seguramente y serán pocos los que lleguen a ir más lejos de la conmoción del momento, sin sacar alguna enseñanza del enorme gesto.

Algo de lo que me he cuidado, poniendo de relieve siempre, que me reafirma en la creencia de que hay un heroísmo inherente en el dominicano, que tradicionalmente se ha conocido en ocasión de situaciones de gran crisis por resabios telúricos o por riesgos creados por el hombre, que han sido desafiados por hombres sencillos, capaces de inmolarse con tal de servir de milagroso auxilio.

Jochy, y su desventurado compañero cuyo nombre no me ha llegado, han ingresado a una élite del recuerdo honroso de nuestra Patria. Por eso, al comentar la triste ocurrencia, quiero recordar, además, tan sólo dos casos impresionantes de la valía de la índole nuestra: José Miguel Lacay y Mimín, que figuran en el título de esta reminiscencia, fueron los ases de la proeza.

Ambos, al asistir al Malecón a presenciar cómo naufragaba la Goleta Puerto Plata, por encima de la oposición desesperada de la multitud que contemplaba aquel desastre, se lanzaron a las olas tremendas entre las rocas y no volvieron jamás; se fueron junto a la tripulación perdida.

Fue una prueba de valor y solidaridad inimitables, porque morían, por no por resistir impasibles la muerte de marineros, tan modestos como desconocidos.

Entre esas mismas rocas se había levantado un pequeño monumento para honrar la memoria de otros que merecieron la condecoración honrosa de este verso breve: “Al ver la nave zozobrar perdida, un noble gesto les costó la vida.”

Como se advierte, es un heroísmo anónimo lo que abunda más en nuestro pueblo y ahí me llegó el mordiente recuerdo de un noble amigo, Jorge Rizek, en mi pueblo. Sucedió que un niño de la calle caía enredado entre un cable de alta tensión de electricidad y la cola de su chichigua. Nadie hubiera pensado que aquel hombre, entrado en edad, comerciante y ciudadano ejemplar, sería capaz de abalanzarse a salvarle, quedando fulminado por aquel cable enfurecido.

Así ocurrió, y he propuesto muchas veces que el Ayuntamiento honrara el gesto con su nombre a alguna de las calles de mi pueblo.

La idea es que en medio del pesar del último sacrificio podríamos ponernos a alentar iniciativas como las que he propuesto, pues sería interesante pasar por las calles con sus nombres, y una placa permanente, bien situada, que hiciera mención y referencia del motivo por el cual se honraba al caído.

Sería una manera de fomentar la solidaridad social, aún más. Sobre todo, en estos momentos en que el gentilicio dominicano está propuesto para la execración como parte de planes terribles contra la Patria.

Tendríamos así una nueva galería de héroes anónimos, hasta ahora, cuyos empeños ponen de relieve la calidad de la índole nuestra.