La República

Enfoque: Patente de corso

Las novelas que nunca escribí

1) La piel del tambor. 2) Rl pintor de batallas. 3) El tango de la vieja guardia, tres novelas exitosas de Arturo Pérez Reverte.

Arturo Pérez ReverteMADRID, ESPAÑA TOMADO DE XL SEMANAL

Cuando vives lo sufi­ciente y escribes lo suficiente, y pasan los años, hay un rin­cón del lugar de tra­bajo o de la biblioteca, un cajón, carpeta o archivador donde con el tiempo se van acumulando pá­ginas escritas y nunca publica­das: novelas que empezaste y por diversas razones se quedaron a medio camino.

Relatos que aca­baron truncándose, historias in­acabadas que a veces no pasaron de unas pocas páginas. Todos los novelistas veteranos, o muchos de ellos, tenemos ese cajón real o simbólico. Dentro del mío hay cuatro o cinco historias empe­zadas y nunca escritas del todo: amagos de novelas que cedieron paso a otras, integrándose a ve­ces en ellas, y otras extinguiéndo­se para siempre.

Hace pocos días anduve revol­viendo ese cajón. Buscaba una idea que recordaba apuntada, insinuada hace años en uno de esos textos que nunca llegué a re­matar ni publicar. Fue un ejerci­cio singular y más bien triste. Un sentimiento gris de pena y pér­dida, como el que podría experi­mentarse al repasar los recuerdos de amores breves, incompletos y casi olvidados. Tristeza ante lo que pudo ser y no fue. Casi to­dos aquellos folios condenados al silencio, algunos amarillentos y fechados hace treinta años, es­taban escritos a máquina, con co­rrecciones manuscritas de una le­tra en la que a veces, incluso, me costaba reconocer la mía.

Con esas páginas delante re­flexioné sobre las causas que interrumpieron su escritura. Intenté recordar las circuns­tancias, los motivos. A veces fue simple prudencia: aquello no era bueno, estaba lejos de proporcionar esa grata sensa­ción que tiene el novelista lú­cido cuando avanza por el que considera buen camino. Otra fue el instinto; el «esto no va a funcionar» que cualquier es­critor consciente tiene sentado en un hombro como el loro de un pirata. Como un Pepito Gri­llo convertido en asesor litera­rio. En ocasiones, en mi caso y por la vida que llevé, la causa fue una nueva guerra, un viaje, una circunstancia imprevista o dra­mática que interrumpió el tra­bajo y modificó el punto de vis­ta, el orden de prioridades bajo el que esa novela había empeza­do a escribirse. Y alguna vez ocu­rrió, simplemente, que la historia murió entre mis manos por cau­sas naturales. A menudo, porque otra historia más poderosa, más potente, se cruzó en el camino.

Resulta un ejercicio agridulce, curioso, ese mirar atrás con el ca­jón de novelista abierto. Enfrentar­se a páginas escritas por el hombre que en otro tiempo fuiste, y hacer­lo con la mirada que el tiempo ha ido cambiando en ti. Con tu expe­riencia literaria y de vida. Con la posibilidad, debido a todo eso, de leerte de un modo más penetran­te o más objetivo. Como si lo que lees no fuera tuyo. A veces sólo son veinte o treinta folios; en algún ca­so, un centenar. Y mientras pasas las páginas, en ocasiones recono­ces ideas, situaciones, persona­jes que usaste para otras historias. Que se aferraron a ti, pese a la no­vela frustrada, y permanecieron contigo hasta ver la luz en textos por completo diferentes. O no tan diferentes, cuando se trata de es­critores fieles a un mundo original y propio. A un mismo territorio.

Ha sido interesante, también, rastrear lo recuperado en novelas posteriores: esas cosas recicladas o utilizadas después, al fin, de forma más eficaz que en su frustrada o in­completa versión original. Incluso los títulos; porque hay dos, La piel del tambor y El pintor de batallas, que en principio encabezaban no­velas distintas a las que acabaron siendo. Y otra de ellas, abandona­da durante dos décadas, consis­tente en sólo quince folios meca­nografiados, acabó siendo, hace ahora cuatro o cinco años, El tan­go de la Guardia Vieja. Demostran­do así que el cajón de un novelista nunca es ataúd, sino depósito tem­poral donde algunas cosas mueren y otras regresan con el tiempo. Por eso nunca hay que tirar nada, por malo que parezca, sino guardarlo en el lugar adecuado y dejarlo re­posar. Fermentar. Pues nunca se sabe. Aun así, es inevitable que el ejercicio acabe dejándote un po­so de tristeza. Releyendo esas pá­ginas recuerdas el impulso que te llevó a ellas, la documentación de los momentos iniciales, la ilusión de aquellos primeros y apasiona­dos teclazos. La certeza, sin la cual no hay novelista que valga la pena, de que lo que empiezas va a ser lo mejor que hayas escrito nunca: la novela definitiva, perfecta. Y aho­ra, sabiendo que ninguna de ellas lo fue de verdad, acaricias las pági­nas que en su momento significa­ron lo más importante de tu vida, la concentración de tu talento, tu esfuerzo y tu trabajo, y las devuel­ves al cajón de los mundos olvida­dos con una intensa melancolía.

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