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La República sábado, 11 de diciembre de 2021

Reminiscencias

La mirada del carrao

  • La mirada del carrao
Marino Vincho Castillo
Santo Domingo, RD

No hace mucho, antes del Covid-19, viví en mi estancia María Virgen una experiencia interesante.  Como de costumbre, al llegar al viejo fundo, a orar en su iglesita “Jesús El Justo Eterno”, alcancé a ver un grupo de trabajadores muy alborozados.

 Al preguntar por qué tanto júbilo, me respondieron: “Encontramos y tenemos preso un carrao”.  “la paila está contenta”, dijo el más joven  de los trabajadores.  

 Al voltearme, allí estaba el prisionero.  Me miró en forma impresionante; vi en sus ojos una angustia rara que dejaba entrever una leve esperanza; como si pensara: “Llegó quien me puede salvar”.

 Me conmoví y, cuando le explicaba a sus captores, parecía estar oyendo con interés la defensa de su suerte.  Sus ojos, acompañados de un temor nervioso de sus alas presas, fortalecieron mi alegato esencial:  No, no pueden sacrificarlo.  Está protegido por la ley, en veda.  Suéltenlo, no se puede.  Obedientes, así lo hicieron.

 Pero no terminó mi asombro, pues, aquel escaso pato de laguna, no voló; caminó muchos pasos y, de momento, se quedó mirándome, como si me diera las gracias.  No he olvidado el episodio que me hiciera sentir mejor que Pilatos.

 ¿Qué me había sucedido, en realidad?  Al llegar al templo me asaltaron recuerdos de niño en ese mismo lugar.  Mi inolvidable tío Sóstenes me invitó a acompañarle a los cacaos de la laguna, cuando ésta era laguna.  Y de repente, despegó una bandada de patitos de la Florida, muy bellos, que cada invierno venían a las inmediaciones, entonces muy ricas en aguadas.  Tan sólo quedaron dos esquivos carraos y un patito con una de sus alas rotas.

 El tío me dio una lección:  “Llevemos el herido a curar donde Caró, mi adorable tía, a ver qué pasa; si se acostumbra o espera el otro año que vuelvan los suyos y no se queda entre nosotros.”

 Apenas tendría ocho años y le pregunté:  ¿Y los otros que no son tan bonitos, los matan?  “Sí, pero no debe ser.  Son nuestros y adornos de la naturaleza y después desaparecen.”

 Han pasado ochenta y cuatro años y he visto desaparecer nuestros patos, martinetes y yaguazas; peor aún, la laguna y todas las aguadas de la comarca.

 ¡Dios mío, qué duro ha sido el proceso de ver tantas cosas perdidas!:    El tío con sus piadosas advertencias al niño; su compasión mezclada con un sentido responsable del cuido de la naturaleza.

 Con razón se enorgullecía de que su pequeño río Genimillo “duraría más que los grandes porque no le entraba un rayo de sol durante siglos” y agregaba:  “Tiene su alianza con sus javillas, amapolas y samanes y ésto le da larga vida.”  

 En fin, todos esos recuerdos me brotaron después de mi perdón al carrao.  Pero mis amables lectores podrían preguntarse:  “¿Y a qué viene ésto del carrao en estos tiempos tan difíciles?”  No se alarmen, es sólo una manera de recordar la compasión como norma de vida y evocar tantos valores perdidos, especialmente el respeto a la buena tierra, que sigue siendo de Dios.

 He alabado extrañamente la pandemia, por lo mucho de refugio del alma que tiene; sus solitarios silencios resultan un tobogán para salvarse los recuerdos de cosas olvidadas y es un deleite verlas llegar risueñas, no importa cuán tristes pudieron ser en su tiempo; vienen a asentarse en las mejores ramas del árbol de la conciencia.     ¡Qué  interesante reencuentro!  

 He sentido cómo las ideas que pudieron salir de la mente, bien en el carrousel de la palabra elocuente, ora por la mano trémula  que busca el remanso de la escritura, permanecen; no se han ido y son parte de un mundo interior, simplemente dormido.

 Creo que estos tiempos turbulentos son los que más se prestan para el aprecio de la calidad humana de los ascendientes; la formación en el respeto de valores esenciales y la admiración de la buena tierra desde antes del tiempo de ser violada por el demencial lucro del hombre.  Me queda, pues, la sensación de que es algo válido que  conservo.  El  patito herido quedó en el regazo de la caridad de la tía, entre sus patos y gallinas, y, agradecido, sólo en invierno visitaba a los suyos sin que se sumara al regreso.

 El carrao perdonado, cuando llego y pienso en su cruel extinción, pregunto:  ¿Lo han visto nuevamente?  Me alegra oír la respuesta: “No se ha mudado, sabe que aquí lo salvaron.”  Pienso en mi tío cuando aludía a sus mayores, como criaturas de Dios.

 Sin ser percance de alguna cosecha, vive de los peces; su plumaje marrón oscuro no lo embellece; su corpulencia y sus alas de águila, siendo tan corto su vuelo como su graznido, ya que no canta, parecen alejarlo de todo aprecio.  Pero estaba en juego su vida y eso bastaba.  Era justa su causa.

 Es un tiempo triste, ciertamente, por la melancolía de los recuerdos que nos estremecen y nos alegran, porque no se han ido ni extinguido tantas cosas buenas.  Esa es la cofia de mi amor, como hijo de esta bendita tierra.  Valen, pues, las reminiscencias.

 Creo, además, que en estos tiempos hay que fortalecerse íntimamente para poder afrontar las vicisitudes aciagas de su suerte.

 La mirada de gratitud del carrao perdonado tiene mucho de mensaje.  Por eso lo traigo al relato reminiscente.